Barroco tú

“La vida no ha dado nada a los mortales sin un gran esfuerzo para conseguirlo”, reza un texto grabado en latín sobre uno de los instrumentos que aparecen en De occulta philosophia, nueva película de Daniel V. Villamediana. La frase está ahí por azar, según explicó el propio director hace unos días en la Filmoteca barcelonesa. No obstante, podría ser un epígrafe adecuado para el film e incluso para los tres largometrajes que ha realizado hasta ahora Villamediana.

El brau blau, La vida sublime y la que nos ocupa tienen en común la recreación de un proceso de aprendizaje o, más bien, de reaprendizaje. El arte de la tauromaquia, las gestas de un héroe familiar ya desaparecido o la fabricación de instrumentos y la interpretación de música barroca: se trata siempre de recrear un gesto adherido a una tradición, a un pasado. Dicho de otra manera, a Villamediana le interesa observar el pasado desde esa distancia que media entre nuestra inmediatez y la tradición, entre el presente y la leyenda. Y así nos expone su concepción del cine, lo que supone para él abordar la cámara y filmar con la fascinación de saber que un rico poso acumulado sustenta cada plano, cada manera de hacer. Por enésima vez, pienso en Holy Motors, definitivamente un film central de nuestro tiempo que refleja una manera de enfrentarse al hecho de hacer cine propia de muchos cineastas de hoy en día.

Villamediana nos invita, a los espectadores, a volver a aprender también nuestro oficio, a recuperar la fascinación primigenia por el artificio cinematográfico. Hay al menos dos momentos del film en los que parece interpelar directamente al espectador. Uno, es el que yo llamaría “plano Velázquez”, una referencia evidente a la pintura barroca: el propio cineasta charla con uno de los músicos protagonistas y, tras un corte, seguimos oyendo sus voces pero ellos han desaparecido, dejando la estancia aparentemente vacía hasta que, al cabo de pocos segundos, por un movimiento delatador, advertimos que, en la pared, hay un espejo en el que se ve al cineasta manejando la cámara. El segundo, es el plano final del film: una cantante, tras finalizar su interpretación, mira directa e inesperadamente a la cámara rompiendo la cuarta pared, como si el film citara el famoso primer plano de Sommaren med Monika. En ambos instantes diríase que el cineasta quiere llamar la atención sobre nuestra conciencia como espectadores para que nos fijemos en la arquitectura del film, en lo que nos dice sobre su propia naturaleza, sobre su posición frente al cine.

De occulta philosophia indaga la huella del barroco en el cine, o la relación del barroco y el cine, adquiriendo una hondura inesperada tras la liviandad de sus imágenes. Cómo no pensar, pues, en el cine de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, que también realiza planteamientos esenciales sobre cómo acercarse a textos clásicos mediante los mimbres del cinematógrafo, realizando los filmes más sencillos y, a la vez, más complejos y meditados.

Velázquez y Bach, en suma, se encuentran con Bergman, Straub/Huillet, Léos Carax… Y con los pillow shots de Yasujiro Ozu y su discípulo José Luis Guerin, que parecen inspirar muchas imágenes incidentales del film. Quizás, podríamos pensar, se trate de una misma conquista de la modernidad ejecutada en tiempos y medios diferentes. Un gesto que se repite una y otra vez poniendo en contacto la tradición y el futuro. Tal vez sea ésa la vida sublime del cinematógrafo.

 

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