Welles, conversador

En un vuelo de regreso a Barcelona, he empezado el año leyendo el libro en el que Peter Biskind recoge las conversaciones mantenidas entre Henry Jaglom y Orson Welles durante los dos últimos años de vida del segundo. Fue editado en 2013 por Metropolitan Books (My Lunches With Orson: Conversations between Henry Jaglom and Orson Welles), yo he leído la edición de Robert Laffont que hacía tiempo que había comprado (En tête à tête avec Orson. Conversation entre Orson Welles et Henry Jaglom, traducción de Bernard Cohen) y se puede leer en castellano, desde el año pasado, en la edición de Anagrama (Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles, traducción de Amado Diéguez).

He disfrutado a mandíbula batiente de la procacidad de Welles, un impío y afilado contador de anécdotas, cientos de anécdotas, en las que expresa opiniones muy ácidas sobre el trabajo y/o la personalidad de gente como Charles Chaplin, Darryl F. Zanuck, Josef von Sternberg, Laurence Olivier, etc. Da igual que, a veces, ponga a caer de un burro a cineastas o filmes que uno admira: es tan gracioso que no se puede evitar las carcajadas. Aunque, a decir verdad, Welles habla, sobre todo, con admiración y añoranza de muchos otros con los que trabajó o trabó amistad a lo largo de una larga carrera dedicada al teatro y al cine. Hasta qué punto hace de sí mismo un personaje o se inventa total o parcialmente sus historias, no lo podemos juzgar. Pero sí podemos constatar que fue un gran conocedor del Hollywood de los años treinta en adelante y que resulta un placer enriquecedor leer sus reflexiones sobre el funcionamiento y las transformaciones del cine americano porque fue, también, un brillante divulgador.

De hecho, su visión del cine guarda una franca coherencia con su errático recorrido como cineasta. Welles empezó muy joven dirigiendo Citizen Kane con un contrato envidiable que le daba un enorme margen de maniobra y derecho al final cut. Inmediatamente después, con The Magnificent Ambersons, vivió la situación inversa, esto es, un desencuentro general con la industria, la crítica y el público. Y, a partir de ahí, su carrera se repartió entre proyectos acabados e inacabados, todos ellos marcados por las dificultades para, sobre todo, hallar financiación. Welles hizo publicidad e interpretó numerosos papeles para ganarse los garbanzos pero nunca renunció a los principios que guiaban su trabajo ni abandonó definitivamente ninguna de sus empresas abortadas; simplemente, llegó hasta donde pudo.

Por eso, destacan en el libro los elogios que Welles dedica al funcionamiento de Hollywood durante los años de los grandes estudios. Loa especialmente el papel de los antiguos productores por su manera de impulsar los talentos personales de cineastas y actores sin meter demasiado el hocico en la elaboración de los filmes. A la vez, el director de F for Fake defiende su propia idiosincrasia, su estilo y sus ambiciones. Dicho de otra manera, Welles pulveriza la aparente contradicción entre un cine comercial y otro de autor al explicar cómo el funcionamiento de la industria, y del sector en un sentido amplio (habla también de algunos críticos norteamericanos históricos, del festival de Cannes, de las redes de exhibición, de los embates del maccarthismo…), favorece o zancadillea el desarrollo de la creatividad. Por si alguien, a estas alturas, tenía todavía alguna duda.

Ahora que Guerín ha presentado su nuevo film sobre el poder de la palabra y sobre la inagotable reflexión sobre la literatura y la creación (La academia de las musas), Jaglom y Welles comparten con nosotros, con sus conversaciones grabadas, el placer de hablar de cine. Quizás es entonces cuando, verdaderamente, acontece lo cinematográfico: cuando pensamos en lo que hemos visto y lo sometemos a discusión con los demás. Cuando escuchamos y aprendemos de las impresiones de otras personas. Cuando las imágenes se convierten en recuerdos y acceden a una nueva vida en nuestro fuero interno.

 

 

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