Viaje al principio

Hay una imagen del cine de Manoel de Oliveira que acude con especial recurrencia a mi memoria. Me refiero a esos planos de Viagem ao princípio do mundo que nos muestran la carretera dejada atrás por el coche en el que viajan los protagonistas. Como si Oliveira hubiera querido filmar el contraplano de esa imagen habitual en algunas películas de Kiarostami, el plano subjetivo que muestra la visión del conductor mientras oímos su conversación con las personas que lo acompañan. En Kiarostami, asistimos al descubrimiento del mundo; en Oliveira, vemos el camino dejado atrás, descubrimos aquello que acumulamos a nuestras espaldas.

En realidad, el cine del portugués va en dos direcciones a la vez: hacia el futuro y hacia los orígenes. Oliveira siempre ha ido atrás, muy atrás, a las raíces culturales y, especialmente, literarias de nuestra cultura para descubrir de nuevo el cine. En sus películas, lo pasado es presente y la literatura es cine. Madame de La Fayette, Gustave Flaubert, Agustina Bessa-Luís, Paul Claudel o Samuel Becket son el cine.

O estranho caso de Angélica es otro de los filmes que parecen explicar la filosofía de su cine. El fotógrafo que es saludado por el retrato de una joven fallecida descubre la vida espectral de lo extinguido. La muerte es relativizada: lo muerto vive en las imágenes. “La única cosa verdadera es la memoria”, dice en Lisbon Story; “en el cine, la cámara puede fijar un momento, pero ese momento ya pasó, sólo traza un fantasma de ese momento”. La juventud del mundo vuelve a través del arte y todo cuanto yace bajo nuestros pies resurge con la vitalidad del primer día. Así es el cine de Oliveira, realizador cuya carrera ha desafiado significativamente el curso de la vida, pues su producción tomó ritmo a la edad a la que los trabajadores comunes se jubilan y se fue haciendo cada vez más ingente, más radical y más nueva hasta llegar a los 106 años.

En realidad, no se ha detenido ese flujo. De alguna manera, el cine de Oliveira comienza ahora. El cineasta que ha tenido la edad del cine ha muerto y ha nacido a la vez. Lo añoraremos a él, claro; su socarronería, sus entrevistas, sus charlotadas en las películas de Wim Wenders o Agnès Varda… Pero las películas de Oliveira son un mensaje de futuro. Vous n’avez encore rien vu.

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