Falstaff en América

Para mí no hay redención posible”, reflexiona en voz alta Dévéreaux en una escena clave de Welcome to New York, quizás la más bella del film. Abel Ferrara, cineasta de manifiestas raíces cristianas, nos habla con acritud de la condena de la civilización en sus dos últimos filmes. 4:44 Last Day on Earth fabulaba el advenimiento cercano del fin del mundo, una catástrofe natural anunciada que llegaba como la culminación de los excesos orgiásticos de la sociedad actual, o quizás del capitalismo norteamericano. Y Welcome to New York se basa libremente en los hechos reales que provocaron el derrumbe de la imagen pública y de la carrera política de Dominique Strauss-Kahn, director del Fondo Monetario Internacional y prematuro aspirante a la presidencia de la república francesa.

DSK -acrónimo que usa la prensa francesa para referirse a él- fue detenido y acusado de abuso sexual en Nueva York. El tribunal le absolvió de sus cargos pero no tuvo más remedio que quitarse de en medio, cediendo la dirección del FMI a su compatriota Christine Lagarde y la candidatura electoral a François Hollande, actual presidente de Francia. El caso dejó un regusto amargo al quedar abiertas dos posibilidades inquietantes: que una violación hubiera quedado impune o que, en sentido contrario, hubiera triunfado una conspiración contra el mandatario. Además, el affaire dio publicidad a la vida licenciosa de DSK e incluso hizo aflorar otro posible episodio de abuso sexual acontecido años atrás.

Ferrara representa a Dévéreaux, sosias de DSK, como un grotesco Falstaff del siglo XXI de irrefrenable procacidad. Gérard Depardieu, una extraordinaria elección, encarna al personaje dotándolo de una presencia impactante y repulsiva, un sátrapa que devora carne de cerdo en la mesa y gruñe en la cama cuando fornica con meretrices en un estado de viciosa exaltación. Seguro que Orson Welles, que encarnó a Falstaff en su propio film Chimes at Midnight, habría dotado de tanta malignidad a la presencia de Dévéreaux en la pantalla. Pero es Depardieu quien nos ofrece un Dévéreaux enfermizo, frágil, cruel, repugnante, muy cercano en algunos aspectos al personaje de Harvey Keitel en Bad Lieutenant.

En el monólogo al que aludíamos al principio, Dévéreaux diserta sobre el derrumbe de los ideales observando las luces nocturnas de Nueva York. Concretamente, divaga sobre cómo sus ilusiones de juventud acerca de la redistribución de la riqueza y el fin de las desigualdades se han desvanecido en la espuma de los días. Es consciente de haberse convertido en un monstruo condenado a las llamas del infierno. “Has logrado que llegue a odiarme”, le espeta a su esposa en otra secuencia, casi al final del film. Como si fuera una suerte de retrato de Dorian Gray de todos nosotros, su cuerpo hipertrofiado y sus vicios incontrolables son la materialización de esa condena que en 4:44 Last Day on Earth conducía la civilización al Apocalipsis.

No pasemos por alto la sucesión de imágenes que abre Welcome to New York, de la estatua ecuestre de Napoléon Bonaparte en París al monumento a Abraham Lincoln en Washington. Quizás esta historia ha atraído a Ferrara porque, entre otros motivos, confluyen en ella Francia y los Estados Unidos, la miseria moral de un aspirante a presidente de la república tan rico como depravado y la hipocresía de un país que convierte la justicia en una puesta en escena: el detenido es exhibido impúdicamente antes de ser declarado culpable o inocente; luego, el crimen queda impune. Todo mal: se aplica una especie de condena pública a destiempo y luego, a la hora de la verdad, se desatiende la aplicación de la justicia (recordemos que, así como no podemos saber a ciencia cierta lo que hizo o no hizo DSK en la realidad, Dévéreaux es visiblemente culpable en el film). Los países de las revoluciones del siglo XVIII, precursores de la democracia moderna a ambas orillas del Atlántico, rebajados a la más repulsiva degradación. Fijémonos también en la punzante presencia de la lucha de clases a lo largo de toda la película, así como de su componente descaradamente racial.

En otro momento significativo, Dévéreaux se divierte durante su arresto domiciliario viendo Domicile conjugal, cuarto episodio de la serie de filmes que François Truffaut dedicó al personaje de Antoine Doinel. Concretamente, vemos el momento en que Jean-Pierre Léaud vuelve a casa y se encuentra a su esposa disfrazada de japonesa para anunciarle que conoce sus infidelidades. Ferrara contrasta esas imágenes con las de su propio film: la luminosa vitalidad del cine de Truffaut y de la Nouvelle Vague frente al sombrío decadentismo de Welcome to New York, como si el adúltero Doinel se hubiera deformado hasta convertirse en la grotesca figura de Dévéreaux.

El film, de hecho, acaba también con una mirada de sorpresa de su protagonista, como la de Doinel al verse descubierto: en la secuencia final, después de esbozar un flirteo con la asistenta en la casa de su arresto neoyorquino, Dévéreaux mira a cámara constatando, con enfado, que de nuevo ha sido pillado en falta por el ojo público. Ese plano final nos da una cierta idea sobre el cine de Ferrara, que quiere ofrecernos la imagen, incómoda y decadente, de la podredumbre de nuestro tiempo. Y lo hace, por cierto, mediante dos elementos que vale la pena destacar. En primer lugar, una relación muy estrecha con la realidad. No sólo por el origen de Welcome to New York en el affaire de DSK, sino por la propia figura de Depardieu, apátrida acosado por diversas polémicas de índole sexual y económica; la película, antes de los créditos, arranca con un genial prólogo en el que el actor explica, en una rueda de prensa, por qué ha decidido encarnar a Dévéreaux. En segundo lugar, otro gancho para Ferrara es sin duda que la historia transcurra en su Yoknapatawpha particular, la ciudad que figura en el título del film, escenario y elemento capital de toda su obra.

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