Una verdad revelada con luz

Paradójicamente, lo que menos me gusta de la película es el tipo que declama la frase más importante. Cuando George Clooney, al final de Hail, Caesar!, pronuncia por fin el discurso del que se ha hablado antes durante todo el film, habla de “una verdad que no es revelada con palabras sino con luz”. Su personaje, un centurión romano que asiste a la crucifixión de Cristo, se refiere a otra cosa; pero los hermanos Coen nos interpelan con esa frase para referirse a su fe particular, a su idea del cine.

Una de las facetas más atractivas de la obra de los Coen, sobre todo de los filmes más recientes, es que, precisamente, no pueden evitar explicar entre líneas la concepción de su cine y su sentir sobre el estado de las cosas. Por eso, Hail, Caesar! es el reverso bufo de Inside Llewyn Davis, un film cuya anécdota trata directamente sobre la industria de Hollywood -asunto al que no volvían desde Barton Fink- para hacer, muy a su estilo, una mezcla de recochineo y tributo a propósito del cine clásico americano.

Como tantos otros cineastas de hoy en día, los Coen nos hablan de su pasión cinéfila, del germen de sus imágenes, llevándonos a su mismo origen, que no es otro que el Hollywood de los años cuarenta. Nos acompañan a los sets de rodaje de un melodrama, un western y un par de musicales, y nos muestran el mundillo hollywoodiense como un ridículo avispero de oportunistas, tontainas, burócratas y botarates con incontinencia sexual. Caricaturizan con brillante mordacidad los tics del cine de entonces, y también a algunos de sus cineastas y comediantes. Pero, a la vez, nos hablan de su devoción por ese cine, el gran cine americano, que es la explicación lógica a su manera de hacer películas. Como “los clásicos”, los Coen creen firmemente en un cine de excelente factura; por eso firman guiones impecables (dicho sea de paso: su manera de articular la armazón de la trama y la manera de resolver los entuertos me recuerda a la de las novelas de Eduardo Mendoza, un exótico pero no tan raro parentesco) y por eso filman y montan con exquisita precisión. Sus películas son también las mejor musicadas e iluminadas (los responsables son, respectivamente, Carter Burwell y Roger Deakins).

Los catalanes tenemos un término que me resulta intraducible en castellano: poca-solta. El diccionario indica que esa palabra se refiere a “una persona informal, falta de buen juicio”, y la usamos también para referirnos a un tipo de humor desvergonzado en su ligereza. Siempre acude a mí cuando pienso en el sentido del humor de los Coen, que tiene mucha gracia pero, a ratos, se pasa de poca-solta (verbigracia: las escenas de los guionistas comunistas o el encuentro del protagonista con tres sacerdotes y un rabino son deliciosas, pero no lo es tanto la parodia de los westerns a lo Tom Mix ni, insisto, ver a Clooney en un plan payasete muy poco natural). Hace tiempo que pienso que a los Coen les sienta mucho mejor la gravedad. Y, si Inside Llewyn Davis y Hail, Caesar! forman una caprichosa pareja, me quedo sin duda con la primera, una película amarga y rotunda. No obstante, no hay que menospreciar ni separar la, digamos, parte ligera de su filmografía. Se puede poner peros a Hail, Caesar! pero no deja de ser un film de madera noble, muy noble. Ya quisieran otros laureados filmes del cine americano actual tener la densidad semántica y la precisión en la puesta en escena que tiene el último largometraje de los Coen.

 

***

 

Merece la pena hacer un aparte a propósito de Carter Burwell, autor de la música de la mayoría de los filmes de los hermanos Coen y colaborador de otros cineastas de gran importancia en el cine americano actual: de Charlie Kaufman y Spike Jonze (Anomalisa, Being John Malkovich y Where the Wild Things Are) y de Todd Haynes (Carol y Mildred Pierce). Es significativo que tan densos cineastas hayan escogido a un compositor caracterizado precisamente por la densidad de su música, que recurre a portentosos tonos graves, gravísimos. Burwell se repite y puede que no sea siempre igual de bueno, pero no hay duda de que ha puesto la música precisa a una región del cine americano en extremo consciente, crítica, estimulante. Jonze, Kaufman, Haynes y los Coen son algunos de los cineastas que reflexionan con más provecho en sus filmes sobre cómo abordar ahora el hecho cinematográfico y sobre qué hacer en términos generales. Cineastas, pues, de nuestro tiempo.

 

 

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