Bebop

A propósito de Before Midnight y la trilogía de Richard Linklater, decíamos que el cine es la historia de una pareja que se pasea, charla, se pelea… Jacques Doillon nos recuerda también que el cine es una pareja en pantalla, dos cuerpos moviéndose el uno alrededor del otro. Tal vez, el famoso plano de The Quiet Man en que John Wayne agarra de un brazo a Maureen O’Hara y la atrae hacía sí para abrazarla y besarla podría ser un buen punto de partida para Mes séances de lutte, un film sobre un hombre y una mujer que se entrelazan y se revuelven violentamente en el encuadre.

Por comparación con Before Sunrise / Sunset / Midnight, lo que hace Doillon está más cerca del bebop: una libre improvisación en la que la melodía se descompone; en este caso, el movimiento de la pareja se desdibuja, paradójicamente, buscándose a sí mismo de nuevo. Un camino lógico del cine hacia un tipo de abstracción, como lo es también el interminable paseo de la trilogía de Linklater: otro tipo de abstracción, radicalmente distinto, pero que, en conclusión, también nos lleva a un reencuentro.

Todo en Mes séances de lutte indica que los personajes se mueven hacia el pasado: hacia esa noche en que estuvieron a punto de tener relaciones carnales pero finalmente no las consumaron, hacia la presencia del padre recién fallecido, hacia la herencia de la que se habla todo el tiempo. Avanzar es volver. Y volver es doloroso. No hay un camino plácido hacia el reencuentro con el tiempo perdido. Hay que agredirse, batallar, dejarse el físico por el camino. Retomar el movimiento de Wayne y O’Hara en el film de John Ford y radicalizarlo, extenuarlo. Y, al final, se llega siempre a la verdad del amor: Mes séances de lutte acaba, como todos los filmes, con dos personas enamoradas una de la otra. La abstracción, en fin, no nos aleja del cine, sino que nos devuelve a su esencia por el camino de quienes hemos llegado ya al futuro.

***

Qué curioso, por cierto, que ese retorno doloroso sea también el asunto final de Mad Max: Fury Road. De hecho, podemos emparentar la película de George Miller con las de Linklater porque también consiste en extenuar las formas de lo clásico: el último Mad Max es una sucesión de persecuciones como las de sus predecesoras pero alargadas hasta lo absurdo, exageradas en todos sus aspectos, como si no quedara más que correr adelante con un impulso inextinguible. Y, al final de la escapada, los personajes no encontrarán otro paraíso perdido más que aquél del que partieron al principio. No podrán huir del dolor sino enfrentarse a él. Miller también abstrae su cine y lo lleva de nuevo a la esencia de lo que siempre fue.


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