La tabla del seis

La Juana de Juana a los 12 (Martín Shanly) se resiste a integrarse en las normas sociales como el protagonista de El apóstata, y vive inmersa en una impía sociedad de castas como los chicos y chicas de Mistress America. El colegio religioso y anglófono en el que Juana mata las horas con la cabeza permanentemente en otra parte no ofrece más que una permanente puesta en escena en la que hay funciones que cumplir, roles que jugar y muchos aros por los que pasar. Ése es, por supuesto, nuestro mundo.

No es Juana una rebelde, sino otra seguidora del “I would prefer not to” bartlebiano que caracterizaba al cardenal Melville de Habemus papam. Y un botarate como el Antoine Doinel de Truffaut, con el que guarda una notable semejanza. Juana es, en suma, una persona inadaptada, apática y deprimida que pierde las horas de estudio sacando punta a los lápices, dibuja en el cuaderno de ejercicios, se queda postrada en la cama, es incapaz de retener la tabla del seis… Y eso le pasa a los doce años, por supuesto, que es una de tantas edades en las que “nos la estamos jugando” y el mundo parece esperar que respondamos exitosamente al paso a la madurez. Y uno no sabe lo que quiere ni, sobre todo, tiene la más mínima energía. Qué bien capta Shanly ese estado tan propio de la pubertad y la adolescencia: cuando, en lugar de responder a altas expectativas, uno pasa los días disperso y entretenido en fruslerías.

No crean, no obstante, que Juana es una sociópata: trata de tener relaciones positivas con sus amigas y, en un par de ocasiones, se sincera con su madre y ésta, como por casualidad, finge que está a punto de estornudar y abronca a su hija por hablarle durante tan delicado trance. Juana no encuentra a su alrededor ayudas ni soluciones, sino un sistema enfermo que considera que es ella la insana y que sólo le ofrece la posibilidad de integrarse borregamente y tragarse su amargura. Si hay una película genuinamente antisistema, es sin duda Juana a los 12.

Por eso me parece un estreno que ni pintado para esta tediosa semana que, en España, concluirá con unas elecciones irreales, ridículas, berlanguianas: incluso los que plantean socavar el sistema y renovarlo todo se muestran, en realidad, palmariamente cómodos en el convencionalísimo teatrillo mediático en el que se ha convertido la política. ¿Quién necesita ideología teniendo a un pimpante comunicador al frente de la candidatura, de las cámaras y de las redes sociales (una de las denominaciones más justas y expresivas que he oído en mi vida)?

Nuestro presente se parece a esa impresionante fiesta de disfraces de Juana a los 12 que, sin el más mínimo subrayado, rezuma putrefacción. Lo mismo que un cierto cine que, al margen de otras consideraciones, representa la más devota adhesión a una oficialidad que nunca fue formalmente establecida pero que está ahí, como la jerarquía social en el colegio de nuestra heroína. Un cine que ruedan, ven y celebran los perfectos lameculos que atraviesan puentes de los espías y libran guerras de las galaxias. Los mismos que otorgan, ganan y siguen con fruición esos premios pomposos y rankings exhaustivos que tanto abundan en esta época del año (personalmente, me limitaría a premiar a Rosario Shanly, la joven protagonista de Juana a los 12).

A años luz de esos modelos, el cine consiste también en recuperar la libertad indómita de la infancia: Juana me hace pensar en esos filmes maravillosos de Kiarostami en los que seguimos el curso de unas gotas de agua sobre el parabrisas de un coche, observamos en primerísimo primer plano el pelaje de una vaca o vemos el paso de una fila de patos frente a la cámara. De pequeños, todos asistimos al milagro de la vida con la misma fascinación con la que lo rueda Kiarostami, y no hay motivo para dejar de ser esa persona que fuimos. Puede ser importante lo que podemos, pero a mí me importa más lo que somos.

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