Abracadabra

Recuerdo un agudo artículo de Paulino Viota[i] en el que hablaba de la importancia del número dos en el cine de Jean-Luc Godard, particularmente en sus títulos. Sea o no por influencia del cineasta suizo, la dualidad y la duplicidad pueblan generosamente el cine de nuestro tiempo: las historias escindidas de Apichatpong Weerasethakul, Miguel Gomes o Isaki Lacuesta; los “filmes contraplano” sobre Iwo Jima de Clint Eastwood; el quiebro deslumbrante de Copie conforme; los virajes hacia una realidad interior u onírica en Jauja o Inland Empire

Cábala caníbal, de Daniel V. Villamediana, se desarrolla directamente en dos imágenes que discurren una junto a la otra. Recurre, durante todo el metraje, a la split screen, haciendo que veamos algo en la mitad izquierda de la pantalla y otra cosa en la mitad derecha. Sobre ellas, la voz en off del cineasta nos habla de sus recuerdos, de la desmemoria de España, de la cábala y los cabalistas, de la torre de Hölderlin… Villamediana ha realizado su película de los pasajes, un film hecho de mil fragmentos, citas y autocitas a menudo inconexas; como el libro de Benjamin, que él mismo cita en un determinado momento. El cine es así, parece decirnos: la permanente conexión o comparación entre dos cosas. Lo que vemos y lo que recordamos, lo que vemos y lo que no vemos, lo que vemos y lo que intuimos… En definitiva, lo que vemos y lo que suscita lo que vemos. De alguna manera, como la cábala, que pretende desentrañar otro significado de los signos, algo que se expresa entre líneas.

No es baladí, además, que Cábala caníbal sea un ensayo fílmico en primera persona, es decir, que Villamediana haya recurrido a una forma propia de cineastas como Chris Marker, Agnès Varda o Nanni Moretti. Lo hace para adentrarse sin complejos en una forma filosófica de cine o en una forma cinematográfica de filosofía. Cábala caníbal es diferente a los largometrajes anteriores de Villamediana pero en absoluto incoherente, pues desnuda una concepción del cinematógrafo rabiosamente avanzada, moderna, godardiana, una manera de acercarse a las imágenes que nos explica la pulsión íntima de El brau blau, La vida sublime y De occulta philosophia. Para Villamediana, el cine es un abismo de imágenes que no tiene fondo, un divagar sin fin que nos permite recorrer nuestras raíces culturales con libertad, como en el libro de Benjamin. O como en esa imagen del árbol doble de la Universidad de Tübingen, en el que las raíces y las ramas se confunden.

Ramas y raíces: en esa ventana permanentemente abierta que es Cábala caníbal, la única dirección hacia la que parecemos avanzar siempre es la que nos lleva hacia los orígenes. A los del propio Villamediana y sus primeras imágenes, a los del cinematógrafo y también a los de nuestra desmemoria. Todo está en Cábala caníbal: los abismos del siglo XV y los del siglo XX, los muertos que yacen bajo las cunetas de España y el ilustre alemán que reposa en un cementerio de Portbou, el ángel nuevo que avanza hacia el futuro observando un rastro de ruinas (¿hace falta decir que el Angelus Novus de Klee también está presente en el film?), todas las imágenes que vimos y todas las que no vimos pero que, por una misteriosa alquimia, parecen emerger cuando confrontamos dos planos, uno a la izquierda y otro a la derecha. Abracadabra, pata de cabra, Cábala caníbal también es, por cierto, un film que, posiblemente, habría encantado a Hugo Pratt.

 

[i] “El cine, arte sin imágenes”, en Cahiers du Cinéma España, número 40 (diciembre de 2010), pp. 20-21.

 

 

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