Flores salvajes

Para la susodicha, cómo no

 

En algo me recuerdan las películas de Todd Haynes a las de Martin Scorsese: son cineastas que filman motivados por una fuerte pasión cinéfila, impulsados a recrear texturas y ambientes que permanecen grabados en su memoria y que les fascinan. Son, por así decirlo, los cineastas de lo que mola. A Scorsese, el cuerpo le pide que las peleas conyugales sean insoportablemente incómodas, que la presencia en la pantalla de Mick Jagger bailando sea avasalladora o que la paliza propinada por un par de matones sea de veras escalofriante. Y, a Haynes, entre otras cosas, le gusta a rabiar el melodrama de los años cuarenta y cincuenta. De esa atracción han surgido Far from Heaven, que nos retrotraía al espíritu del cine de Douglas Sirk; su adaptación televisiva de Mildred Pierce, obviamente más prolija que la de Michael Curtiz; y Carol, traslación de una novela de Patricia Highsmith aparecida en 1952.

Carol es, sobre todo, una recreación oblicua de la América de postguerra y del cine de entonces. Oblicua porque no busca simplemente la mímesis, ni es fruto de una cinefilia babosa y mortificante como pasa en otros filmes: lo de Haynes es más complejo, nos permite volver al cine clásico y, a la vez, observar nuestra distancia respecto a él. Es, por así decirlo, un cine a la antigua y a la moderna a la vez: cine que nos habla de la vigencia permanente de las formas y del espíritu de lo que consideramos el Hollywood clásico pero que también lo observa desde la perspectiva consciente tan propia de la modernidad.

Si algo tiene en común todo el cine estadounidense, el de postguerra y el de ahora, es que siempre ha permitido entrever el gusano dentro de la manzana del sueño americano. Especialmente, en lo que concierne a los valores, a la hipocresía moral sobre la que se sostiene el mito del país de las oportunidades y de la libertad. En Far from Heaven, Mildred Pierce y Carol, Haynes nos habla de una sociedad biliosamente racista, homófoba, machista y palurda que sólo expresa sus prejuicios sotto voce mientras afecta una liberalidad ejemplar. Y de cómo esa doble moral habitaba también en las imágenes. Lo que, en el cine de postguerra, estaba más bien entre líneas, chez Haynes es palmario. Y no es casualidad que haya escogido una novela de Highsmith que, como ella misma explica (en el prólogo que recoge la edición en español de Anagrama), tuvo ciertas dificultades para salir adelante por tratar sobre un romance entre dos mujeres y se acabó convirtiendo en un pequeño gran éxito a contracorriente.

Pero, por otra parte, ¿acaso no es ésa una contradicción también actual, algo que podemos ver en el cine y en la sociedad norteamericana de ahora? La historia de amor entre Carol Aird y Therese Belivet es el relato de una lucha por la libertad en un entorno hostil que se tiene a sí mismo por una sociedad civilizadísima. ¿No pasa lo mismo hoy en día? En el año 2016, ¿no es Estados Unidos un crisol de desigualdades y discriminaciones en el que muchos niegan la evidencia y se siguen considerando los guardianes de la libertad? Por poner sólo un ejemplo: un negro ha llegado a la presidencia pero un blanco hace ahora campaña electoral prometiendo un muro en el desierto contra inmigrantes latinoamericanos… Y, volviendo a nuestro tema, ¿no sigue siendo el cine una flor salvaje que surge en una industria enfermizamente obsesionada por el dólar? ¿No sigue habiendo mucho que leer entre líneas en el cine actual? La América de Obama no está tan lejos de la de Eisenhower; y el Hollywood de los cincuenta, el modelo clásico que vivió el impacto de la televisión, no es tan diferente, en cierto sentido, del Hollywood de hoy, que vive bajo el impacto de lo digital.

En ambos trances, el cine halló una belleza singular, densa e inefable. Está en esos colores duros e intensos de los filmes de Sirk, y está en esas imágenes vaporosas de Carol que parecen tener la exacta cualidad de un recuerdo, de algo que ha impregnado íntimamente nuestra memoria (al primer párrafo me remito). En su anterior largometraje, I’m Not There, Haynes nos proponía múltiples vías para llegar al mito -la figura de Bob Dylan- sin la pretensión ridícula de abarcarlo o reducirlo. Es, quizás, la película que mejor explica la filosofía de su cine: ahora, Carol es también un film que abraza el cine de postguerra sin fagocitarlo, desde un exquisito equilibrio entre la reverencia y la distancia. Ése es, al menos en parte, el secreto de su subyugante belleza.

 

 

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