Welles redivivo

¿Cómo no pensar en el propio Orson Welles en Fraude (F for Fake), su último largometraje, ejerciendo de embustero, de tramposo contumaz? ¿Cómo no pensar que la aparición, este verano, de una copia furtiva de Too Much Johnson en Italia es un truco ladinamente orquestado por él mismo? El film, datado en 1938 (y anterior, por tanto, a su legendario debut como realizador en 1941 con una tal Ciudadano Kane), se creía perdido porque, entre otros motivos, el propio autor había afirmado que la única copia existente había perecido en un incendio en Madrid. La película encontrada en los archivos de un pueblecito de Friuli Venezia Giulia desmiente esa versión y obliga a corregir su filmografía oficial. Pero, sobre todo, el episodio tiene un indiscutible aroma wellesiano, como si el tipo que aterrorizó a todo un país locutando La guerra de los mundos (adaptación de una obra de otro Wells, con una sola e; todo lo que rodea al autor de Mr. Arkadín parece un truco, voluntaria o involuntariamente) nos la hubiera jugado una vez más. Así las cosas, Too Much Johnson parece más un epílogo genial de Fraude que un prólogo a su obra cinematográfica.

Antes de ver Too Much Johnson ya me parece fascinante que, precisamente, la filmografía de Welles empiece con una comedia del tipo llamado slapstick, es decir, del estilo travieso y mamporrero que todos conocemos a través de Harold Lloyd, Buster Keaton o Charles Chaplin, y acabe con Fraude, una indagación sobre el concepto de falsificación, sobre la precariedad de la idea de la verdad, particularmente en el cine. Welles apenas pudo llevar adelante una obra errática sembrada de problemas de financiación, exilios más o menos forzosos y proyectos abortados; sin embargo, esa obra hecha a trompicones parece contener toda la historia del cine en sí misma, desde la esencialidad de la expresión cinematográfica que emana el género slapstick hasta la actual era de la sospecha -el advenimiento la tecnología digital, las autopistas de la desinformación, la moda de los falsos documentales…-, cuyo espíritu parece avanzar genialmente Fraude, una película ¡de 1973!

Pero, cuidado: tanto el slapstick como el cine de la era de la sospecha tienen un rasgo común. Me refiero a una cierta naturaleza de truco. A menudo visible, pero truco a fin de cuentas. Hay, pues, una cierta simetría entre los dos extremos de la obra wellesiana. Y esto nos hace pensar que tal vez la mentira, la leyenda urbana sea la idea de una historia sincrónica del cine, evolutiva. Que ya estaba todo ahí en el cine de las primeras décadas como está todo también en el multiforme y fronterizo cine actual, aunque se exprese de maneras diferentes.

Por otra parte, el caso de Welles me hace pensar también en el de Víctor Erice, cuya obra es rica y multiforme pero que sólo ha firmado dos largometrajes y medio y arrastra grandes proyectos frustrados que nos hacen gemir de melancolía a sus seguidores. En el cine, como en la literatura, ocupan a veces un lugar primordial autores con obras incompletas, fragmentarias o accidentadas (Gogol y sus inacabadas Almas muertas, Musil y El hombre sin atributos, el baúl caótico de Pessoa…). Y acercarse a esos autores es, además, un excitante ejercicio que invita a observar el cine o la literatura desde una perspectiva más abierta.

Puede que en la obra de Welles (1915-1985) y en el hallazgo de Too Much Johnson haya mucho azar. No obstante, me gusta pensar que, tal vez, el cineasta se está partiendo de risa observándonos allí donde esté escondido, preparando quizás un nuevo truco con el que tomarnos el pelo a todos.

 

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