Beautiful boys

Gonzalo Tamayo, el protagonista de El apóstata (Federico Veiroj), tiene 37 años y sigue siendo un niño cruel, como le dice su prima al inicio de la película. Tenemos la sensación de rencontrarnos en este film con temas ya asentados en el cine actual: las tribulaciones del paso a la madurez, la dificultad de encontrar un lugar en el mundo, esa sensación de no poder adaptarse a la vida adulta como cualquier hijo de vecino… Cuestiones muy presentes en la novísima comedia americana y en filmes tan dispares como Young Adult (Jason Reitman) o Ilusión (Daniel Castro).

Qué bien perfilado está el personaje de Gonzalo, niño grande que aúna despiste y lucidez, torpeza y rebelión, nostalgia no declarada de la infancia y deseo de acceder a una vida adulta, completa, sólida. Y un deseo de amor en el que también se expresa una doble tendencia hacia el pasado y el futuro. Además, Gonzalo parece tener también esa extraña sensación de haber intentado ya tomar un rumbo sin mucho éxito y no saber qué hacer ahora, como le pasa al protagonista de Las altas presiones (Ángel Santos).

De alguna manera, todos los filmes contienen en su seno algún tipo de paso a la modernidad y nos hablan de las contradicciones que eso supone. En El apóstata, Gonzalo trata de emanciparse de una tradición castradora y, a la vez, mantener un cierto apego a las esencias, a la familia. Es ciertamente difícil combinar la búsqueda de la estabilidad y la integridad de los principios de uno; y, de hecho, el cine no avanza a base de rupturas sino de provechosas relaciones dialécticas entre tradición e innovación.

Cineastas como Veiroj o Santos (o Isaki Lacuesta, o Jonás Trueba, o Elías León Siminiani…) están plasmando un estado -o, más bien, un sentimiento- propio del cine de nuestro tiempo. Y no es casual que tanto la Ilusión de Castro como El apóstata de Veiroj profundicen en un, digamos, cine del yo, que se parece a ese cine en primera persona de Nanni Moretti o Alan Berliner pero nos relata las cuitas de memorables personajes de ficción, dignos herederos del Jacques Tati de Mon oncle, que se erigen en portavoces del cineasta y de su visión del estado de las cosas. La dignidad del individuo en un medio social hostil y desconcertante es también un tema común con el que el cine de nuestro tiempo nos habla de su propia zozobra.

Tal y como leemos en su partida de bautizo, Gonzalo nació en 1978, igual que el arriba firmante. Una parte significativa del cine actual está reflejando también las cuitas de una generación, la nuestra, que ha llegado a un punto en el que la madurez parece una empresa incompleta y decepcionante, algo que merece una enmienda a la totalidad, borrón y cuenta nueva. Grosso modo, es también la generación de los protagonistas de Eden, de Mia Hansen-Løve, la cineasta del dolor sin catarsis, la narradora que nos muestra el fluir natural de la existencia, sin “cinematografizar” el tiempo. Es impresionante cómo, en el film, todo es a la vez liviano y conmovedor, de una manera parecida a como acontecen las cosas en la vida real. Como dice una de las frases más sobadas de John Lennon, “Life is just what happens to you / While you are busy making other plans”.

En Eden, efectivamente, los acontecimientos y los años se suceden sin que las relaciones de causa y efecto pauten el ritmo, sin que ahoguen el flujo. Por eso y por su inesperado aspecto de retrato de grupo -muy al contrario, por cierto, que los filmes antes comentados-, resulta una película proustiana, casi una nueva búsqueda del tiempo perdido centrada en el tránsito entre el siglo XX y el XXI y en la que los jóvenes acceden también a una melancólica madurez. Si hay, en fin, un film radicalmente moderno por emancipado del sentido clásico de la narración, sin duda es éste: ahora que hablamos de “postcine”, Hansen-Løve parece haber encontrado más bien la fórmula de un “posttiempo” para el cine. Le Père de mes enfants, Un amour de jeunesse y Eden dan con una forma cinematográfica muy acorde con el sentimiento que expresan filmes como El apóstata o Las altas presiones: esa fatiga o melancolía de quien no tiene muy claro por dónde tirar ni el sentido del camino pero, a pesar de todo, sigue adelante porque no hay otra que seguir creando imágenes y ver qué pasa. Nótese que, no en vano, ninguno de los filmes citados tiene un final pesimista.

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