La comedia humana

Lo primero que hace estimulante un film como Trainwreck (A.K.A. Y de repente tú), de Judd Apatow, es que parte del momento en que las relaciones humanas están destruidas o son sumamente disfuncionales. No sólo porque el film empieza con el recuerdo traumático del anuncio, a dos niñas inocentes, del divorcio de sus padres: también porque la relación de pareja de la protagonista con un gimnasta bobalicón y homosexual no asumido es una patética puesta en escena, porque no son mucho mejores sus relaciones familiares con su padre (viejo, cascarrabias y racista) y su hermana (esposa modelo de una babosa, repulsiva familia WASP) y porque su ambiente profesional rezuma no ya competitividad sino auténtica violencia debajo de las formas sublimemente hipócritas que marcan la relación entre compañeros y subordinados.

Trainwreck, en suma, arranca cuando ya se ha perdido toda inocencia y ése es, justamente, el punto de partida para la comedia de nuestro tiempo. Por eso, supongo, se habla de “posthumor”. Las películas de Apatow (fijémonos en Funny People, This is 40 y la que nos ocupa) transcurren en ese punto de la vida y del cine en el que acontece la amargura, el desencanto. ¿Qué hacer, entonces? Los personajes acaban redescubriendo sus relaciones, sus pasiones y su vida en general; pero no como una huera reconciliación o corrección de algo que no funciona, sino como el paso a un nuevo instante más allá de la inocencia, cuando se constata y se asume con melancolía la imperfección de cuanto nos rodea. Trainwreck nos muestra cómo volver a descubrir la comedia romántica desde nuestra posición, desde el descreído cine de nuestro tiempo, levantado sobre las ruinas de lo que hemos dejado atrás.

A su manera, algo parecido hace Seth MacFarlane en Ted 2, otra comedia americana de rigurosa actualidad. El planteamiento inicial de su predecesora Ted (un tipo comparte las diferentes fases del paso a la madurez con un oso de peluche animado milagrosamente) se descompone: ¿por qué un peluche ha de tener atributos humanos y llevar una vida adulta común y corriente? Todo eso se viene abajo y debe ser replanteado en la secuela. El artificio se desmorona, pierde también su, digamos, inocencia primigenia y se recompone por una nueva vía. La moderna comedia americana parece decirnos que busca su propio redescubrimiento o, si se prefiere, una reivindicación cuando parece haberse acabado todo. E indicándonos que el paso a una nueva modernidad y la recuperación de las esencias son, en el fondo, procesos paralelos.

Y, como no hay dos sin tres, es necesario hablar aquí de otro realizador estadounidense que ha hecho de las edades de la vida, la decepción ante las ilusiones rotas y los distintos pasos hacia una nueva madurez los temas centrales de su cine. Noah Baumbach vuelve sobre esos temas en While We’re Young para hacer una reflexión nada ligera sobre el concepto de verdad en el cine y sobre, de hecho, el sentido de su propia obra. Posiblemente se trate de su film más meditativo.

Fijémonos en la trama. Ben Stiller y Naomi Watts son una pareja de cuarenta y tantos años estancada personal y profesionalmente. En concreto, el personaje de Stiller arrastra la realización de un documental sin rumbo ni medios económicos desde hace una década. Además, sobrelleva la castrante presencia de su suegro, un exitoso y ya veterano documentalista que representa el tipo de éxito que a él se le escapa.

El contacto con una pareja de jóvenes admiradores (Adam Driver y Amanda Seyfried) insufla rápidamente una especie de nueva juventud a la vida de los protagonistas. Se hacen íntimos, se dejan embarcar en todo tipo de actividades nuevas, lúdicas y/o absurdas y creen haber encontrado un tipo de vida alternativo al modelo de existencia familiar y convencional que representan sus viejos amigos.

Pero, al colaborar profesionalmente con su joven amigo, se va haciendo evidente -primero para el espectador y luego para Stiller- el carácter arribista del personaje, que actúa a lo All about Eve: todo está recubierto de una gruesa capa de “buen rollo” (el monstruo de nuestro tiempo) pero, debajo, no hay más que un espurio e insaciable interés. Y cuando, en una secuencia clave, Stiller denuncia en un acto público las malas artes de Driver, los demás relativizan el asunto porque, al fin y al cabo, el film que ha realizado es un acierto. El fin, si no justifica, al menos atenúa la vileza de los medios.

Baumbach se burla de la pose, el insufrible fingimiento que marca las relaciones humanas de hoy en nuestras sociedades, a la vez que observa con comprensión y hasta ternura la raza humana. Reivindica la integridad y el compromiso del cineasta, la fidelidad a los principios, a la vez que asume (y parodia) la virtual imposibilidad de luchar quijotescamente contra el signo de los tiempos. Observa cómo el cine, hoy, no consiste exactamente en mantenerse inamovible en una cierta tradición ni en abrazar las derivas de la modernez, sino en un equilibrio más complejo entre lo viejo y lo nuevo (estamos, por cierto, muy cerca de lo que se plantea Assayas en Clouds of Sils Maria). Constata que la vida iba en serio y uno lo empieza a comprender más tarde. No volveremos a ser jóvenes pero el impulso de la vida y del cine sigue ahí, con una forma nueva que vamos redescubriendo. While We’re Young es un film fundamental del cine americano actual y forma un dúo imprescindible con Frances Ha



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