Una dulce vida

Viendo Knight of Cups, uno puede tener la sensación de que Terrence Malick se repite. Que se recrea cada vez más en un mismo tipo de imágenes y situaciones, que sólo hace esas secuencias que parecen sacadas de un videoclip o de un anuncio de perfume. En efecto, no se puede negar las similitudes de su último largometraje con The Tree of Life y To the Wonder. No obstante, ¿es de veras problemática esa reiteración? Si Malick hace siempre la misma película, hay que conceder también que cada vez la hace más abstracta y más poética. Como si su cine consistiera en pulir progresivamente una voz propia con la que hablarnos de los misterios del amor, la vida, el ser humano y la muerte. En Knight of Cups, pues, la voz cinematográfica -casi diría literaria- del realizador llega a una nueva depuración, quizás incluso a una mayor radicalización.

Entre otras cosas, porque la anécdota del film ya apenas es sugerida a lo largo de sus sucesivas set pieces, que nos describen los encuentros del protagonista con sus amantes ocasionales, su ex esposa, su padre, su hermano y otros faranduleros. A Malick le interesa principal o exclusivamente filmar los movimientos de los cuerpos en la pantalla, una manera de dotar de presencia al ser humano en el encuadre que encierra el sentido profundo de su cine. Estamos ante una suerte de bebop de los cuerpos, como en Mes séances de lutte.

Y es con esa particular forma cinematográfica con la que Malick nos habla de la belleza, del hastío y de lo sublime. En cierta manera, como en La dolce vita. Rick, el personaje encarnado por Christian Bale en Knight of Cups, guarda un parentesco quizás no muy lejano con el de Marcello Mastroianni en la película de Fellini. De los primeros pasos de una cierta modernidad que, en el tránsito de los años cincuenta a los sesenta, nos empezaba a explicar la vacuidad de los hijos de una Europa cimentada sobre el espejismo del bienestar occidental, pasamos ahora a un cine lírico sobre el pavoroso vacío de esta nuestra decadencia, la de los que hemos enterrado las ideologías a la vez que hemos asistido impasibles al derrumbamiento de capitalismo real. Malick logra, con los mimbres de su singular poética cinematográfica, expresar lo que querrían decir las películas de Paolo Sorrentino con una fórmula mucho más aparatosa.

Rick se parece también al protagonista de Somewhere, aquel film de Sofia Coppola en el que una estrella de Hollywood sobrellevaba el tedio del éxito fornicando sin solución de continuidad con todas las hembras que se cruzaban en su camino. Como otros filmes de su directora, mezclaba un sugerente destello de decadentismo con una vacuidad descorazonadora para acabar dando un resultado desafortunado, pijo y algo molesto. Knight of Cups es, por comparación, un film más honesto, más valiente y más abierto, y el Hollywood que nos muestra se me antoja, aunque no lo parezca a simple vista, más cercano al infierno descrito por Cronenberg en Maps to the Stars. Por eso, resulta una bella descripción no sólo de un cierto Zeitgeist nuestro sino también del espíritu del cine de nuestro tiempo, de cómo el individuo contemporáneo se materializa en las imágenes ahora, después de la modernidad, después del descreimiento y la sobreabundancia digitales. Poesía después de Auschwitz, cine después del cine.

 

 

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