Imitación a la vida

Las barriadas con amplias mansiones en las que transcurre Une nouvelle amie no nos sitúan en la Francia de ahora, que es donde transcurre formalmente la historia, sino que nos remiten a los espacios de los grandes melodramas del cine americano, al escenario en el que transcurrían los filmes de Douglas Sirk en los años cincuenta. Como en el caso de tantos otros cineastas actuales, el cine de François Ozon siempre mira hacia atrás, a los referentes que conforman nuestro acervo cinéfilo, para hacer algún tipo de, digamos, comentario al respecto. Una vez más, el gesto inagotable de la modernidad.

En Une nouvelle amie (que parte, por cierto, de un texto de Ruth Rendell, fallecida hace unos días), la modernidad acontece en forma de transformismo y de necrofilia. El duelo por la amiga y amada perdida deviene un ritual subyugante, como en La Chambre verte de Truffaut. Y ese mismo proceso conduce a una metamorfosis liberadora. No se trata sólo del descubrimiento de la feminidad de David (Romain Duris) o de una cierta masculinidad de Claire (Anaïs Demoustier), o de la asunción, por parte de ambos, de un cierto grado de homosexualidad: es, en términos más generales, el paso a una rica ambigüedad en la que la seguridad anterior y los roles adquiridos se desdibujan irremediablemente. Qué más da homo o heterosexualidad, mono o poligamia; lo importante es aventurarse en lo desconocido, experimentar, como la protagonista de Jeune et jolie.

El cine de Ozon es siempre el relato de una transgresión moral y estética, la celebración de un cine de la ambigüedad que.transita los caminos conocidos para extraviarse deliberadamente. El melodrama es recreado en Une nouvelle amie para resucitarlo como guiñol, como fetiche, de la misma manera que Scottie reconstruye a Madeleine en Vertigo como si fuera un gólem al encontrarse con Judy. Grosso modo, como lo que hacen David y Claire con Laura, su amada perdida.

La inteligencia y la delicadeza con la que Ozon dialoga con, digamos, “el cine que arrastramos” (sea clásico o sea moderno, todo el cine que se acumula a nuestras espaldas) hacen de él un cineasta valioso, importante, fundamental en esa amplia ola de tributo y superación que recorre el cine actual, el francés y el de muchas otras procedencias. Quizás Ozon no haya dejado un largometraje de enorme peso en nuestro recuento sentimental porque escribe con un desparpajo que confundimos con modestia; no obstante, si observamos con distancia el conjunto de su obra, nos daremos cuenta de que el cine de hoy es Ozon.

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