Anticuario

Si algunos cineastas actuales, comentábamos el otro día a propósito de Polanski, inspiran cierto optimismo, como si vieran aún el cine como un vasto campo abierto donde no se agota nunca la capacidad de descubrir cosas nuevas, otros inciden en una visión melancólica del cinematógrafo, plasmando la imposibilidad de afrontarlo como siempre se ha hecho y la duda sobre qué hacer a estas alturas de la película.

Ésa es la sensación que me ha dejado Her. Los largometrajes de Spike Jonze siempre dan vueltas al surgimiento de la ficción, al hecho creativo y sus esencias. Así era en los dos trabajos que realizó a partir de guiones de Charlie Kaufman, esto es, Being John Malkovich y Adaptation. Y así era también en Where the Wild Things Are, su film más complejo y rico hasta ahora. Her, por comparación, resulta una película menos lograda y más simple. Pero pone sobre la mesa cuestiones tan caras a su realizador como al cine actual.

Si Where the Wild Things Are incide en la infancia y en el paso a la madurez, en la complejidad de las emociones humanas y su gestación, en las raíces profundas de nuestro ser y su incidencia en cuanto creamos, Her se centra en la figura de un hombre solitario de mediana edad, separado de su pareja, que deambula abatido por una ciudad poblada de adictos a la tecnología en la era de la glaciación emocional, un futuro inmediato que es imposible no identificar con nuestro presente.

Theodore, el protagonista, deambula por calles, oficinas, comercios y apartamentos uniformemente fríos, modernos y diáfanos, como si toda la ciudad fuera una descomunal tienda de Apple. Su relación con los demás se desarrolla principalmente a través de gadgets electrónicos que sólo son un par de generaciones más sofisticados que los teléfonos móviles y demás artefactos de ahora mismo. Y escribe; Theodore se gana la vida escribiendo “bellas cartas manuscritas” por encargo que ni siquiera son ideadas por sus firmantes, ni son realmente manuscritas. La escritura subsiste como un gesto extraño, anticuado y romántico, algo que se estima por su valor de llamativa reliquia. Lo mismo pasa con los sentimientos y su expresión: el contenido de esas cartas que no son más que un producto industrial al servicio de esos adictos a la tecnología que han dejado atrás tantas cosas que, hasta hace poco, cimentaban las relaciones humanas.

El difícil encaje de la expresión sincera de las emociones y de las angustias en esa ciudad gélida parece explicarnos cómo ve Jonze la sociedad actual y el cine actual, donde la calidez de la expresión cinematográfica se va perdiendo, si no se ha perdido ya, y el lugar reservado al cine en el futuro inmediato es quizás el de esas cartas artificiales, productos del anticuario del siglo XXI. Será quizás cuestión de encontrar nuevos caminos, y por eso su protagonista inicia una relación amorosa con un software, una aplicación que habita en sus dispositivos electrónicos y que se comunica con él a través de una voz femenina sin imagen, la voz reconfortante y seductora de Scarlett Johansson (vale la pena fijarse en su trabajo, muy notable: nos equivocamos al poner la mayor atención en la mímica cuando valoramos la labor de los comediantes). Ese extremo sirve a Jonze para divagar sobre las complejidades, contradicciones y limitaciones de las relaciones humanas en nuestra era, en este mundo que parece ser sólo un reverso de lo que habita en internet, nuestro nuevo universo.

Las películas de Jonze dejan siempre una sensación como de ración excesiva y Her, concretamente, resulta demasiado afectada, sobre todo en algunos tramos casi tediosos. No obstante, es más que loable la aportación de cineastas como él que, con mayor o menor acierto, se atreven a hablar en “tono mayor”, es decir, en los términos más graves y abordando los temas más ambiciosos. Al fin y al cabo, ése es también el caso de Terrence Malick, uno de los cineastas más fascinantes de nuestro tiempo. Y, precisamente, la gravedad es algo proscrito en nuestra era de la inmediatez tecnológica y la preponderancia de lo cool (me encantan los vecinos de Theodore, esa pareja de clase media biempensante que no hace más que expandir buen rollo y tópicos gazmoños sobre lo saludable, lo sostenible y lo éticamente correcto: quizás Jonze debería haber explotado más esa mala uva). Por eso es tan importante el, digamos, cine de la gravedad, el que se ocupa del meollo del asunto ahora que no hacemos más que enviarnos what’s up? y visionar tontunas en You tube.

¿Hay, en fin, una contradicción entre los cineastas de la melancolía y el desconcierto y los que, a pesar de todo, transmiten cierto optimismo? No, más bien pienso que todos, a su manera, nos hablan del estado de la cuestión en un momento de encrucijada (que tal vez sea un trompe-l’oeil porque el cine siempre se encuentra en algún tipo de encrucijada). Tan fructífero acaba resultando un punto de vista como el otro. En cambio, quienes no se enteran de nada son los que siguen meneando cual muñeco el cadáver cinefílico, empeñándose en practicar un cine sin alma, gastado, castrante, gente que nunca encontrará su arca perdida porque no es capaz de mirar adelante.

 

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2 thoughts on “Anticuario

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