Vive la Commune!

Previsiblemente, después de las elecciones del pasado 24 de mayo, los habitantes de Barcelona tendremos por primera vez una alcaldesa procedente de los movimientos vecinales y un gobierno municipal encabezado por fuerzas políticas situadas a la izquierda de la presunta socialdemocracia. Las expectativas son, en realidad, modestas, pues no están las cosas como para obrar milagros. Pero el cambio es harto llamativo y, al arriba firmante, el nombre de la coalición que ha ganado las elecciones (“Barcelona en Común”) le recuerda inevitablemente la reciente y cuidada edición de La Commune (Paris, 1871), de Peter Watkins, por parte de Intermedio.

En la Comuna de París, recreada en unos estudios cinematográficos austeramente ambientados, unos anacrónicos equipos de televisión siguen en directo los acontecimientos. Hay dos canales de televisión. Por una parte, los informativos oficiales, emitidos desde Versalles, ofrecen una visión aterradora y descaradamente sesgada de cuanto acontece en la capital. La televisión versallesca se caracteriza por pisar a duras penas el escenario de las noticias y por abusar de la opinión de comentaristas que denuestan invariablemente la insurrección. Por otro lado, dos intrépidos reporteros improvisan una televisión dentro de la comuna que informa siempre desde la calle, tomando continuamente declaraciones a los protagonistas de los acontecimientos: los responsables políticos de la Comuna, los ciudadanos que se manifiestan enardecidos, la soldadesca leal al pueblo, los burgueses atrapados en una revolución que no va con ellos…

Los reporteros desempeñan su tarea con un contagioso entusiasmo pero, a medida que pasan los días, se van enfrentando a contradicciones inesperadas: chocan la lealtad política a la Comuna y la lealtad, no menos política, a los principios de objetividad y pluralidad que deberían guiar su actividad periodística. No es tan sencilla la conquista de la verdad, ni el sentido del compromiso está desprovisto de ambigüedades. Ni en el ámbito de la información, ni en el ámbito del cinematógrafo.

La Commune no es un falso documental sobre los hechos de 1871 sino sobre la propia dificultad de dotar de una verdad cinematográfica a un film, sea o no documental. Voluntaria o involuntariamente, La Commune plantea una enmienda a la totalidad a ese cine del compromiso prefabricado e infalible (de Costa-Gavras a Fernando L. de Aranoa, vaya) que alecciona al espectador o le reconforta recordándole cuán de acuerdo estamos todos con nosotros mismos. Frente a eso, Watkins prefiere interpelar al espectador desde la primera secuencia haciendo visible el mecanismo del film, invitándole a compartir las cuitas de la pareja de reporteros que devienen los protagonistas no declarados de La Commune. No es un documental sobre el qué, sino sobre el cómo. Y no a pesar de eso sino gracias a eso, al ver la película, nos sorprende la viveza y la energía de sus secuencias, la rara verdad que transmiten esas entrevistas inventadas, esa puesta en escena indisimulada. En realidad, la falsificación acaba resultando ambigua porque, de las intervenciones de los actores, emergen cuestiones reales de la Francia de hoy, se habla de las grietas de la sociedad democrática y republicana que pertenecen a la vez a la Comuna de 1871 y al París de finales del siglo XX y principios del XXI.

Volviendo a la Barcelona de 2015, es obvio que el nuevo poder municipal deberá enfrentarse a los avatares reales y actuales de la televisión versallesca. De hecho, ya está siendo así, y la cosa irá a más. Habrá, pues, que salir a la calle, como los reporteros de Watkins, a indagar la verdad por otros medios, enfrentándose de cara a las contradicciones del propio acercamiento, del compromiso. No tengo ninguna duda de que, más allá de los medios informativos (no va de eso este texto, ni este blog), son y serán importantes las visiones de cineastas y creadores de diversa índole que escribirán, a su manera, las partes incompletas de un relato complejo sobre lo que somos y sobre lo que está pasando.

***

Quizás, de alguna manera, el cambio en el Ayuntamiento de Barcelona supone una tímida y parcial recuperación de un viejo espíritu sepultado bajo la losa de un estilo de ciudad poco, muy poco popular. Precisamente, cuando la urbe respiraba con otro aliento, Barcelona cobijaba a cineastas caracterizados por una actitud rupturista, traviesa y experimentadora, algunos de los cuales, hemos identificado con la etiqueta “Escola de Barcelona”. Vicente Aranda, que fue uno de ellos, nos acaba de dejar, precisamente, ahora.

El cine de Aranda tiene la virtud de gustarme y disgustarme a la vez. Sobre todo, valoro la valentía de practicar sin fatiga un particularísimo cine del petardismo: tosco, poco sutil, incluso feo, pero muy osado. Hay que saber leer sus filmes entre líneas para darse cuenta de que Aranda nos guiña el ojo, nos invita a ver más allá de lo evidente. Paulino Viota explica, en unas declaraciones que podemos oír en la recopilación de su obra que ha editado también Intermedio, que la modernidad consiste, grosso modo, en provocar un desfase entre forma y contenido para hacer evidente esa relación entre uno y otro y crear en el espectador la conciencia sobre el mecanismo, justo lo que no permite ver la famosa transparencia del cine clásico. Aranda practicaba ese desfase por una de las vías más radicales. Con mayor o menor acierto, según la ocasión, pero siempre con un insobornable sentido del compromiso que consiste también, como decíamos, en enfrentarse a las contradicciones de la representación a pecho descubierto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s