Mañana más, Dinarsad

Dos cuestiones se me antojan tan viejas como el propio cinematógrafo. Una consiste en preguntarse cómo tratar sobre el presente, es decir, cómo plasmar en el cine el “aquí y ahora” e impregnar las imágenes de realidad. La otra, más “ontológica”, es la pregunta sobre cómo hacer cine ahora: llegados al punto presente, cómo hacer las cosas, qué películas rodar. La pregunta, grosso modo, que ha motivado las mil y una metamorfosis de la modernidad cinematográfica a lo largo del tiempo.

As mil e uma noites, de alguna manera, parte de ambos cuestionamientos. Miguel Gomes indaga cómo renovar/continuar/recuperar el aliento narrativo y poético del cine a la vez que ensaya una manera de realizar un film sobre el Portugal de hoy, el país de la crisis, la desigualdad creciente y el chantaje político de las instituciones internacionales. De hecho, una de las facetas cautivadoras de As mil e uma noites es que afronta el problema de realizar una forma de, digamos, “cine social” sin el discurseo, el paternalismo y el maniqueísmo reaccionario de tantos monstruos creados desde un sentido del compromiso muy mal entendido (ahorraré los ejemplos).

En Aquele querido mês de agosto o Tabu, Gomes ya partía de la tradición, de formas de contar historias profundamente arraigadas en nuestra cultura. Ahora, parte de un texto fundamental, Las mil y una noches, libro que es en sí mismo un documento sobre nuestro impulso esencial de explicar historias y extraer significados. Gomes no adapta el libro sino que adopta su estructura porque así es nuestro presente y así es el cine de nuestro tiempo: un entramado complejo en el que una historia conduce a la otra, como en el alambicado relato de Sherezade, que sólo se interrumpe en la frontera del alba para prometer nuevas aventuras la próxima noche al rey Shahriar y a su hermana Dinarsad. La pasión de ver -y de narrar- desafía las formas establecidas, las rutinas y las inercias.

As mil e uma noites es, de hecho, un tríptico formado por largometrajes de dos horas de duración cada uno en el que, como en el libro, un relato conduce al otro cambiando bruscamente de situación: de la historia de un forajido que malvive en las montañas a lo Caracremada al embrujo para acabar con los problemas de erección de los representantes de la “troika” y de gobierno portugués, etc. Gomes hace suya esa mezcla de humor, aventura, lección moral y dignificación de la experiencia humana que representan Las mil y una noches y otros textos fundamentales cuyas estructura e intención son parecidas: el Decamerón de Boccaccio, Los viajes de Gulliver de Swift, Los cuentos de Canterbury de Chaucer, El manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki…

Precisamente, tanto Las mil y una noches como los textos de Boccaccio y Chaucer fueron trasladados al cine por Pier Paolo Pasolini, de cuyo asesinato se cumplirá en noviembre el 40º aniversario. Al ver As mil e uma noites de Gomes, es fácil también pensar en el cine de Pasolini porque comparte algo de esa viveza contagiosa, esa luminosidad radiante de sus películas. El italiano y el portugués representan un cine apasionado, algo asilvestrado y poderosamente fértil en el que el regreso a los orígenes y la indagación de nuevas formas se convierten en una misma empresa. El cine, al fin y al cabo, acaba siendo un eterno redescubrimiento.

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