Los fados no se bailan

Quizás, lo que hace tan conmovedor a un film como Las altas presiones es que Ángel Santos capta un sentimiento muy común en muchos de nosotros. Un sentimiento de ahora, un sentimiento del cine de ahora. Me refiero a esa combinación de melancolía y pasividad de quien ya lleva un ratito en el mundo y, después de todo, sigue sin saber qué hacer.

El diletante protagonista de Las altas presiones vuelve a los espacios de su pasado para hacer localizaciones sin un proyecto sólido de película a sus espaldas. Actúa con indolencia y recorre espacios que parecen no tener ya vida, ser sólo recuerdos. Algo parecido pasa con su vida sentimental: su búsqueda de la mujer es descreída y apática, como si le diera pereza entrar de nuevo en el juego y pasar por dificultades mil veces transitadas. El cine también ha agotado las mil formas de explicar que un chico conoce a una chica.

No obstante, él vuelve a salir a la búsqueda y nosotros volvemos a salir con él, con esa extraña mezcla de renuncia e inercia, de rendición y curiosidad. Ése es el sentimiento que con tanta precisión plasma Las altas presiones y así puede caracterizarse el cine de ahora, como algo que sigue adelante con descreimiento y acaba descubriendo algo en esa misma melancolía que arrastra. “Los fados no se bailan”, afea un personaje a otro en un bello momento del film; pero los enamorados bailan de todas maneras al compás de la canción. Así procedemos.

El plano final es en extremo significativo no solamente porque asistimos a la consecución final del amor sino porque supone, de alguna manera, el advenimiento del cine en Las altas presiones: ese boy meets girl que hemos orillado durante todo el metraje, acontece por fin. Llegamos de nuevo al cine, aunque sea divagando con incertidumbre. No es que resucite algo que estaba muerto, sino que llegamos a ello desde nuestros propios sentimientos de ahora.

Si Las altas presiones es un film sobre un regreso, Los exiliados románticos es un film sobre un viaje. Son dos películas muy diferentes pero guardan importantes concomitancias. Sobre todo, porque Ángel Santos y Jonás Trueba nos devuelven a la esencialidad de las cosas sencillas, a lo que siempre fue el cine: nada más que unos tipos que cherchent la femme y recorren espacios sin un propósito muy claro o concreto. Trueba usa un tono diferente al de Santos, por no decir opuesto: mas alegre, más apegado al optimismo de estar en el mundo y creer en la camaradería, como si leyéramos las primeras páginas de La educación sentimental (aunque, por cierto, el referente literario que cita explícitamente la película no es Flaubert sino los relatos de Natalia Ginzburg, cuyo tono es efectivamente cercano al del cine de Trueba). Y, aunque son diversos los temas que suscita la película, parece que el propósito principal de Los exiliados románticos sea finalmente filmar tres conversaciones, tres encuentros entre un hombre y una mujer. Dos relaciones se reconstruyen en los dos primeros encuentros pero es el tercero el más bello e importante: el relato inolvidable de un fracaso amoroso patético y glorioso a la vez, un emocionante homenaje a la osadía de la timidez, a la mezcla de grandeza y ridículo de un tipo que pasa un infierno al declarar un amor sincero, imposible, incontenible.

Decíamos que, tras Los exiliados románticos, subyacen múltiples cuestiones. Esa vieja furgoneta en la que viajan los protagonistas, ese encontrarse con la historia del exilio y de la inmigración española en Francia, esa querencia por el cine de la generación de los padres (Rohmer, Tanner…): Trueba está sabiendo dar con un cine filial que nos habla entre líneas, y con mucha ternura, de la transmisión del amor al cine de una generación a otra, de cómo se asienta el cine de los nuevos románticos sobre la herencia de quienes les precedieron. En Todas las canciones hablan de mí, Los ilusos y Los exiliados románticos, no hay conflicto generacional sino un bello tributo a un pasado que forma parte de lo que somos ahora.

***

Las altas presiones y Los exiliados románticos, por otra parte, invitan a un apunte final sobre algo que estamos viendo en el último cine español. En los filmes de Santos y Trueba hay un elemento que se encuentra de manera más evidente en los de Carlos Vermut (Diamond Flash, Magical Girl), en Edificio España (Víctor Moreno), en El futuro (Luis López Carrasco), Árboles (Los Hijos)… También en Sueñan los androides (Ion de Sosa), en Uranes (Chema García Ibarra), incluso en El muerto y ser feliz (Javier Rebollo) y otras. Me refiero a que los jóvenes realizadores de ahora están consolidando España como tema cinematográfico. Entiéndanme: no me refiero, ni mucho menos, a la articulación de un rancio nacionalismo. Ni esos cineastas son sospechosos en ese sentido, ni lo es el arriba firmante, Dios me libre. Lo que quiero decir es que un cine de vanguardia actual está dando sorprendentemente cobijo a un rico “discurso” (o, si se prefiere, a un espacio de reflexión), quizás inédito en el cine español, sobre qué es ahora España, qué pasa en este extraño lugar, cómo se descompone social y moralmente, cómo es su traumática relación con el pasado… Es un cine de lo que recordamos (a veces, de lo que añoramos) y de lo que vemos ante nosotros, un cine del futuro y del pasado a la vez. Y, en todos los casos citados, España no es nunca un tema central o explícito del film, sino que se encuentra de alguna manera entre líneas.

No es casualidad, por cierto, que algunos de esos cineastas transiten, aunque sea a su manera particular (como el primer Godard), géneros clásicos como la ciencia ficción o el western, o tópicos como la road movie. Al fin y al cabo, los géneros han sido siempre el código con el que el cine americano nos ha hablado de América. Como vemos en las películas de Jonás Trueba, el cine de los hijos bebe con mucho provecho de la fuente del cine de los padres.

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