España o el lagarto negro

Carlos Vermut se ha quedado con la peña dos veces: primero, porque Diamond Flash era como era, y después, porque Magical Girl no es como Diamond Flash. De hecho, el propio título de su segundo largometraje parecía sugerir algún tipo de continuidad temática con el primero, como si esa anunciada chica mágica debiera guardar algún parentesco con el protagonista in absentia de Diamond Flash. Pues bien, Magical Girl continúa Diamond Flash en muchos sentidos pero sorprende por ser, aparentemente, menos radical. Las fugas constantes de la narración parecen domesticadas de repente; esa estructura llena de presuntas conexiones entre historias y personajes que no se concretaban finalmente da paso a un esquema más asequible, reconocible en muchas otras películas de hoy en día, en el que las piezas acaban encajando con armonía. Aunque abunden de nuevo las elipsis, harto significativas, como la que nos ahorra penetrar con la protagonista en la habitación del lagarto negro.

Pero, ¿es realmente así? ¿No será, más bien, que el misterio que barnizaba Diamond Flash ha pasado en Magical Girl a situarse entre líneas, en el espacio de lo invisible? Para ser exactos, digamos que el misterio se hace visible en las secuencias que abren y cierran el film, ese momento de magia o prestidigitación repetido al principio y al final de la historia, rodeando el resto de lo que vemos. En medio, el misterio está también en esa pieza de puzle que es encontrada por un personaje y perdida por otro, mucho más adelante en el metraje, otra pincelada que coloca el film al borde de lo inexplicable, en el justo límite en el que quiere situarse Vermut.

Cuando este cronista vio Diamond Flash, disfrutó de su valentía formal pero sintió también un cierto tedio por algo que recorría sus meandros, una necesidad de alarde que recordaba mucho, muchísimo al Tarantino de Pulp Fiction a pesar de que Vermut fuera mucho más allá en todos los sentidos: en la complejidad narrativa, en la mezcla de cultura popular y sofisticado acerbo cinematográfico, en la insobornable filmación de larguísimos diálogos y planos-secuencia… De alguna manera, a pesar de su brillantez (nunca mejor dicho), a Diamond Flash se le veía parte de la carpintería, cosa que la hacía más tibia de lo que parecía en un principio. Y, dicho sea de paso, me pareció más certera, espontánea y excitante Los pasos dobles, de Isaki Lacuesta, que también es del 2011 y que parte de referentes muy diferentes pero ensaya una forma de cine no muy distante de Diamond Flash.

Por contraste, Magical Girl resulta un film más depurado, más sólido. No quiero decir, ni mucho menos, que Vermut haya mejorado por haber moderado esas fugas narrativas tan vistosas, por hacerse más conservador: más bien pienso que el cineasta ha dialogado inteligentemente con su primera película y ha penetrado en el misterio con un nuevo acento más sutil, incluso más radical a pesar de que aparente lo contrario. En cualquier caso, ambos largometrajes se enriquecen el uno al otro y conforman una feliz experiencia más allá del cine, en esas nuevas tierras incógnitas que exploran muchos de los mejores filmes de ahora.

El misterio en Magical Girl, decíamos, está entre líneas y está, sobre todo, en las pulsiones morales de los personajes. Relaciones de dominación, infancias no superadas, disfunciones emocionales, traumas, complejos, problemas comunicativos, contradicciones y debilidades de diversa índole marcan a los personajes del film, que no permiten al espectador entablar relaciones de empatía sin más. En paralelo, subyace de nuevo, como en Diamond Flash, la cuestión de la representación cinematográfica de la España de hoy; más aún, el abordaje de España como gran tema, nada menos. Ésa es una de las claves del cine de Vermut: que nos habla y no nos habla del asunto, sabe mantenerse en una calculada ambigüedad que hace sus películas más abstractas, más estimulantes, más ricas. Y puede abordar temas mayúsculos sin engolar en absoluto la voz, con los humildes mimbres de una trama que es casi un thriller sin serlo y que bordea lo fantástico sin adentrarse en ello. Tal vez quedará Magical Girl como, entre otras cosas, un valioso documento de nuestro tiempo, de esta España en crisis que, como los personajes de Vermut, se debate entre contradictorias pulsiones morales.

 

 

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