En la ladera de la duna

Un día, el año pasado, un amigo madrileño que vive en el extranjero desde hace mucho tiempo me comentó que, en su última visita a España, le había llamado la atención el clima de profundo pesimismo. Sabía mucho sobre nuestra dichosa crisis pero no se esperaba encontrar a todo el mundo tan alicaído y con tan poca esperanza en el futuro en comparación con la gente que le rodea habitualmente ahí afuera.

Ana, la joven protagonista de La herida, primer largometraje de Fernando Franco, no es una víctima prototípica de la crisis: no está en el paro ni en riesgo de exclusión social, sino que trabaja trasladando en ambulancia a personas dependientes y vive con su madre en un apartamento común y corriente de una ciudad innominada. No obstante, Ana padece algún tipo de trastorno y, sobre todo, un severo mal de vivre, un malestar ineluctable que se expresa en forma de hábitos sadomasoquistas, tendencias suicidas, accesos de cleptomanía y una manera nada festiva de consumir alcohol y estupefacientes. Su relación con los demás -con su progenitora, con su novio en fuga, con sus antiguas amigas…- es palmariamente disfuncional, como si un permanente problema de comunicación pusiera una barrera insalvable entra ella y los que le rodean. No todos, de hecho: Ana se comporta de una manera muy normal durante las horas de trabajo y se siente comodísima tratando con los enfermos. Y, refugiada en su habitación, disfruta charlando con un amigo misterioso que sólo conoce a través de los chats y que comparte con ella la fantasía de un suicidio liberador.

La herida es una one woman’s picture en la que la cámara no se aleja ni una sola vez de la protagonista (Marián Álvarez). Siendo una narración diáfana, es también la descripción abstracta de un estado de ánimo. Son características que pueden recordar a las del cine de los hermanos Dardenne, como ya se ha comentado; a mí, la película me ha hecho pensar también en el referente, muy común en el cine de hoy, de Michelangelo Antonioni, gran filmador del malestar existencial a través de intensos y desolados primeros planos como los de Fernando Franco. Y me gustaría añadir los nombres de Marco Bellocchio y Nanni Moretti: sumando a los tres, podemos identificar una fructífera tradición en el cine italiano consistente en plasmar con aspereza y veracidad los estados depresivos y los trastornos mentales. Es en ese acento donde Franco ha encontrado una manera pertinente de hablarnos del clima moral de la España actual, de retratar una sociedad que ha bajado los brazos y no encuentra motivos para la esperanza.

Hay que decir, no obstante, que Ana intenta enmendar su malestar y salir adelante. Pero su tentativa se revela llena de dificultades. No, no es sólo cuestión de poner buena voluntad; Ana lucha infructuosamente, como alguien que intenta escalar el lomo de una duna pero se ve arrastrado por la arena deslizante una y otra vez. No hay más remedio que intentarlo pero es inevitable recaer innumerables veces sin saber si, al final, se triunfará o se fracasará. Que nadie se crea los discursitos optimistas, las hipocresías y falacias de quienes no afrontan la realidad o mienten como bellacos. El personaje del padre de Ana, en ese sentido, es muy significativo: un cretino que, ante su hija, no sabe más que espetar tópicos vergonzantes y afectar una positividad muy fuera de lugar, como si Ana tuviera que contentarse con una palmadita en la espalda y poco más.

Ese desentendimiento entre generaciones de los personajes de La herida parece hablarnos, tangencialmente, del papel lamentable de los prebostes económicos y políticos que nos han hundido en esta crisis y, encima, tienen la desfachatez de pedirnos sacrificios sin fin y una vivificante sonrisa. Pues no: al mal tiempo, mala cara, actitud que se expresa en la forma cinematográfica de la película. Frente al prurito redentor y moralista del cine más trillado de Hollywood y de cierto plomizo cine industrial español que tanto se empeña en imitar ese modelo, Franco ha optado por un estilo austero -sin música, sin grandes recursos más allá de un extraordinario uso del primer plano- en la línea de otro cine español de los últimos años, el de realizadores que se han fijado también en los estados de depresión y de abatimiento moral profundo: José María de Orbe (La línea recta), Pedro Aguilera (La influencia) o, sobre todo, Jaime Rosales, que figura entre los agradecimientos de los créditos de la película. Ana casi podría ser un personaje más de La soledad o de Sueño y silencio.

Si alguna plasmación de la España de hoy hay en el cine, es sin duda en la obra de cineastas como ésos y algunos otros, gente que, como la Ana de La herida, siente las dificultades de comunicarse con su entorno y el desamparo de la industria y las instituciones. Hemos sabido recientemente que nuestro gobierno ha decidido volver a reducir la partida presupuestaria destinada a financiar el cine español. Sí, todos los sectores de la administración se están viendo afectados por esa tendencia, pero también hay que tener en cuenta que estamos hablando, en términos de presupuestos de estado, de una cantidad irrisoria: según leí el 2 de octubre en El País, los pingües 55,7 millones de euros dedicados al sector en el 2013 se reducirán a 50,84 en el 2014.

Se ha hablado de una decisión de calado político por ser el mundo del cine un sector, en general, poco afín ideológicamente al partido que gobierna ahora. Puede que eso sea una parte de la explicación, pero no creo que todo se reduzca a las esporádicas declaraciones públicas de algún que otro cineasta o a las cuatro pullas que se ha llevado el PP en las ceremonias de los premios Goya (que, por otra parte, no son más que el aquelarre anual de la más oficial oficialidad del oficialísimo sector). Más bien creo que es el cine en sí lo que molesta porque no hay manera de convertirlo por completo en un instrumento al servicio de ciertos valores; ni siquiera en Hollywood lo han conseguido…

El cine hace inevitablemente pensar, por decirlo de la manera más simple. Siempre habrá películas en las que nos veremos reflejados de alguna manera, films donde estará la huella de la sociedad que los ha parido, sus angustias y contradicciones. La reflexión sobre el aquí y el ahora es inevitable en el medio cinematográfico. Creo que es eso lo que no cabe en la concepción de las cosas de nuestros gobernantes, gente que entiende España desde el prisma de un rancio y bilioso nacionalismo en el que no cabe la cultura (para más inri, algunos nos tenemos que tragar una doble ración: en Barcelona, hemos perdido el proyecto de una biblioteca cojonuda en pleno centro de la ciudad para substituirlo por un mástil de diecisiete metros).

Supongo que, para alguna gente, del sintagma “cine español”, lo importante es el adjetivo. Para mí, es el sustantivo lo que da sentido a la cosa, porque veo un reflejo rico y honesto de la sociedad que me rodea en las imágenes de ese país universal que es el cine, territorio que transitan felizmente autores como Fernando Franco y que, con ellos, transitamos los espectadores. A pesar de las dificultades.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s