En el cuarto de Jean-Claude

Es un lujo escuchar a Jean-Claude Rousseau comentando De son appartement, como hicimos unos pocos el jueves pasado en el centro de arte contemporáneo Fabra i Coats de Barcelona. De hecho, es un lujo ver un film de Rousseau en Barcelona, aunque sea de 2007. De ese cineasta casi invisible por estas latitudes, me impresionan su inteligencia, su integridad y el apasionamiento con el que diserta sobre su cine.

“La imagen no representa”, explica Rousseau, “sino que es la presenciai. La imagen provoca nuestra imaginación”. Ése podría ser el principio motriz de De son appartement, que surgió de una sola imagen (el plano, recurrente en el film, de una esquina de su casa) y fue emergiendo espontáneamente, sin guion ni plan previo alguno. Rousseau parte de que “son las imágenes las que nos sacuden, no al revés”. Y los planos de detalle de De son appartement -la respiración del cineasta mientras lee sentado, la ventana entreabierta, el pasillo oscuro con un espejo al fondo…- cobran una viveza inusitada, como si cada uno de ellos contuviera el origen de la ficción, el fuego fatuo del cine.

Rousseau se filma a sí mismo recitando pasajes de Bérénice, la obra de Racine. Y, a partir del texto, según explica el realizador, quiere hace que la película trate sobre la ruptura, sobre la decadencia tras la separación. Se suceden las imágenes de objetos envejecidos y rotos (un grifo oxidado, una butaca desvencijada, un libro de hojas amarillentas, un radiocasete…) que nos invitan a pensar en la desolación del imperio de Tito tras la pérdida de Bérénice.

La decadencia, los espacios derrelictos: estamos en un territorio común a algunos filmes fundamentales de nuestro tiempo. Pienso, por ejemplo, en el cine de Pedro Costa, con el que Rousseau comparte un acento parecido (algunos planos de De son appartement parecen salidos de No quarto da Vanda, Juventude em marcha o Cavalo dinheiro) y la amistad y admiración por Jean-Marie Straub, a quien está dedicado el film. Y pienso en Stray Dogs (Tsai Ming-liang), donde también cada imagen parece suscitar la emergencia de la ficción entre las ruinas, cuando aparentemente ya no queda nada. Eso es, de hecho, lo que acontece en De son appartement: de los restos resultantes de la ruptura,del paisaje desolado de la decadencia, surgen imágenes que se reivindican como tales y nos devuelven el poder de la mirada. Nos devuelven, en fin, el cine.

iRousseau me recordó, al decir esto, una frase de Robert Bresson en una entrevista: “Le roman raconte, décrit. Le cinéma ne décrit pas les champs, les villes, un interieur. On y est”. (“La novela explica, describe. El cine no describe los campos, las ciudades, un interior. Estamos ahí”). Bresson par Bresson. Entretiens 1943-1983 rassamblés par Mylène Bresson. Paris (Flammarion), 2013, p. 48.

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