La huella ‘coppoliana’

Imaginemos que, a lo Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo, pudiéramos meternos en una secuencia de la segunda parte de El padrino, concretamente en alguna de las que narran la juventud de Vito Corleone en el Nueva York de los años veinte. Y que, una vez ahí, recorriéramos las calles de la ciudad bañadas por la atmósfera característica de la película (la fotografía de Gordon Willis, la cuidada ambientación, esa música arrebatada y evocadora…) y trabáramos conocimiento de otros personajes y otras historias que transcurrían ahí, al mismo tiempo que la acción de la película de Francis F. Coppola pero fuera de campo. Ésa parece ser la inspiración de The Immigrant, largometraje de quien tal vez sea el más destacado discípulo de Coppola del cine americano actual, James Gray.

La palabra discípulo, no obstante, resulta limitativa o inexacta. Es tan evidente el tributo que rinden las imágenes de Gray al cine coppoliano que toda su obra podría considerarse una monumental glosa a la obra del director de Apocalypse Now y a la huella que ha dejado. Es común establecer paralelismos entre los géneros o registros literarios y los cinematográficos -fácilmente se observan rasgos narrativos, poéticos o ensayísticos en las películas- pero quizás hayamos desatendido una rica faceta del cine, especialmente del actual: realizadores como Gray pueden ser considerados glosadores más que cualquier otra cosa. Y sus películas me hacen pensar en felices experiencias como los comentarios de Borges a los textos de otros, de Las mil y una noches a Ulises, textos extraordinarios que, a la vez, agrandan los clásicos glosados y componen una parte capital de la obra borgiana. El argentino acude a las raíces de su acervo literario y dialoga con ellas; Gray hace lo mismo con el cine que carga a sus espaldas, especialmente ese raro esplendor de los años setenta, cuando pareció fermentar una fuerte transición del Hollywood clásico a un nuevo Hollywood. Un periodo al que apelan directa o indirectamente muchos filmes norteamericanos recientes, de Zodiac a American Hustle, de Paul a The Squid and the Whale

El primer plano de The Immigrant no puede ser más elocuente: vemos la Estatua de la Libertad por detrás, dando la espalda al espectador y a la protagonista. Entendemos al instante que vamos a asistir a una historia sobre la turbiedad del sueño americano y, a la vez, la estatua de espaldas nos indica que veremos el reverso de las imágenes mil veces recorridas. Como si, efectivamente, nos coláramos en el interior del mundo cinematográfico del nuevo Hollywood de los setenta, de Coppola, de El padrino.

Así pues, durante todo el film, transcurren en paralelo un agrio comentario a la podredumbre de los cimientos de la nación y la moral estadounidenses y una revisitación de la obra coppoliana que mimetiza sus rasgos operísticos y monumentales para volver a recorrer esos territorios desde el punto de vista de la América de Obama. Me ha llamado la atención el parecido entre la escena en que Ewa (Marion Cotillard) es humillantemente interrogada acerca de su experiencia como inmigrante sobre el escenario y la secuencia final de Hermosa juventud (Jaime Rosales), un film en apariencia tan alejado del de Gray. Puede que ambos, en parte, nos estén hablando de un mismo desencanto, de una misma crisis.

Como en todas las películas de su realizador, The Immigrant no se queda sólo en una crítica a la aniquilación de la dignidad humana que comporta el capitalismo y sus valores, el verdadero y perturbador rostro del sueño americano (cuestión, por cierto, presente en las dos últimas y fundamentales películas de Paul Thomas Anderson, There Will Be Blood y The Master). Como en Little Odessa, The Yards, We Own the Night y Two Lovers, Gray nos explica una nueva historia de dualidad moral donde el bien y el mal se entremezclan y los protagonistas dudan dolorosamente entre dos caminos alternativos, entre dos pasiones, entre la condena y la redención. De hecho, la parábola de la oveja descarriada, que es citada en la película, es uno de los temas favoritos del director.

La imagen que cierra The Immigrant es también harto significativa, pues no sólo muestra el doble destino de los personajes sino también el doble valor del sueño y del cine americanos. Hemos visto su podredumbre interior, el reverso turbio, pero en el corazón del pecado reside también la inocencia redentora. Gray cree en la vida de las imágenes cinematográficas, en la belleza conmovedora de los filmes de Coppola. De hecho, él es tal vez, junto a Terrence Malick, el cineasta actual que más fino sentido tiene de una cierta belleza épica que pareció perderse hace treinta años con los filmes más portentosos de Coppola o Michael Cimino. Gray rinde tributo a ese cine con un contagioso apasionamiento. Y la elegante grandeza y suma sensibilidad de sus secuencias acaba resultando un caso único en el cine de hoy, algo que pone la piel de gallina porque apela a recuerdos y sensaciones de un cine que tuvo un protagonismo especial en la educación sentimental de muchos cinéfilos.

Habitamos en el desencanto del 2014, más allá de toda modernidad, pero sigue habiendo una poderosa verdad en el cine que acarreamos en nuestra memoria y que vuelve en cada plano que vemos. Y algo parecido nos dice Gray sobre el sueño americano, el gran mito nacional, una enorme superchería cuya única verdad, a pesar de todo, reside de alguna manera en el corazón de sus condenados y desheredados.

 

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3 thoughts on “La huella ‘coppoliana’

  1. SBP julio 18, PM / 7:14 pm

    T’he afegit a les meves llistes. Així segur que et segueixo. Big hug baby boy!
    (mum)

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