Espectros y claroscuros

Cuando veo, en los medios de comunicación, imágenes del parlamento italiano, me llama la atención la muy particular luz de esa cámara. Hay vistosos claroscuros y las figuras humanas parecen emerger de un misterioso entorno de tinieblas. Me recuerdan a algunas pinturas barrocas y, sobre todo, a la fotografía de The Godfather, especialmente la famosísima iluminación de su secuencia inicial (por otra parte, cómo no pensar en la película de Francis F. Coppola cuando el tipo que acostumbra salir en esas imágenes es Silvio Berlusconi…). Hoy he leído en la prensa que Gordon Willis, el creador de esa fotografía extraordinaria, falleció hace unos días a los 82 años.

El cine americano de los años setenta es uno de los referentes más recurrentes de los cineastas y la cinefilia de hoy en día. José Luis Guarner, en Muerte y transfiguración (Laertes), cartografió brillantemente ese periodo y dedicó un pasaje a la era dorada que vivió entonces la fotografía en las películas estadounidenses. Valgan como insignes ejemplos los trabajos de Néstor Almendros en Days of Heaven (Terrence Malik), Burnett Guffey en Bonnie and Clyde (Arthur Penn), Vittorio Storaro en Apocalypse Now (Coppola) o Vilmos Zsigmond en McCabe and Mrs. Miller (Robert Altman), entre otros muchos. La característica textura de esas películas es uno de los aspectos más imitados por esos realizadores de ahora que toman el cine americano de los setenta como referente.

Para mí, Willis es, tal vez, quien mejor representa el brillo especial del cine de esa época tanto por la belleza de su trabajo como por la filmografía que atesora. No sólo iluminó las tres partes de The Godfather, sino que fue el responsable de la fotografía del mejor periodo del cine de Woody Allen, de Annie Hall (1977) hasta bien entrados los ochenta: Manhattan (1979), Zelig (1983), Broadway Danny Rose (1984), etc. También trabajó ingentemente con Alan J. Pakula, contribuyendo muy mucho a la creación de la poderosa atmósfera de All the President’s Men o Klute. Y no quiero dejar de comentar la fotografía de Pennies from Heaven (Herbert Ross), a la vez melancólico y monumental epitafio dedicado al musical y al cine clásico americano.

Algo del aliento que inspiraba Pennies from Heaven se encuentra en los cineastas actuales que, en la era digital, mimetizan texturas y tonos de los años setenta buscando un acento propio para el cine de nuestro tiempo a partir del diálogo con nuestros recuerdos cinéfilos, con el poso dejado en nuestro espíritu por las películas de Coppola, Penn o Altman. En los filmes de James Gray, Andrew Dominik o Noah Baumbach, la luz de Gordon Willis vuelve a nosotros como un espectro que recorre las imágenes, visible e invisible a la vez.

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