Un couple parfait

En un instante muy preciso de A Most Wanted Man (Anton Corbijn), Philip Seymour Hoffman pronuncia una frase, se queda quieto y en silencio durante un segundo aproximadamente, tira la ceniza de la punta de su cigarrillo con un golpecito del índice y, al instante, se gira pronunciando una nueva frase. Es sólo un detalle anecdótico y pasajero dentro del film y se puede encontrar un sinfín de momentos similares en películas de todas las épocas y procedencias, pero pensé al verlo que es un ejemplo inmejorable de cómo el trabajo de los comediantes se integra no ya en la puesta en escena sino en el ritmo del film. Con esa sucesión de gestos, Hoffman interviene decisivamente en el ritmo interno del plano, ergo de la secuencia. Los movimientos de los cuerpos que aparecen en la imagen forman parte también del montaje, puntúan el film igual que la duración y el encadenamiento de los planos.

Me atrevería a decir que la mayoría de los grandes cineastas han ejercido su dominio sobre esa faceta del ritmo cinematográfico que no se halla en la mesa de montaje sino en el trabajo con las personas que aportan su presencia a las imágenes. Y no tengo ninguna duda de que ésa ha sido una de las preocupaciones mayores del cine de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet. Sus filmes muestran una precisión obsesiva en el cuidado de cada mínimo detalle. Y esa impresión se confirma cuando uno se asoma a su método de trabajo en los varios filmes que documentan a la pareja en plena faena o disertando sobre el oficio del cine. Éditions Montparnasse, en el quinto volumen dedicado a la obra de Straub y Huillet, recoge siete piezas realizadas por Harun Farocki, Pedro Costa, Jean-Paul Toraille, Laura Vitali, Jean-Charles Fitoussi y Philippe Lafosse. Son seis largometrajes datados entre 1983 y 2010 y las seis bagatelas de Pedro Costa, a los que hay que sumar el cortometraje Toute révolution est un coup de dés de los Straub.

A través de esos filmes, los vemos realizando ensayos con los comediantes, faenando en los escenarios de rodaje, montando Sicilia! (en la maravillosa Où gît votre sourire enfoui?) y comentando su trabajo, su concepción del cine y, en general, el estado de las cosas. Straub y Huillet muestran un extremo celo en la precisión de cada inflexión de voz, de cada gesto, porque un matiz de décimas de segundo interviene en el sentido de la imagen. Y demuestran lo artificial que resulta la separación entre escritura, rodaje y montaje, pues esa “bella preocupación” por la exactitud de cada detalle recorre todas las fases de su trabajo de forma homogénea. Cito una vez más una frase de Erice que recuerdo a menudo: “en el cine, la verdad no se encuentra, se conquista”i. Por eso, para los Straub, cada fotograma requiere un arduo trabajo para dotarlo de esa verdad que buscan en sus imágenes. Straub y Huillet son, gusten más o menos sus películas, un ejemplo de integridad.

No es casual que unos cineastas como ellos se presten, con tan buena predisposición, a mostrar su método y dejarse filmar durante sus sesiones de trabajo. Porque, de alguna manera, hay una pulsión divulgativa y socializadora en su cine, en su discurso, en su manera de entender la puesta en escena. No sólo porque nos acercan a textos de Brecht, Pavese o Mallarmé, sino por lo que nos permiten reflexionar acerca del cinematógrafo al acercarlo a esos textos. De hecho, su cine podría reducirse a dos elementos: la puesta en escena y la palabra (su obra es, más que audiovisual, “verbovisual”). Tratando con cuidado exquisito ambos aspectos, Straub y Huillet nos ponen en contacto con la más esencial naturaleza de lo cinematográfico: cuerpos en movimiento y palabras, el punto de vista desde el que se registran y su duración en el tiempo. Ni más, ni menos.

Coda: en un conjunto de filmes lleno de hallazgos y momentos memorables, conmueve especialmente ese pasaje de Dites-moi quelque chose (Philippe Lafosse) en el que Straub elogia el mimo insuperable con el que trabajaba Huillet, fallecida en 2006. Quizás sea la frase más trillada de Antonio Gramsci ésa que dice: “cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas individuales”ii. En la obra revolucionaria de los Straub, se respira una íntima armonía entre el amor por los detalles y por los humanos. Y ésa es también la esencia del cine.

 

 

i Pronunciada en un acto de presentación de Un lugar en el cine, de Alberto Morais, cuya grabación se puede ver en los extras del DVD editado por Mare Films.

ii Gramsci, Antonio: Cartas a Yulca. Barcelona (Crítica), 1989. Pág. 61.

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