Otoño tardío

Ha muerto Setsuko Hara. Uno lee el periódico como todos los días, mientras toma un café en un bar del barrio, y se encuentra por sorpresa con la fotografía de la actriz de las películas de Yasujirô Ozu en la sección de obituarios. Ha sido un reencuentro inesperado con esa característica sonrisa apacible que era, en sí misma, una región fundamental de la geografía del cine de Ozu.

Aunque he leído hoy la necrológica, resulta que Hara murió en septiembre con 95 años de edad. Ha sobrevivido 22 años a Chishû Ryû, el otro rostro emblemático de los filmes del maestro, y más de medio siglo al propio Ozu, que falleció el mismo día en que cumplía los sesenta, un lejano 12 de diciembre de 1963. Por eso me ha sorprendido saber de su muerte ahora, en el 2015, y ver su fotografía ha provocado un brusco reencuentro con imágenes queridas y añoradas, con la inconfundible cualidad del tiempo en el cine de Ozu (a la que, por cierto, José Luis Guerín rinde homenaje en una bellísima carta filmada para Jonas Mekas en la propia tumba del director japonés, en Kita-Kamakura).

En los filmes que hicieron juntos, incluido Tôkyô monogatari, Hara encarna esas contradicciones generacionales tan propias de la obra de Ozu: jóvenes que se debaten entre el apego a sus progenitores y la necesidad de emprender un camino propio, entre cuidar de sus padres o casarse, entre seguir tradiciones o vulnerarlas. Una, digamos, armoniosa tensión entre lo viejo y lo nuevo que caracteriza también al estilo del cine de Ozu, clásico y radical a la vez. Un cine hipnótico que medita con el espectador, que abre espacios para permitirnos una densa relación con las imágenes tal vez inigualable (aunque se pueda citar a algunos discípulos aventajados como Hou Hsiao-Hsien o, en mi opinión, Apichatpong Weerasethakul). Con una simple fotografía, hoy me he reencontrado con las sensaciones de los “planos tatami”, los pillow shots, los niños revoltosos que recordaba Wim Wenders en Tokyo-Ga, los bebedores abatidos de sake, los calmos diálogos entre puertas correderas y el rostro de Setsuko Hara, sonriendo mansamente en esos hermosos primeros planos de engañosa sencillez.

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