Nosotros, los muertos

Recientemente estrenada en Barcelona, Un dia perfecte per volar, de Marc Recha, es una película rica y compleja hecha de ingredientes muy sencillos: los cuerpos de sus tres personajes y la luminosa naturaleza que les rodea. Nada más. Esos elementos están filmados con una particular vivacidad, un estilo que transmite inmediatez y fisicidad. Y que recuerda a la característica textura del cine de Pier Paolo Pasolini.

Un 2 de noviembre de 1975, el cuerpo inerte de Pasolini apareció en la playa de Ostia. El asesinato del director de Accattone puede considerarse, con toda justicia, uno de los más hondos traumas que ha arrastrado el cine durante los cuarenta años transcurridos desde entonces. ¿Por qué tenemos esa sensación de haber sufrido una mutilación particularmente dolorosa? Partamos de lo evidente: Pasolini murió en un momento de poderosa creatividad. Il fiore delle mille e una notte (1974) y Salò o le 120 giornate di Sodoma (1975) prometían la continuación de un cine insobornable, bello e incisivo. Y ésa es, grosso modo, la aportación de Pasolini a las metamorfosis de la modernidad cinematográfica: un cine que no rehúye el combate, unas imágenes cargadas de vida y una actitud decididamente militante.

¿Militante a favor de qué? De la aprehensión de los textos fundamentales de nuestra cultura en un valiente cine impuro, de dar a la realidad una nueva vida en las imágenes, de dejar al espectador la libertad y la tarea de volver a descubrir el mundo en ellas… Y del riguroso compromiso ético y político que implica cada plano, como verbalizó Godard en la que quizás es su frase más famosa.

Cuando mataron a Pasolini, mataron al corazón mismo de la modernidad cinematográfica, a ese compromiso que reivindicaba con fervor Víctor Erice en un debate a propósito de Un lugar en el cine (Alberto Morais) que se puede ver en los contenidos extras de la edición de Mare FIlms. Un lugar en el cine es, precisamente, un conmovedor documento sobre la huella de Pasolini en nuestro presente, en nuestro cine. Como lo es también Pasolini, el film de Abel Ferrara sobre, entre otras cosas, las últimas horas del cineasta. Una y otra expresan la añoranza y el tributo al maestro desde las dos orillas simbólicas del cine, la americana y la europea. Cuando mataron a Pasolini, nos mataron a todos.

No obstante, nosotros, los muertos que vagamos entre ruinas, todavía hacemos y vemos cine, un cine plagado de fantasmagorías. Como Un dia perfecte per volar, film que transcurre, igual que los de Weerasethakul o que Jauja, en el territorio común de los vivos y los muertos, entre la melancolía por lo perdido y el redescubrimiento de la vida. ¿Y no es un espíritu similar el que caracteriza el cine de Miguel Gomes, que ha adaptado precisamente As mil e uma noites para llegar, en cierto modo, a una especie de Uccellacci e uccellini sobre el Portugal de hoy? Gomes ha heredado también la mordacidad de Pasolini.

El cine de nuestro tiempo, como si se rigiera por los desconcertantes principios de la física cuántica, avanza a la vez hacia el pasado y hacia el futuro, hacia lo perdido y hacia lo ignoto. Las formas actuales de la modernidad se nutren de lo que seremos y de lo que perdimos: somos Fassbinder, Truffaut, Demy, Tarkovsky, Cassavetes, Eustache, Akerman. Somos Pasolini y lo seguiremos siendo porque en nuestra mirada habitará siempre el rostro exhausto de Accattone.

Anuncios

One thought on “Nosotros, los muertos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s