¿Nuclear? Sí, por supuesto

Estamos en 2014, año en que podría transcurrir la trama de una película de ciencia ficción del siglo XX. Hemos llegado al futuro y desde él observamos el pasado y el cine. Ojo, no solamente el cine pasado o del pasado, sino todo el cine, sin necesidad de datarlo. Nuestro punto de vista está determinado por el hecho de que nosotros somos el futuro. No podemos substraernos al hecho de que nuestra mirada descansa sobre un gran montículo de ruinas acumuladas.

Ruinas o, digamos, materiales, pues no se trata de viles escombros sino de la materia prima de las imágenes. Después de Los materiales, del colectivo Los Hijos, hemos visto su nuevo largometraje, Árboles, además de El futuro, de Luis López Carrasco, que es uno de los tres miembros del grupo (lo completan Natalia Marín y Javier Fernández Vázquez). Ambas han sido exhibidas en la compilación “Un impulso colectivo”, que se ha proyectado recientemente en Barcelona. El futuro recrea un guateque en algún momento y lugar de la España de los ochenta filmado invariablemente en primeros planos de acento documental. Frente a sus imágenes, tomamos conciencia de nuestro punto de vista como espectadores pertenecientes a un tiempo posterior, tal y como sugiere -o explicita- el título. El pasado está presente en el futuro y viceversa: el último tramo del film muestra, uno tras otro, tristes edificios filmados ahora que parecen contener el tiempo y los sueños de esos años ochenta recreados en la película, hasta acabar con una panorámica que funde pasado y futuro, alquimia de la imagen cinematográfica.

No es menos significativo el arranque del film, en el que oímos el discurso pronunciado por Felipe González la noche en que el PSOE ganó por primera vez las elecciones, en 1982. Palabras fatuas cargadas de plegarias desatendidas, de propósitos traicionados. El futuro fue siempre una ilusión, una quimera, una patraña que se constata al confrontar unos tiempos con otros. Árboles, de hecho, acerca nuestro presente a las ruinas de la España colonial, indaga su huella en la Guinea Ecuatorial de hoy y confronta formas de narración y de comunicación buscando posibles resonancias, raíces profundas. Guarda, pues, un inesperado parentesco con el paraíso perdido de Tabu, de Miguel Gomes, y con su último film, Redemption, disertación implacable sobre la podredumbre del sueño europeo, el futuro sin ideales que nos rodea.

El futuro pone especial énfasis en la irónica letra de “Nuclear sí, por supuesto”, canción de Aviador Dro que suena en el film: “Colinas ardientes de sol abrasadas / ciudades inmensas habitadas por ciborgs / Serpientes monstruosas devorando casas / y naves enormes de formas extrañas / Volcanes rugientes escupiendo lava / y bosques violetas con césped naranja / Cavernas ocultas en playas profundas / Y valles cubiertos de flores aladas”.

Nosotros somos ese futuro postnuclear, esos restos de la catástrofe. El futuro y Árboles, que nos hablan en parte de la crisis de la España actual, no están tampoco muy lejos de Stray Dogs, el impresionante último largometraje de Tsai Ming-Liang que podría tener también la canción de Aviador Dro por epígrafe. En él, los hijos del fracaso de la utopía capitalista subsisten entre escombros, sin casa ni proyecto vital alguno. Nos queda la filmación del Apocalipsis y la mutua observación del pasado y del futuro. La secuencia final de Stray Dogs (sólo un largo plano de dos personas mirando y el contraplano de la “pantalla” muerta que observan en el edificio en ruinas) es, quizás, la más bella expresión filmada del cine actual, de qué es ver y hacer cine ahora, en el futuro.

El cine como flujo y reflujo entre el pasado y el futuro, una máquina del tiempo en el que las imágenes no pertenecen a un instante concreto sino a todos a la vez, a los que se amontonan a sus espaldas y a los que vendrán. Más o menos, como en Stella cadente, de Lluís Miñarro, donde confluyen el breve reinado de Amadeo de Savoya, la España de ahora y el siglo XX en un solo tiempo complejo, el tiempo del cine. Y algo hay de eso también en Vidaextra, de Ramiro Ledo, donde el audio y la imagen transcurren en direcciones opuestas durante la mayor parte del metraje. Y en Cenizas, de Carlos Balbuena, donde los recuerdos adquieren una ambigua presencia espectral (¿o quizás el espectro es el observador, el flâneur protagonista que evoca el “pasado” desde su “presente”?). Y en Edificio España, de Víctor Moreno, film hecho literalmente de ruinas donde también hacen acto de presencia los fantasmas del pasado. Y en Une histoire seule, de Xurxo Chirro y Aguinaldo Fructuoso, donde se indaga la huella del cine de Godard y de muchas otras cosas, todos los meandros del pensamiento que desembocan en el cine, todas las historia(s).

Constatamos, pues, un verdadero impulso colectivo, una interrogación sobre el tiempo, el peso de la tradición cinematográfica acumulada y la manera de afrontar el cine de hoy. No quiero dejar de mencionar Ilusión, de Daniel Castro (casi una versión madrileña de Inside Llewyn Davis), ni Uranes, de Chema García Ibarra, que también divagan en esa dirección con mayor o menor explicitud. Ni, allende los Pirineos, las disertaciones de los protagonistas de Când se lasa seara peste Bucuresti sau metabolismo (When Evening Falls on Bucharest or Metabolism, Corneliu Porumboiu) o los desnortados jóvenes cineastas de U ri Sunhi (Our Sunhi), nueva cima en el cine de Hong Sang-Soo, que parece estar alcanzando algo cercano al arte de Yasujiro Ozu: Hong no necesita más que repetir una y otra vez las mismas secuencias y personajes, reunirlos alrededor de una mesa comiendo y bebiendo, filmándolos siempre con el mismo tipo de encuadre durante largos diálogos, para encontrar una nueva verdad en cada imagen.

Efectivamente, puede que seamos un futuro desolador en muchos sentidos, pero la filmación de esa desolación es también la conquista de una verdad renovada, de un cine de nuestro tiempo. ¿Nuclear? Sí, por supuesto. ¿Nuclear? Sí, cómo no.

 

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