Raskólnikov sobre el mar de nubes

Para S.

 

El personaje de Emma Stone en Magic in the Moonlight come constantemente como síntoma de una carencia afectiva que parece resolver al enamorarse del protagonista; y el personaje de Stone en Irrational Man come chocolate con ansia en una cena familiar mientras habla de su enamorado Abe Lucas, el atormentado profesor de filosofía que encarna Joaquin Phoenix. Aunque suene a perogrullada, debemos recordar que Woody Allen es, ante todo, un guionista y director de cine. Su personalidad y su pensamiento parecen pasar por encima de esa doble condición pero, en definitiva, no es así. Allen construye sus filmes a partir de recursos guionísticos y de puesta en escena muy clásicos, incluso trillados. Dentro de su cine y dentro del cine americano en general.

Así pues, los personajes y las situaciones de Irrational Man están fuertemente estereotipados. Allen hace que sus criaturas declamen lugares comunes acordes con la clase pudiente, culta y esnob que ha poblado siempre su cine; y hace que sus actores tiren de recursos tan manidos como ir retirando libros de una estantería, afectando que los ojean, mientras se dan réplicas el uno al otro. Su cine se ha convertido en una especie de circuito cerrado en el que las situaciones devienen, hasta cierto punto, previsibles o automáticas.

Pues bien: al contrario de lo que pueda parecer, en eso precisamente reside buena parte de su interés. Sus últimos filmes dan una engañosa sensación de desaliño o desmayo pues estamos, una vez más, en una meditación entre líneas, aguda y consciente sobre la propia pulsión creativa del cineasta. Allen es el mago cuyo escepticismo se tambalea en Magic in the Moonlight y es el académico depresivo, bebedor y suicida de Irrational Man. De hecho, ambos filmes resumen a grandes rasgos dos temas centrales de su obra: la artificialidad del mecanismo creativo y la dimensión moral de nuestras acciones en la vida.

Abe Lucas desprecia el valor de su propia existencia hasta que halla un motivo para actuar que da sentido a todo. Planear el asesinato de un juez prevaricador se convierte en un acto ético y estético que renueva sus energías, sus ansias de vivir, incluso su potencia sexual. Lucas deviene la enésima reencarnación del Raskólnikov dostoyevskiano en el cine de Allen, un atento lector de la novela rusa del XIX que ha encontrado en ella la inspiración de todo el conflicto ético que recorre su cine (Crimen y castigo es, de hecho, citada explícitamente en el film). Lucas/Raskólnikov actúa, toma partido y dota de un sentido a su estar en el mundo, pero atraviesa para ello la frontera moral del asesinato prescindiendo de toda consideración sobre las contradicciones que entraña su decisión.

Y Allen hace películas, una detrás de otra, con la exquisita regularidad que le ha permitido estrenar un largometraje al año desde los años ochenta (tal vez sea el último “cineasta obrero” que trabaja con el mismo sentido de la rutina anual con el que, de septiembre a septiembre, cumplimentamos nuestras responsabilidades laborales los asalariados). Escribe guiones en los que las situaciones se encadenan de manera clásica y dirige filmes en los que los diálogos se representan en el más convencional mecanismo de plano y contraplano. Porque de eso se trata el cine: hacer películas y afrontar las contradicciones éticas y estéticas que plantea su propia práctica.

Il faut tenter de vivre, hay que hacer cine sin rehuir las tribulaciones que comporta ese afán inagotable, más pasional que racional. En Irrational Man, como en otras obras de Allen, está muy presente la herencia del espíritu romántico (el título es elocuente al respecto). Y, de hecho, uno de los planos fundamentales del film, que se ha convertido en su cartel publicitario, parece citar -como me hizo notar la filóloga Molina- Der Wanderer über dem Nebelmeer (El caminante sobre el mar de nubes), la pintura de Caspar David Friedrich que aportó una imagen emblemática al romanticismo.

En una secuencia que tal vez sea la más significativa de Irrational Man, la pareja protagonista y los padres de ella fabulan durante una cena cómo debe haber sido el asesinato del juez y, de hecho, sus palabras lo acaban recreando con exactitud. Lo que desconocen entonces Emma Stone y sus progenitores es que el autor del crimen está sentado con ellos. Así parece surgir el cine de Allen, como en la secuencia citada o como la historia de Broadway Danny Rose, narrada en una animada sobremesa: mezclando vida e invención, disfrutando el placer de narrar y dejándose enredar conscientemente en las contradicciones morales que acontecen. Allen, guionista y director, ha aportado con su obra una importante disertación sobre el propio flujo del cine y sobre el surgimiento de algún tipo de conciencia, de modernidad, de nueva perspectiva, a través de los resquicios de las convenciones.

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