Vida nueva

Me gusta el nombre del festival (L’Alternativa, que ha tenido lugar, un año más, este mes de noviembre en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) pero no puedo evitar pensar que los filmes exhibidos, más que una alternativa, parecen buscar unas esencias que siempre han estado ahí. El cine más inquieto de hoy, a tenor de lo que hemos visto, indaga algo tan sencillo como las maneras que tiene el cine de registrar el tiempo. Y, con el tiempo, también el recuerdo, la memoria, la historia. A partir de ahí, emergen temas sociales, sentimientos de pérdida, nostalgias y exilios… Ficciones que surgen con naturalidad de documentar la huella del tiempo en el espacio. La referencia de cineastas como Tarkovsky o Antonioni acude recurrentemente a la memoria de quien observa ese cine que ha hecho del despojamiento virtud, una tendencia ya de largo aliento que caracteriza el cine de autor de finales del siglo XX y principios del actual. Desde, por poner un caprichoso y simbólico punto de partida, la trilogía de Kiarostami formada por ¿Dónde está la casa de mi amigo?, Y la vida continúa y A través de los olivos.

Hay incluso síntomas de acomodación en esa estética de la austeridad, como parece ser el caso -entremos ya en materia- de La muerte en La Alcarria (Fernando Pomares) o de cortometrajes como Aula de condução (André Santos, Marco Leão) o Faim (Tommaso Donati), filmes todos ellos estimulantes y muy apreciables pero algo desmayados. En cambio, otros muestran una autoexigencia insobornable, casi rabiosa, como es el caso de The Sky Trembles and the Earth Is Afraid and the Two Eyes Are Not Brothers, de Ben Rivers, que tal vez deberíamos atribuir también a Óliver Laxe por ser algo más que el personaje protagonista: además de adaptar un relato de Paul Bowles, la película es casi una variación sobre Todos vós sodes capitáns, un nuevo y divertido documental sobre su propio rodaje con un severo extravío a mitad del metraje digno de Weerasethakul.

De hecho, el film de Rivers, tan consciente y chistoso respecto a sí mismo, no anda demasiado lejos de las películas del festival narradas en primera persona, a lo Moretti, como Rabo de Peixe (otro bello e incisivo diario filmado de Joaquim Pinto, que firma junto a su pareja Nuno Leonel), Stand By for Tape Back-Up (apasionante evocación íntima de Ross Sutherland a partir de las imágenes de una vieja cinta de VHS) u O futebol, donde Sergio Oksman nos explica los últimos días de su padre a partir de la filmación de los tiempos muertos, las conversaciones banales, los silencios involuntarios: Oksman celebra la capacidad del cine de descubrir cosas cuando no pasa nada, de hacernos testigos de cómo acontece la ficción, el relato, incluso el mito. De hecho, como Jem Cohen en Counting, film compuesto de mil imágenes captadas durante su vida cotidiana en Nueva York y sus viajes a Rusia, Turquía o Londres. O como The Iron Ministry, de John Paul Sniadecki (gran premio del festival), que halla una miríada de historias y de acentos en los estrechos pasillos de un tren chino abarrotado de pasajeros.

Otros cineastas, en cambio, han tomado una cierta distancia para observar el diálogo del cine con el espectador, las contradicciones y cuestionamientos que plantea. Dos ejemplos destacados. Primero: en Une jeunesse allemande, Jean-Gabriel Périot (premio de la crítica) muestra a la vez la honestidad y la trampa intrínsecas al compromiso político plasmado en la imagen cinematográfica. Périot nos explica indirectamente algo muy característico no de la R.F.A. de los años setenta sino del ambiguo estatus moral de nuestro presente.

Y segundo: La academia de las musas, de José Luis Guerín, ha resultado un cierre contundente a la muestra, al condensar muchas de las ideas que recorren el cine exhibido en L’Alternativa. De hecho, cuando uno ve un film de Guerín, tiene siempre la sensación de estar asistiendo a una sabia compilación, pues el cineasta barcelonés es, ante todo, un brillante, divulgativo, intuitivo y elegantísimo pensador que, en su obra, reflexiona con nosotros sobre el valor de la imagen cinematográfica.

La academia de las musas es, según la presentación de su propio director, “un film sobre el poder de la palabra”. Más bien diría sobre el poder del diálogo, pues todo en él (la filmación de las clases de literatura de Raffaele Pinto, de las discusiones entre éste y sus alumnas, de los diálogos entre compañeros de clase sobre poesía o sobre sus cuitas amorosas…) nos invita a pensar en lo que se establece también entre el cine y sus espectadores, un juego de espejos que es constantemente sugerido en la película, llena de reflejos y planos translúcidos. La academia de las musas es un canto a la modernidad cinematográfica, ese gesto que hace que las imágenes nos interpelen y nos hagan copartícipes del descubrimiento de la poética del mundo a través de la vida que se cuela en ellas. En un film tan bello, destacan quizás los desvíos que conducen la trama a la grabación de cantos e historias de los habitantes de Cerdeña o a la gruta de la Sibila de Cumas en Campania, con la inevitable alusión a Viaggio in Italia. El film de Guerín es un viaje a la Divina commedia y la Vita nova de Dante, a la esencialidad poética de nuestras ficciones y al eterno retorno al tema último de la literatura y el cine, que no es otro sino el amor.

 

http://alternativa.cccb.org/2015/es/

 


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