La dignidad de los desheredados

Lo que está pasando en la filmografía de los hermanos Joel y Ethan Coen es un caso interesantísimo. Después del entusiasmo despertado por Miller’s Crossing y Barton Fink, uno había perdido el interés por ellos porque la sucesión de comedias que se extiende desde The Hudsucker Proxy (1994) a The Ladykillers (2004) resultaba progresivamente mecánica y autocomplaciente. Los Coen tienen un sentido del gag finísimo, pero habían acabado por desenvolverse demasiado bien en ese terreno, hasta el punto de realizar filmes lastrados por una paradójica falta de alma, inesperadamente banales. Es más: tenía la sensación de que incluso se equivocaban de medio expresivo, es decir, de que todo ese dominio privilegiado de lo cómico debería haberse canalizado a través de un espacio televisivo. Tal vez sea una boutade, pero creo que los Coen podrían perfectamente haber aportado a la televisión algo así como una versión estadounidense de Monty Python’s Flying Circus.

Y, justo en ese punto, apareció No Country for Old Men (2007), la adaptación de la novela de Cormac McCarthy donde, sin perder su providencial ironía, recuperaban el tono grave de sus mejores trabajos. No me pareció aquélla una película rotunda, ni mucho menos, pero sí tuvo la virtud de la extrañeza respecto a lo que habíamos visto durante los diez años anteriores. Y, con el tiempo, se ha convertido en el inicio de una nueva y fructífera etapa, mucho más interesante, que completan A Serious Man, True Grit y la que ahora nos ocupa, Inside Llewyn Davis.

Si algo caracteriza a los Coen (que, recordemos, son guionistas y realizadores de sus filmes) es que son unos extraordinarios narradores. Dominan con indiscutible maestría los mecanismos del cine narrativo, el arte del Hollywood clásico del que ellos se han nutrido provechosamente, tal y como demuestra cada una de sus imágenes. De hecho, toda su obra es una exégesis distante, irónica y no poco mordaz a lo que fue el cine americano del siglo XX, una gran caricatura mediante la cual ellos mismos han sabido expresar su propia visión de América.

Pues bien: a partir de No Country for Old Men, esa gran caricatura ha adoptado un tono mucho más sombrío, una mayor libertad y una incomparable riqueza de matices. Parecen expresar un profundo extrañamiento ante el estado de las cosas y ante el encaje del lenguaje que han dominado siempre, el del cine narrativo americano, en un tiempo que parece repudiarlo ingratamente. La América de la crisis actual no se reconoce a sí misma en sus propias imágenes, y los Coen han encontrado una forma que plasma ese desconcierto, esa contradicción central que recorre el cine estadounidense actual.

Llewyn Davis comparte el extrañamiento de los Coen ante el presente que les rodea. Cantautor desnortado y sin domicilio fijo que interpreta amargos cantos de soledad y abandono durante la postguerra de los primeros años cincuenta, Davis observa con estupor cómo triunfa la mediocridad, el ansia por el beneficio inmediato dinamita los cimientos de la cultura musical y los esfuerzos honestos por mantenerla en pie no obtienen más que incomprensión y rechazo. Davis deambula por un Nueva York invernal que es, en realidad, América entera, la ciudad-nación que vive bajo una ensoñación capitalista años de aguda decadencia[i].

Quizás sea Inside Llewyn Davis el film más amargo de los Coen porque refleja el estupor de los cineastas ante las circunstancias que les rodean, es decir, una industria de Hollywood y una sociedad actual donde un sentido del cine como el suyo es objeto de la misma incomprensión que las canciones de Davis. Parecen decirnos que han llegado los años malos que profetizaba Ferlosio y somos todos más ciegos: la solidaridad entre semejantes se ha esfumado, las relaciones humanas se han tornado gélidas y estamos en manos de inconmovibles e ignorantes productores que no van a ceder ni un mísero dólar hasta que hayamos prostituido hasta el último de nuestros principios.

Davis no puede hacer más que afrontar una dificultad tras otra, enmendar errores y equivocarse de nuevo, dar bandazos sin cesar, penar y resistir con lo puesto… Y, al final, desesperar, cómo no, porque la decadencia generalizada es un torrente demasiado poderoso que nos arrastra a todos ineluctablemente.

Los Coen, no obstante, reivindican con convicción la dignidad del derrotado, la humanidad de su patético héroe. En la última secuencia del film, Davis recibe la paliza de un paleto ofendido junto a la puerta trasera del local en el que acaba de actuar. Herido y tumbado en el suelo de un callejón, observa cómo su agresor toma un taxi y desaparece. “Au revoir”, masculla con sarcasmo el cantautor al ver cómo el paleto se larga de la ciudad mientras suenan, desde dentro del local, la voz y la guitarra de otro artista que actúa justo después de él, el sonido inconfundible de Bob Dylan, trovador por excelencia de los desheredados del sueño americano.

El genuino cine americano, el arte narrativo que han aprendido y que practican los Coen, es repudiado por la industria de lo audiovisual y del entretenimiento, pero es y será siempre una voz íntima y honesta de la cultura popular y ellos prefieren quedarse ahí, en el suelo de la ciudad-ensoñación, apaleados y humillados pero con la dignidad de quien aún puede reconocerse a sí mismo. Ya sea sin la más mínima esperanza, ya sea con la sospecha de que, quizás, la respuesta esté empezando a soplar en el viento.


[i] Dicho sea de paso: donde On the Road (Walter Salles), la reciente adaptación de la novela de Kerouac que transcurre en el mismo periodo y se fija grosso modo en el mismo paisaje humano, hacía un ridículo espantoso, Inside Llewyn Davis encuentra el tono y los motivos adecuados.

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