El amor a los veinte años

Jaime Rosales ha hablado de “nuevo comienzo” a propósito de su último largometraje, Hermosa juventud. La diferencia entre ésa y el resto de sus películas residiría, entre otras cosas, en la ausencia de la muerte y de los quicios y pasadizos que conectaban lo cotidiano con lo trascendental. Hay, no obstante, factores de continuidad entre Hermosa juventud y la filmografía anterior de Rosales, ingredientes comunes entre los que destacaría el hecho de que el film se ocupa mucho más de las personas, de los personajes, que de la trama. Como en Las horas del día, La soledad, Tiro en la cabeza y Sueño y silencio, la atención se centra en la aventura del alma humana más allá de los elementos de cine de género o los temas que recorren esos filmes.

Las horas del día no es un thriller protagonizado por un asesino psicopático aunque la trama parezca sugerirlo, ni Tiro en la cabeza va sobre ETA o sobre el terrorismo pese a que se base libremente en hechos reales relacionados con esas cuestiones. Respecto a La soledad y Sueño y silencio, podríamos decir que no son dramas convencionales sobre avatares familiares y relaciones humanas aunque ésa sea su argamasa, ni la segunda de ellas es una película de fantasmas. En el cine de Rosales, todo eso queda superado para intentar una exploración profunda de la experiencia de existir, un acercamiento a nuestros sueños y silencios. Hay, en ese sentido, momentos elocuentes: la terrorista que se queda sola en su casa, después de la reunión con sus amigos; seres heridos enfrentándose a la soledad en imágenes que ocupan la mitad de la pantalla, confrontadas con otras que muestran similitudes y diferencias; etcétera.

Por comparación, parece que Hermosa juventud suponga el acceso de Rosales a un cine definitivamente de tema; más aún, a un cine de tema social a lo Ken Loach. El asunto del film no deja lugar a dudas: veinteañeros de clase trabajadora de la España de hoy enfrentados a una crisis insondable que mina por completo sus expectativas vitales. No seré yo quien niegue que Hermosa juventud es eso; pero no pienso que sea solamente eso.

Es llamativo que la trama esté sembrada de lugares comunes: la historia de una pareja de chicos de extracto social modesto que no estudian y apenas trabajan, que atraviesan situaciones familiares delicadas (madres enfermas, matrimonios rotos, medios precarios de subsistencia, conflictos generacionales…), que responden al perfecto estereotipo del joven poligonero de la España urbana del 2014, que se enfrentan a un embarazo no deseado y que, desesperados, buscan formas extremas de salir adelante como el cine porno amateur, la extorsión y la emigración. Y, todo ello, filmado con austeridad y algo así como un sentido de la urgencia, una hechura que sitúa el film en la tradición que va del cine neorrealista italiano a los cortantes relatos de los hermanos Dardenne; viéndolo, es inevitable pensar en Rocco e i suoi fratelli o L’Enfant, o en algunas películas de Jafar Panahi.

Lo llamativo, decíamos, es que parece que Rosales haya buscado a propósito una trama sumamente tópica para que la anécdota no fagocite el film y sea, de nuevo, una base desde la que acercarse a la exploración del alma humana. Lo que le interesa es llevarnos a los primeros planos de los protagonistas, buscar una íntima verdad acerca de la existencia de los jóvenes de aquí y ahora o, tal vez, los jóvenes de cualquier parte y de siempre. Vemos entonces el relato de quien se enfrenta a la dureza de la vida a los veinte años, de quien acarrea el peso de la existencia y las contradicciones del amor, cuestiones irrevocablemente universales.

Puede que el tono exacto de la película quede fijado en las dos secuencias en que los protagonistas se desnudan para acometer la filmación de secuencias pornográficas, imágenes ambiguas donde conviven la lozanía del cuerpo humano en la flor de la vida y la impresión de que los personajes están prostituyendo su imagen, su alma. El título, Hermosa juventud, es “falsamente irónico”, según declara el propio cineasta. Estamos, en efecto, ante la hermosa juventud, ante el fulgor que acompaña nuestro paso por el mundo en paralelo a la corrupción de los sueños, ante el amor a los veinte años y sus avatares… La película halla inesperadas concomitancias con otros filmes en apariencia mucho más lejanos, desde la serie sobre Antoine Doinel de Truffaut a Les Roseaux sauvages de André Téchiné. Hay incluso resonancias de esa tierna manera de filmar a los jóvenes que caracterizaba a Pasolini.

Mucho más que una película de tema, es una película de propósito manifiesto, evidente: acercase a los jóvenes, empaparse de lo que pasa en su fuero interno. Así lo expresa el propio Rosales, que ha realizado Hermosa juventud con un bisoño equipo delante y detrás de la cámara para captar cosas más que para ponerlas en escena (por supuesto, el film transcurre en esa sugerente frontera muy de nuestro tiempo, cerquita del cine documental sin llegar a adentrarse en él). Y tal vez sea ése el motivo por el que puntea el film con secuencias o elipsis que reproducen imágenes de teléfono móvil: whatsapps, fotografías y skypes con los que se expresan nuestros veinteañeros. Además, el cineasta vuelve a demostrar un privilegiado sentido para la captación del habla cotidiana. Lo que en tantas y tantas películas españolas es artificial y ridículo en grado sumo, chez Rosales es sorprendentemente natural. Con diálogos improvisados o escritos, el film se nutre de la genuina voz de la generación ni-ni.

No todo es perfecto ni irreprochable en Hermosa juventud, por supuesto, pero reconforta encontrarse con un acercamiento provechoso a temas sociales o generacionales desde planteamientos inequívocamente cinematográficos (recordemos esa famosa máxima godardiana que dice más o menos: “no hay que hacer películas políticas sino hacer políticamente películas”). Sin mensajes ni discursitos, las imágenes de Hermosa juventud quedan como una viva expresión de la España de la crisis, lo mismo que las de las minas de Riotinto en Red Land, su carta dirigida a Wang Bing, donde Rosales, por cierto, no se expresa a través del rostro humano pero también parece llegar al fondo de nuestra alma.

 

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