Qué verde era mi valle

Habitualmente, los cineastas dan explicaciones sobre sus películas relativamente llanas -en las ruedas de prensa, entrevistas, etc.- y son los críticos los que escriben sesudas meditaciones sobre la naturaleza de lo que han visto. Pero Albert Serra, radical entre los radicales, rompe incluso con ese orden de las cosas en Singularitat, el proyecto o videoinstalación que exhibió en la 56ª Bienal de Venecia y que ahora se puede visitar, hasta el 14 de febrero, en el centro de exposiciones La Virreina de Barcelona.

Así pues, en los bellos textos que presentan la muestra, se explica que la película exhibida “aborda la idea misma de ‘civilización’, esto es, una forma de organización social compleja centrada en la explotación de recursos. Una sociedad cerrada en sí misma y con un corazón eminentemente económico que necesita desarrollar otras formas de inteligencia y otras formas de tecnología para subsistir. Singularidad se centra en ese instante en el que el deseo individual, la corrupción y los hábitos están en el lado opuesto del ‘renacimiento’, están, de hecho, inmersos en la más simple de las decadencias”. Y añade, más adelante: “Todo en la película habla del ahora, del abandono de la complejidad, de las aspiraciones de las facciones y de los individuos, de la ausencia de inteligencia en las relaciones con los otros, pero también en la relación actual con las culturas, con el arte, con el rigor como sinónimo futuro de la belleza”.

La película se presenta en un formato que radicaliza el concepto de la split screen hasta el extremo. En varias pantallas situadas en diferentes salas, asistimos a las tribulaciones de unos turbios emprendedores -perdón por el pleonasmo- del sector minero irlandés y de las indolentes trabajadoras de un prostíbulo cercano, extensión al parecer del negocio de las minas. Más o menos se pueden seguir varias subtramas pero, como dice la sinopsis antes citada, “la película no tiene un orden narrativo; puede verse y entenderse de igual manera desde cualquiera de los cinco puntos de vista que se presentan en las salas”.

Cabe añadir que, además, el material exhibido es extensísimo, horas y horas, por lo que pierde todo sentido la idea convencional de ver un film completo. Es más, pasear entre las pantallas de Singularitat sugiere una renuncia definitiva a narrar mediante el recurso típicamente cinematográfico del montaje. No es que los fragmentos de cada pantalla no estén montados, sino que deja de ser importante buscar una relación cronológica o de causas y efectos entre ellos. Una estructura que me recuerda a esa secuencia al final de Interstellar en la que el protagonista flota en una nueva dimensión en la que puede contactar con múltiples instantes de su vida simultáneamente. Serra ha inventado una especie de tridimensionalidad del tiempo cinematográfico.

Pero no olvidemos que, además, estamos en un espacio museístico. Que uno pasea frente a las imágenes, que son proyectadas sobre paredes, a ras de suelo, y no elevadas como en una sala de cine. Al permitirnos ver así esos largos y calmos planos que filma, Serra alcanza una, digamos, monumentalidad del tiempo muerto, un poco como en las películas de Andy Warhol (o las de Apichatpong Weerasethakul). Singularitat es tanto un film como una exposición de imágenes, bellas y potentes imágenes de cuerpos yacentes y rostros abatidos que nos muestran un paisaje de honda decadencia, a la manera de La caduta degli dei de Visconti o, sobre todo, de los filmes de Rainer Werner Fassbinder, cuya huella es evidente en toda la obra de Serra. El ambiente de Singularitat podría ser el de Querelle, el de algunos tramos de Berlin Alexanderplatz o el de otras como Liebe ist kälter als der Tod.

En suma, Serra nos habla de varias decadencias: la de la idea misma de humanidad en nuestro tiempo y la de nuestra relación con el cine. Dejemos de nuevo que se explique el propio cineasta: “En el siglo XXI, las imágenes se dan a la fuga y no se dan la vuelta; muchas pantallas las seleccionan y se explican a sí mismas. El artista a lo mejor las crea, las selecciona, las exponen en un esfuerzo barroco y titánico. En su agonía, las imágenes todavía pueden servir para ilustrar el mundo con restricciones visuales, pero también con la ambición de narrar con imaginación. Desde los primeros mineros de la fiebre del oro de principios del siglo XX a la industria técnica y regulada de la explotación del suelo en la actualidad, Singularidad cuenta la última gran transición, la última que tiene al hombre en su esencia y la última todavía capaz de sostener la presencia del cuerpo como la fuerza conductora de toda la transformación humana”. Singularitat es, sin duda, uno de los acontecimientos cinematográficos del año.

http://www.llull.cat/monografics/venezia2015/catala/home/index.cfm

 

 

 

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