Ficciones, mitos, metamorfosis

La semana pasada, decía Jordi Llovet en su artículo semanal: “Parece, a veces, que la razón o el logos (…) tenga que poder más que el carácter fantasioso del mito; pero el mito tiene una fuerza por sí mismo muy superior al discurso razonado, si se mira el conjunto de la historia antigua”[i]. Y, al leer esas líneas, uno pensaba en el carácter mítico del cinematógrafo. Por supuesto, no me refiero a ese degradante uso de la palabra mito que hacen los que han convertido el cine en un mausoleo. Pienso más bien en su capacidad de fijar en nuestro recuerdo historias, personajes, situaciones, tipos y arquetipos que, tras cien años de cine, forman parte de nuestro conocimiento y de nuestra manera de entender el mundo.

Nos recuerda Llovet que, a través de los mitos, “los griegos de muy diversos lugares compartían unas creencias, ordenaban sus leyes, (…) aprendían a morir y se comportaban siguiendo un primitivo, pero eficaz, sistema moral”[ii]. ¿No hay algo vagamente parecido a eso en nuestra relación con las películas de ficción, relatos populares de nuestras generaciones? ¿No ha contribuido el cine a nuestra idea colectiva del amor, del ser humano, de la aventura de la vida, del pasado y del futuro?

Es preciso matizar que el cine es un pésimo profesor de, por ejemplo, historia. Me deprime la idea de un maestro bienintencionado que proyecta una película de época para explicar a sus alumnos el imperio romano, la Edad Media o la II Guerra Mundial. Tampoco se me ocurriría dar por buena la recreación de un personaje histórico o contemporáneo en un film, ni explicar el pensamiento o la obra de nadie a través de un biopic. Una puesta en escena es una creación que tiene una cierta relación con lo que representa pero jamás debe confundirse con la realidad, menos aún con el relato de épocas pasadas de las que apenas nos hacemos una vaga idea.

Tampoco creo que el valor moral del cine resida en esos reconfortantes filmes que yo llamo lecciones de vida e historias de superación, ésos tan del gusto del Hollywood más hortera en los que los protagonistas crecen interiormente entre el inicio y el final del relato. Tanto el “uso” supuestamente didáctico del cine como su “función” edificante parten de un mismo error o mezquindad: el dichoso paraqueísmo, el prurito de preguntarse para qué sirven las cosas. Si las películas han de servir para aprender algo, si aprender ha de servir para progresar en la vida… ¿Para qué “sirve” la vida, entonces? El enfermizo pragmatismo de las sociedades capitalistas sólo nos convierte en genuinos muertos vivientes.

El valor moral del cine se aprecia más bien cuando se toma conciencia de esa distancia entre lo representado y el artefacto cinematográfico. Cuando, en lugar de tragar imágenes acríticamente, somos capaces de digerirlas con algún tipo de provecho. Saber que, por poner un ejemplo, la maravillosa The Adventures of Robin Hood, de Michael Curtiz y William Keighley, no es una recreación veraz del medievo ni tampoco una interpretación unívoca de la leyenda inglesa, sino un film, sólo un film. Y eso es más que suficiente para que sus imágenes nos hablen de nosotros mismos, para reconocer en ellas nuestras emociones, nuestras tribulaciones, nuestros sueños y nuestros temores. Como, salvando las distancias, en los mitos de las civilizaciones antiguas.

Por eso, Métamorphoses, el largometraje de Christophe Honoré (editado en Francia por Le Pacte y Blaq Out), no sólo es una bella y pasoliniana aproximación a algunos pasajes de Ovidio, sino también una ocasión para reflexionar sobre nuestra relación con las ficciones cinematográficas, es decir, sobre la naturaleza mítica de las películas de nuestra vida. ¿Y no es, acaso, esa toma de conciencia la mera pulsión de la modernidad, ese viaje del cine que nunca empieza ni acaba exactamente? Honoré -centauro del siglo XXI que es mitad Demy, mitad Pasolini- es un cineasta emblemático de la última metamorfosis de la modernidad.

[i] “Sembla, de vegades, que la raó o el logos (…) hagi de poder més que el carácter fantasiós del mite; però el mite té una força per ell mateix molt superior al discurs enraonat, si es mira el gros de la historia antiga”. En “La política i el ‘gran relat’”, Quadern, 5 de noviembre de 2015, página 6.

[ii] “A partir dels mites narrats a La Ilíada i a L’Odissea, els gregs de molts diversos llocs compartien unes creences, ordenaven les seves lleis, (…) aprenien a morir i es comportaven seguint un primitu, però eficaç, sistema moral”. Ibídem.

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