Elogio de la paja mental

En un momento clave ’71, de Yann Demange, un oficial británico decide que los soldados a su mando, que se preparan para una incierta incursión en un barrio católico de Belfast, lleven boinas sobre sus cabezas en lugar de cascos para afectar una actitud relativamente amistosa. Esa decisión acaba resultando fatídica, tal y como puede prever sin esfuerzo el espectador. Pero, además, ¿cómo no pensar en la comentadísima Ciutat morta (Xavier Artigas y Xapo Ortega), donde todo parte de una maceta arrojada sobre un policía que tampoco llevaba casco mientras participaba en una delicada operación en la Barcelona del siglo XXI? A su vez, ese percance y las imágenes que lo documentan remiten inevitablemente a otro momento clave de un film de ficción: en la más famosa versión de Ben-Hur (William Wyler, 1959), un gobernador romano resulta malherido por un percance muy parecido al de Ciutat morta, hecho que determina todo el devenir posterior del protagonista.

Son tres momentos concomitantes pero diferentes entre sí. En Ben-Hur, el accidente es puesto en escena con el contrastado oficio que caracteriza a Wyler, al Hollywood de los años cincuenta, al cine americano de siempre. En Ciutat morta, vemos la precaria captación documental de un acontecimiento real. Es una imagen típica de nuestra era: grabada desde un dispositivo doméstico como los que llevamos todos en el bolsillo, sin oficio cinematográfico ni periodístico, sólo con la inmediatez y agilidad de esas mil grabaciones que inundan internet. Y en la escena de ’71, volvemos a ver una puesta en escena pero con un acento muy diferente al de Ben-Hur que imita el estilo documental, como si viéramos un reportaje; basta, no obstante, con fijarse un poco en los detalles para notar la precisión en la filmación y el montaje propia del cine “de ficción”.

Quizás no tendría mucho sentido comparar esos tres momentos entre sí porque cada uno de ellos parte de una idea o actitud diferente sobre el hecho de filmar, montar y mostrar. Pero sí es relevante notar que, aunque sólo uno de ellos corresponde a un “hecho real”, los tres contienen una cierta verdad, la verdad moral de las imágenes, preocupación mayor de tantos cineastas en todas las metamorfosis de la modernidad cinematográfica. Y, además, no debemos rehuir el hecho de que una imagen remita a la otra. Que, a pesar de su diferente naturaleza, exista ese parentesco que se establece en la memoria del espectador.

De hecho, es allí donde acontece el cine (moderno), en la mente de quien afronta las imágenes desde un amplio acervo acumulado. Lo que los cinéfilos de tipo fetichista y mortuorio denunciarían como pajas mentales -lo digo por experiencia- es precisamente lo que mantiene la inagotable vitalidad del oficio de hacer, ver y comentar películas: las asociaciones libres, los contactos inesperados, los diálogos subterráneos entre imágenes, el inmenso campo abierto que, por suerte, nunca acabaremos de cartografiar.

Hay una cierta verdad en el cine “clásico” que representa tardíamente Ben-Hur; hay una cierta verdad en esos nuevos vericuetos digitales que, como afirma con entusiasmo Carlo Padial, lo están revolucionando todo; y hay una cierta verdad en un film como ’71 que, además de buscar un tono pseudodocumental en algunas escenas, se apoya en la herencia de los años setenta y del cine de esa década, una referencia harto recurrente en muchos filmes actuales. De hecho, las reminiscencias de la década del Watergate están presentes en muchos de los thrillers más estimulantes de los últimos años, como son los filmes de Anton Corbijn (The American, A Most Wanted Man), los de David Michôd (Animal Kingdom, The Rover), en Cold in July de Jim Mickle, en Blue Ruin de Jeremy Saulnier… Incluso en ese cuidado film noir español tan de moda que practican Enrique Urbizu, Daniel Monzón o Alberto Rodríguez: a ratos, las imágenes de ’71 recuerdan a las de La isla mínima, un film algo más acartonado que el de Demange pero similar en algunos aspectos.

Podemos incluso fabular que esa presencia en el cine de ahora de la época comprendida entre el mayo francés y el repliegue conservador de los ochenta nos indica que hay también algún tipo de similitud entre esos años y nuestro presente, dos épocas de ambiguo descreimiento. Sea una paja mental o sea algo que nos comunican entre líneas las imágenes.

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