El cine es dolor

El incendio, de Juan Schnitman, nos vuelve a situar ante una pareja que se derrumba y no para de pelearse durante la película, llegando a los lindes de la violencia física. Es, sin duda, uno de los “paisajes” característicos del cine, al menos desde que venimos recibiendo las oleadas de modernidad: las agrias disputas de las parejas de Cassavetes, los afilados reproches de los matrimonios rotos de Bergman, la decadencia casi voluptuosa de los enamorados de Antonioni, los gritos sin tregua de Nous ne vieillirons pas ensemble, la amargura de Albert Finney y Audrey Hepburn en Two for the Road

Pero nótese la riqueza que ha adquirido el tema en el cine de nuestro tiempo. A Olivier Assayas, le gusta filmar a sus personajes enfurruñados y lanzándose pullas; y es concretamente en la primera secuencia de Boarding Gate (2007), con un sublime desencuentro entre Michael Madsen y Asia Argento, donde nos deja un momento de gran densidad en el que uno tiene la sensación de estar redescubriendo el tiempo en el cine. Un poco más tarde, llegó la Copie conforme (2010) de Abbas Kiarostami, film que se reinventa sobre la marcha y halla su forma, precisamente, en la recreación de una disputa conyugal que es real y falsa a la vez. Luego fue Before Midnight (2013), donde Richard Linklater nos conduce por fin al desamor en la vida de la pareja que ha protagonizado su trilogía, que libra una batalla campal a propósito de sus sospechas y de la verdadera naturaleza de sus sentimientos. Y, en 2014, apareció 10.000 Km., de Carlos Marqués-Marcet, un film más sencillo que los anteriores pero que anuncia las cuestiones y el clima de El incendio (2015).

La pareja de porteños que se viene abajo en la película de Schnitman destapa su mutua desconfianza justo el día en que se están mudando a una nueva casa. Afloran las ocultaciones, los engaños y, sobre todo, la ambigüedad de sus sentimientos, la pavorosa complejidad de compartir la existencia con otra persona sin poder evitar una íntima, constante e insidiosa sospecha. Lo que a los chicos de 10.000 Km. les pasa al abrir una distancia transoceánica entre ellos, a los de El incendio les sucede al estar a escasos centímetros el uno del otro. La lejanía, en el fondo, es la misma.

Los filmes de Kiarostami, Linklater, Marqués-Marcet y Schnitman nos muestran instantes en los que, mediante una violenta dialéctica, emerge lo que no se ha expresado en el seno de la pareja: lo que estaba oculto, lo que no se ve. Son, así, una suerte de reflexión sobre la naturaleza del cinematógrafo, que también hace visible lo invisible, lo hace emerger no sin cierta violencia. La verdad que transmite el ojo cinematográfico implica algo de dolor, una ruptura de nuestra placidez pareja a la crisis de las parejas que discuten en la pantalla. Téngase en cuenta el detalle de que los protagonistas de El incendio se están mudando, es decir, están en un momento de tránsito, como el tránsito constante del cine hacia la modernidad. Las transfiguraciones no sólo implican ilusión sino también cuestionamientos, temor, una fructífera incerteza. ¿Acaba nuestra pareja protagonista resignada o fortalecida? No lo sabemos, pero sí estamos seguros de que acceden a una nueva fase más madura.

Así avanza el cine, que ha encontrado en la confrontación de dos cuerpos en la pantalla una forma esencial de expresarse: Mes séances de lutte (2013), de Jacques Doillon, es quizás el film que resume la filosofía cinematográfica de los antes citados. Como en la vida misma, el cine es amor y dolor.

 

 

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