Rebelión de las masas

El cine del yo, o del individuo, es muy común en este nuestro tiempo. Pero nunca ha dejado de haber también un cine de las masas, heredero de los filmes de Dziga Vértov o Sergei M. Eisenstein, de la Intolerance: Love’s Struggle Throughout the Ages de Griffith y de la Berlin – Die Symphonie der Großstadt de Walter Ruttmann. Ése es el modelo que ha seguido Sergei Loznitsa en Maidan, largometraje con el que trata de documentar el movimiento popular que, instalado en la plaza Maidán de Kiev, protestó contra la renuencia del presidente Víktor Yanukóvich a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea (y contra la política de su gobierno en general). El turbio presidente Yanukóvich fue finalmente destituido por una no menos turbia votación parlamentaria y vive ahora exiliado en Rusia mientras Ucrania sufre una sucia guerra civil en la que potencias extranjeras juegan un papel siniestro desde el burladero a favor de uno y otro bando.

La protesta, que fue bautizada como “Euromaidán”, tuvo un cierto aire a expresión popular de desafección general al sistema y a la política institucional (a pesar de, paradójicamente, su encendida vocación pro UE). Es decir, como nuestro famoso 15-M, que inspiró un film de Basilio Martín Patino, Libre te quiero (2012), que, como el Maidan de Loznitsa, se basa en la mostración de imágenes tomadas in situ durante los días en que se desarrolló el movimiento. Las películas de Martín Patino y Loznitsa oscilan entre una vocación de limpia inmediatez y la articulación de un discurso a la vez cinematográfico y político, entre el afán de documentar y el de implicarse. De hecho, ni uno ni otro esconden su simpatía por las movilizaciones que narran.

Maidan y Libre te quiero parten de material filmado por los cineastas en el escenario real de los hechos reales durante su transcurso real. Comparémoslos con otros dos ejemplos de cine de las masas que documentan revoluciones populares. En Videogramme einer Revolution (1992), que Harun Farocki firma junto a Andrei Ujica, seguimos la revuelta que, en 1989, acabó con el régimen socialista en Rumanía a través de filmaciones anónimas y de extractos de las emisiones de la televisión rumana durante las primeras horas en las que cayó en manos de los rebeldes. Por otra parte, Eisenstein rodó el film oficial para el décimo aniversario de la revolución rusa, Oktyabr (Octubre, 1928), reconstruyendo por completo los acontecimientos mediante una puesta en escena faraónica.

En los filmes de Farocki y Eisenstein, los hechos nos llegan a través de la mediación de algo: registros anónimos o televisivos en el caso del alemán, una pura ficción en el caso del soviético. Y, paradójicamente, las imágenes parecen respirar más libres en sus películas que en las de Loznitsa y Martín Patino. Tienen más profundidad y más riqueza de matices; incluso las de Octubre, aunque se trate de un film totalmente militante, parcial, propagandístico. En el cine, importa menos la objetividad que la consecución de una cierta verdad ontológica. Y cada plano de Eisenstein está cargado de verdad.

Al contrario, la vocación documental de Libre te quiero y de Maidan queda empobrecida por una manera relativamente rutinaria de narrar los hechos. Como si viéramos, por enésima vez, un retrato del ambiente, los protagonistas y los acontecimientos de algo. No son, ni muchos menos, películas carentes de interés ni de belleza, y puedo asegurar que el cine de Patino me gusta no poco y que V tumane (En la niebla) es un film apreciable; pero, cinematográficamente, son revoluciones castradas. Como si, en la filmación de una ruptura, se hubieran acabado acomodando a formas de discurso tradicionales, viejas, en las que el espectador tiene menos campo donde jugar.

Maidan parece filmar el propio gusano de su manzana al mostrar el ambiguo talante de la movilización: entre los gritos de protesta contra el sistema, se va oyendo -y se van imponiendo- soflamas patrióticas, muy patrióticas. Vemos a una masa que convierte en fetiche el himno nacional ucraniano y lo canta, emocionada, a todas horas. Y vemos la intervención ante los micrófonos de poetas ultranacionalistas de muy dudosa calidad y de religiosos que dirigen plegarias contra el gobierno de Yanukóvich (curioso paralelismo, por cierto, con las imágenes de Videogramme einer Revolution que muestran oraciones en directo en la televisión rumana recién ocupada por los insurrectos). El film acaba cuando se empieza a sembrar la violencia en la plaza y sus aledaños y los enfrentamientos entre policía y manifestantes se hacen continuos, encarnizados y, finalmente, mortales. Se supo desde el primer momento que Pravy Sektor y otras organizaciones de extrema derecha tomaron las riendas del “Euromaidán” y que han seguido teniendo un papel destacado en la lucha intestina que ha desgarrado Ucrania desde entonces. Maidan es, ante todo, la documentación de una progresiva y silenciosa fascistización, de cómo una presunta revolución se transfigura en otra cosa de manera natural, ineluctable, incluso lógica.

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