Bellísimos

En Turist (o Force majeure), de Ruben Östlund, el conflicto se desencadena a partir de la secuencia en la que un alud parece caer sobre los protagonistas a los diez minutos de metraje, más o menos. No obstante, el breve intervalo de película que transcurre antes de ese momento sería suficiente para componer un inquietante cortometraje. En las imágenes de la aburguesada familia sueca que esquía en grupo y se hace fotos sonrientes frente a la silueta de los Alpes, se lee entre líneas algo turbio, se intuye una soterrada podredumbre moral y existencial.

Ése es el estilo visual del film: unas imágenes diáfanas, superficialmente límpidas, por debajo de las cuales transcurre una catástrofe callada. Turist nos explica la emergencia de ese mal latente que desestabiliza los pilares de la estructura social convencional.

Hay un cierto ingrediente político en el film, una pincelada que nos indica que estamos ante la crisis de una determinada clase social de la Europa de hoy. Se trata del punto de vista de ese trabajador de mantenimiento del hotel que observa en varias ocasiones los avatares de los protagonistas con gélida distancia. Me gustan los filmes que, como éste, introducen el elemento político tangencialmente, sin discurseo ni subrayados. Pero, sobre todo, me interesa la idea que asienta Turist sobre la crisis de las certezas o, más bien, de la comodidad moral sobre la que se apoyan las convenciones sociales y, también, las cinematográficas.

El cine avanza a base de rupturas, cuestionamientos que derriban las seguridades adquiridas. No hay géneros o formas asentadas que valgan, sino una inagotable inquietud que debe ser alimentada. Turist ni siquiera es un film capaz de cerrarse: la película parece acabarse al menos tres veces, en una sucesión de conclusiones que se enmiendan una a la otra y no permiten al espectador hacerse una idea definitiva sobre el destino de la familia protagonista. La imagen final acaba siendo un significativo plano de los turistas vagando por la carretera, en un recorrido incierto, que parece sacado de Le Charme discret de la bourgeoisie.

Si Turist parte de, digamos, una “imagen limpia” de la familia para enturbiarla, Le Meraviglie parece hacer el movimiento contrario. El clan de apicultores de Umbría que protagoniza el film de Alice Rohrwacher transmite una dinámica mucho más caótica y unas relaciones mucho más tempestuosas. No obstante, del aparente caos, surge una armonía inesperada, sentimientos sinceros y una identidad verdadera.

De hecho, fracasa el intento por fijar ese caos armónico en una torticera puesta en escena para la televisión. El film nos sitúa ante la contradicción entre imágenes cargadas de verdad e imágenes falsificadas. El intento por “espectacularizar” lo espontáneo es una falsa ensoñación, un fracaso moral y material. Y sólo triunfan quienes no tienen empacho en prostituir su identidad para amoldarse a una patraña institucionalizada. Le Meraviglie, que me recuerda en su primer tramo a Y aura-t-il de la neige à Noël? (Sandrine Veysset), guarda finalmente un cierto parentesco con la bellísima Bellissima de Visconti.

Turist y Le Meraviglie tratan sobre familias muy diferentes desde puntos de vista también muy diferentes. Sin embargo, la catástrofe latente que se desata en el film de Östlund y la armonía que emerge del caos en el de Rohrwacher son dos maneras de indicarnos que el cinematógrafo no es un dispositivo unidimensional sino un complejo sistema de apariencias que nos dejan ver a través de sus rendijas.

 

 

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