Secretos de un matrimonio

Toda la filmografía de M. Night Shyamalan transita por las esencias del fantástico. Con él, en cierta manera, el cine americano ha llegado a su propia Nouvelle Vague, ese punto en que los filmes dialogan con sus referentes, en que la modernidad evoca y analiza la tradición.

The Visit puede considerarse un tratado sobre el surgimiento de lo fantástico y/o del suspense. Entre otros motivos, porque nos devuelve a ese momento de la infancia en el que los adultos son un misterio inquietante, unos inesperados extraños que excitan nuestra imaginación. ¿Quién no sospechó alguna vez del comportamiento de sus padres, hermanos o abuelos, quién no los observó extrañado pensando que su actitud, en cierto momento, encerraba un misterio, un secreto ominoso? De los secretos familiares y de los fantasmas del pasado surge el terror esencial, el germen mismo del fantástico. Por supuesto, de la realidad surge el cine: por eso, el film adopta la hechura de un falso documento registrado por sus propios protagonistas, un trillado recurso al que, como es habitual en Shyamalan, el cineasta vuelve para dotarlo de un sentido más profundo, para darle un giro crítico. En sus películas, de hecho, tenemos a menudo la impresión de ver por fin “bien hecho” algo que, muchas veces antes, fue realizado torpe o pobremente.

Shyamalan nos devuelve a The Innocents y a The Turn of the Screw, a Rosemary’s Baby y a The Night of the Hunter, a Poe y a Maupassant. A la impresión de oír cuentos de terror en la habitación, antes de dormir. Al descubrimiento temprano de las tinieblas del alma a través de nuestras ficciones.

Shyamalan es el feliz producto de una lectura atenta no sólo de los clásicos del cine fantástico, de terror y de suspense, sino también de sus descendientes del nuevo Hollywood de los setenta y ochenta, a los que supera y desborda ampliamente en todos los sentidos. Lo que había de fácil, grueso, ingenuo, burdo y hortera en cierto cine de género infantilizante de la posmodernidad americana, Shyamalan lo subvierte convirtiendo la revisión del género en una arma cargada de futuro, en un cine vivo y rico en matices donde se establece un fructífero diálogo no sólo con la tradición sino también con la relación que tenemos con ella, con nuestro estatus como espectadores. Por no hablar del diálogo que entabla con su propio cine, con sus motivaciones e inquietudes como cineasta. El director de Signs, The Village o Lady in the Water nos hace madurar veinte años más como espectadores, los mismos que hace avanzar al cine americano.

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