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Hace unos días, en un acto público en Bellaterra, oí comentar a Sebastião Salgado su trabajo con poblaciones indígenas a lo largo del mundo, parte fundamental del reportaje Génesis, que se exhibe actualmente en el Caixafòrum de Barcelona. El fotógrafo mineiro comentó cuánto le asombraba reconocer, en las prácticas de esas personas que viven como nuestros ancestros prehistóricos, preocupaciones comunes y soluciones parecidas a las de quienes vivimos en la sedicente civilización. Que, por ejemplo, un tipo manipulando las plumas de su flecha para cazar con precisión supuso para él “una clase magistral de balística”. Salgado subrayó que somos el resultado de un conocimiento acumulado durante 40.000 años.

De hecho, el reportaje que ahora se exhibe en Barcelona parte de la premisa de fotografiar lugares y criaturas que tienen aún el mismo aspecto que en los días legendarios del Génesis, es decir, la naturaleza virgen y las personas que aún viven como en lo que consideramos los tiempos de nuestros orígenes. Eso debería invitarnos a reflexionar sobre su propio viaje: al fotografiar esos animales en su hábitat, esas vegetaciones exuberantes y esos pueblos que habitan en la selva o en el ártico, es el propio Salgado quien nos permite acceder a un ejercicio con 40.000 años de antigüedad que no es otro que la observación de la naturaleza. No hay nada espontáneo o mágico en el gesto que hace él al disparar su cámara, pues también su mirada es el producto de milenios de conocimiento y de una fascinación común entre los hombres del paleolítico y nosotros mismos.

Recuerdo ese momento de Les Glaneurs et la glaneuse, de Agnès Varda[1], en que la cineasta filmaba uno de sus pulgares en primer término y los vehículos que pasaban por la autopista en segundo término, comentando que, por el efecto de la perspectiva, su dedo parecía más grande que los camiones. Es una evocación falsamente ingenua de esa fascinación a la que me refería y que todos hemos experimentado en nuestra infancia (y después). ¿No se quedaban ustedes, cuando eran pequeños, embobados mirando cómo se cuela la luz a través de los dedos al poner la mano frente a los ojos, cómo se deforman los objetos alrededor del fuego de una hoguera o cómo se convierten en contornos uniformemente grisáceos las cosas situadas sobre la línea del horizonte? Creo que ése es el germen de las fotografías de Salgado.

En la escena más interesante de The Salt of the Earth, el largometraje sobre Salgado que firman su hijo Juliano Ribeiro Salgado y Wim Wenders, el fotógrafo comenta que no quiere tomar imágenes de un oso polar que se encuentra a escasos metros porque el fondo no le ofrece la posibilidad de componer una imagen poderosa, de “embellecer el cuadro”, según las palabras que él mismo utiliza. Lo interesante del film es, efectivamente, la confluencia entre Salgado y Wenders por ser ambos, cada uno a su manera y en su propio oficio, personas muy atentas a la composición de la imagen. No todas las películas del alemán están cuidadas con la misma finura pero, en general, en muchas de ellas es admirable la armonía y la destreza de sus encuadres. Además, Wenders ha realizado algunas películas con una exquisita fotografía en blanco y negro (obra a menudo de Robby Müller), de la misma manera que Salgado ha optado siempre, o al menos en lo más conocido de su obra, por la imagen sin color. Wenders y Salgado, en fin, crean imágenes con un acento parecido.

Por lo demás, The Salt of the Earth es una película decepcionante. El primer tramo del metraje es más estimulante, cuando Wenders parece conducirnos hacia un cierto extravío siguiendo los pasos del fotógrafo aventurero, como si nos acercáramos al cine de su colega Werner Herzog. Pero, más adelante, la evocación del trayecto personal de Salgado y la exaltación de sus valores acaban resultando cada vez más convencionales y gazmoñas. De hecho, es bastante común, en la filmografía de Wenders, que sus filmes se echen a perder por una suerte de ingenuidad que le lleva a ser demasiado esquemático o simplemente pesado. No obstante, la ingenuidad es, al mismo tiempo, uno de los mejores ingredientes de su cine: esa ingenuidad que le lleva a filmar la naturaleza con genuina devoción por el artefacto cinematográfico, y a recorrer los espacios reales y simbólicos del cine americano con una mezcla de tributo y superación tan característica del cine de nuestro tiempo “postcinematográfico”. Wenders afronta su práctica como cineasta con una profunda conciencia de que el oficio arrastra un largo conocimiento acumulado: los cien años que nos separan de los hermanos Lumière y de Georges Méliès, y los cuarenta milenos que nos distancian de quienes ya comparaban la enormidad de sus pulgares con la pequeñez de las montañas en la noche de los tiempos. El cine nos permite también observar con fascinación el mundo tal y como es desde los días del Génesis.

 

[1] Varda y su difunto esposo, Jacques Demy, son objeto de una retrospectiva parcial que se está exhibiendo estos días en la Filmoteca de Barcelona.

 

 

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