Sin techo ni ley

Llewyn Davis, en la película de los hermanos Coen, vagabundea buscando cada día un lugar donde dormir a la vez que va tropezando con obstáculos insalvables en su carrera musical. Frances Ha(lladay), en el film de Noah Baumbach, también busca un hogar estable durante todo el metraje mientras afronta los golpes y dardos de la insultante fortuna en su vida profesional y amorosa. Y los protagonistas de Love is Strange, el nuevo largometraje de Ira Sachs, se encuentran de repente sin casa y en una precaria situación vital; pero deben hacer frente a las nuevas dificultades, al contrario que Llewyn y Frances, en plena edad madura, cuando ya acarrean una larga experiencia vital y treinta años de relación a sus espaldas.

Huelga decir que, en esas muestras del cine americano actual, se entrevé la dichosa inestabilidad que caracteriza nuestros tiempos, en los que los ritmos que impone la tecnología y las tendencias ideológicas del momento han hecho que todo sea desechable y provisional; incluso el infausto primer ministro de Italia, un mequetrefe de centro-centro-izquierda (como diría Moretti), se llena la boca proclamando que el trabajo para toda la vida es cosa del pasado… Es obvio que eso está ahí. Pero los Coen, Baumbach y Sachs nos están hablando también de una determinada actitud ante el cine hoy en día.

El oficio del cine se ha impregnado también de inestabilidad. No sólo por las características de la industria hollywoodiense u otros condicionantes prácticos, sino también por esa “fatiga de los materiales” que parecen acusar los cimientos formales del cine. No sólo parecen agotadas las historias, el cine de género, las certezas más asentadas, sino también el aliento de la modernidad, la vocación por volver a observarlo todo desde una nueva distancia. El postcine se abre como un vastísimo campo que provoca agorafobia. Tal vez sea el impacto de la era internet, en la que los espectadores tenemos una relación diferente con las imágenes debido a la profusión e inmediatez con la que accedemos (aparentemente) a todo; o quizás sea simplemente un punto en el camino en el que es inevitable desorientarse y avanzar al tuntún. Hemos abandonado la casa del cine, o la casa del cine se ha convertido en un lugar incierto.

Por eso, un espíritu explorador e inquieto parece impregnar la narración de Love is Strange y de Keep the Lights on, el anterior largometraje de Sachs. El nervio y el sinuoso uso de las elipsis de ambas películas transmiten una sensación de urgencia y me recuerdan a un tipo de prosa en el que el ritmo contagioso de los acontecimientos marca la cadencia de las emociones. Sachs parece encontrar, como otros cineastas americanos de hoy, una parte de su inspiración en cierto cine vivísimo de los años sesenta y setenta: la ternura y la belleza con la que Sachs filma a sus personajes y a la ciudad de Nueva York nos hace pensar en las películas de John Cassavetes o en otros referentes como el Woody Allen de Manhattan o el cine trepidante de Jonas Mekas.

Precisamente, Cassavetes y, en concreto, The Killing of a Chinese Bookie, son referencias citadas por Carlo Padial a propósito de Mi loco Erasmus, su primer largometraje, que acaba de ser editado en DVD por Cameo[i]. El film trata sobre los problemas prácticos que supone hacer una película con atrevidos planteamientos y medios precarios pero, en realidad, nos habla de la incertidumbre de afrontar el hecho cinematográfico ahora. Y, en Taller Capuchoc, su siguiente realización, Padial reincide en la figura del autor apabullado por las dificultades; el protagonista del film (Miguel Noguera) me recuerda mucho a Llewyn Davis. Subrayemos, además, que Taller Capuchoc es un film multiforme cuyo montaje es modificado para cada proyección, rebelándose tozudamente contra el concepto de obra acabada. Padial, pues, desde latitudes muy alejadas de Sachs, Baumbach o los Coen, plantea inquietudes semejantes y transmite un parecido apasionamiento por el acto de hacer cine.

Tirar adelante afrontando incontables vicisitudes y un enorme dolor; así avanzan, a trompicones, las historias de amor de Keep the Lights on y Love is Strange, que no pueden tener otro destino más que su extinción anunciada, ineluctable, como en las películas de Philippe Garrel o Maurice Pialat, dos referentes que Sachs tiene muy presentes[ii]. No obstante, a pesar de todo, el recorrido es apasionante y está lleno de esplendor. En un film tan lleno de bellos momentos como es Love is Strange, brilla con luz propia la secuencia final, un puñado de planos que nos muestran a dos adolescentes, en pleno nacimiento del amor, avanzando sobre sus monopatines por una calle tranquila de Nueva York hacia un sol vespertino que recorta sus figuras. Una imagen que resume el espíritu del film, del cine de Sachs y, en buena medida, del cine de nuestro tiempo.

 

 

[i] Encontrarán la alusión a The Killing of a Chinese Bookie en el muy recomendable audiocomentario de la película que incluye la edición de Cameo.

[ii] Léase, a este respecto, la entrevista a Ira Sachs en el número 32 (noviembre) de Caimán. Cuardernos de cine. Por cierto: en mi momento favorito de Mi loco Erasmus, el protagonista, Dídac Alcántara, mantiene una conversación tan larga como imposible con su abuela, un momento de total incomunicación que parece el reverso irónico de Numéro zéro, de Jean Eustache. Quizás haya dejado una honda huella en el cine de ahora la generación posterior a la Nouvelle Vague, es decir, la melancolía y orfandad que transmiten los filmes de Garrel, Pialat y Eustache.

 

 

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