Vilaine fille, mauvais garçon

Roman Polanski tiene 80 años y lleva más de cinco décadas haciendo cine. Es algo que deberíamos tener en cuenta para valorar en su justa medida La Vénus à la fourrure (La Venus de las pieles), su último largometraje. No sólo porque recopila facetas características de todo su cine anterior sino también porque, desde cierto punto de vista, representa una declaración de principios frente al hecho de hacer cine en nuestros días. Me explico.

Mathieu Amalric encarna a un director teatral que prepara, en una sala de París, la puesta en escena de una adaptación de La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch. Al final de una larga jornada laboral, irrumpe en la sala una actriz hortera y deslenguada (Emmanuelle Seigner) que, tras vencer las reticencias iniciales del director, no sólo consigue una audición improvisada sino que le fascina inmediatamente por conocer en profundidad tanto el texto como su sentido, amén de interpretarlo con brillantez. El ensayo se alarga durante horas y traspasa holgadamente el ámbito de una prueba teatral, convirtiéndose al fin en una suerte de rito en el que el director debe enfrentarse a las contradicciones morales de su aproximación al texto original y a la hipocresía de su propia existencia.

En la particular forma de observar el mundo de Polanski, se atisban siempre los mecanismos de la manipulación, la conspiración, la corrupción… Y eso tiene una traslación a su manera de hacer cine o, por decirlo pomposamente, de abordar el hecho cinematográfico. No tiene, además, empacho alguno en conducir esa mirada crítica y desconfiada hacia sí mismo como cineasta y como individuo (que La Vénus à la fourrure nos habla, entre otras cosas, del propio Polanski, es algo que queda palmario en la caracterización de Amalric y en la presencia de su musa y esposa, Mlle. Seigner).

El cineasta tiene muy presente que no sólo el plano sino todos y cada uno de los aspectos de la concepción, puesta en escena y acabado de un film son una cuestión moral. Si alguien ha hablado provechosamente del cine en términos morales, además de Godard, es sin duda Polanski. Por eso, desde su insobornable mala uva y con una guasa irresistible, se ha interesado siempre por los culs-de-sac, los espacios cerrados, las situaciones límite en que un individuo o un pequeño grupo se ven en la tesitura de enfrentarse a sus vicios, mezquindades o vilezas. La Vénus à la fourrure, que transcurre íntegramente entre las cuatro paredes de un teatro parisino y con sólo dos turbios personajes (una vilaine fille y un mauvais garçon, si se me permite citar a Gainsbourg sin venir a cuento), vuelve por esos derroteros y nos habla de la morbosidad, el fetichismo y la atracción por el mal, cuestiones que, obviamente, están en la obra original de von Sacher-Masoch, abordada quizás como una fuente seminal sobre esos temas, presentes en buena parte de la obra de Polanski.

Pienso, además, en cómo ha desgranado el cineasta la mediocridad moral del individuo occidental de clase media o pudiente, es decir, en los mequetrefes que venden sus principios a alto precio en The Ghost Writer, se ven empujados a una experiencia abismal en Franctic, evolucionan de la civilidad gazmoña a la agresividad si tapujos en Carnage o pierden por completo la razón intentando protegerse en Le Locataire o Repulsion. Algo de eso hay también en La Vénus à la fourrure, pero el film va mucho más allá. A Polanski le interesan las contradicciones morales de la relación entre la fuente literaria, la puesta en escena y el espectador. O, si se prefiere, entre el teatro, el cine y la vida, su propia vida[1]. Polanski vierte una mirada sobre sí mismo ácida en extremo, como un Woody Allen más radical y mordaz. Si nos ocupamos de la dimensión moral del cine, parece decirnos, ante todo hay que poner en cuestión la posición del cineasta.

Lo apasionante de La Vénus à la fourrure es que Polanski llega a un nuevo grado de autoironía, descubre nuevas profundidades en ese descenso hacia el abismo del significado de las imágenes, encuentra un nuevo prisma desde el que abordar sus preocupaciones de siempre. Frente a un típico anquilosamiento cinéfilo, ése que conduce a la realización de películas siempre parecidas en fondo y forma y a la cómoda observación del espectador apoltronado en cuatro lugares comunes, Polanski demuestra que es posible y necesario volver a sorprenderse, poner en cuestión una vez más lo establecido, enmendar el cine y enmendarse como cineasta. Un director octogenario, con más de medio siglo de carrera a sus espaldas, nos muestra una mirada rabiosamente joven que concibe el cine, o incluso el acto creativo en general, como una permanente reinvención en la que no cabe la acomodación. El cine de Polanski se me antoja tan explorador y autoexigente como, por ejemplo, el de Isaki Lacuesta, realizador de una generación muy posterior a la suya.

No es cuestión de edad, por supuesto, sino de actitud. Y no creo, dicho sea de paso, que una actitud tan inconformista e inquieta coincida casualmente con una naturaleza tan apátrida como la de nuestro cineasta. Es decir, no sé si el propio Polanski se siente apátrida, pero lo es sin duda su filmografía. Sus filmes han sido producidos y transcurren en múltiples países pero, en definitiva, pertenecen ante todo al territorio polanskiano. Incluso La Vénus à la fourrure, que es una película densamente parisina (los diálogos están perlados de referencias sociales y culturales característicamente francesas y, sobre todo, propias de la Ville-Lumière). Pero, al fin y al cabo, ¿no es París, de alguna manera, la capital sentimental del cine moderno, o del cine sin más? En el cine de Polanski, lo local nutre con naturalidad la tierra fértil de lo universal.

 


[1] Cuánto me recuerda, en este sentido, el cine de Polanski al de Jacques Rivette, con el que comparte una muy fructífera aproximación al mundo y los mecanismos del teatro. Por eso, además, Rivette y Polanski son cineastas que realizan un trabajo particularmente interesante con los comediantes, piezas nada decorativas sino esenciales de su puesta en escena y del “discurso” que ésta acarrea. Amalric y Seigner están magníficos en La Vénus à la fourrure.

 

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