En otro corazón de las tinieblas

El verano tiene mala fama entre la comunidad cinéfila. El estreno de aparatosos blockbusters intenta atraer al tipo de público que va a ver películas como quien revienta distraídamente las bolsas de aire de un envoltorio de plástico, pero hace que la temporada estival sea poco apetecible para otros. El 2013 no será una excepción: habrá un nuevo amanecer de los zombis, el enésimo remozado de Star Trek y otra adaptación de Superman de la que apenas vale la pena retener la pizpireta Lois Lane que compone Amy Adams.

Entre esos estrenos veraniegos, quizás el más extraño e interesante sea, como no podía ser de otra manera, el que firma M. Night Shyamalan. Como todo va tan rápido, puede que Shyamalan ya esté pasado de moda. Al menos, no creo que haya vuelto a ser un cineasta tan popular como cuando firmó El sexto sentido (1999), que fue un éxito indiscutible hace casi tres lustros. El caso es que, aunque esa película ya presentaba síntomas claros de rareza, más extravagante fue El protegido (2000), una inesperada meditación sobre el género de superhéroes de tono inclasificable. Y, más adelante, Shyamalan siguió transitando el fantástico desde perspectivas desconcertantes: Señales (2002), El bosque (2004), La joven del agua (2006) y El incidente (2008), a cuál más rara, conforman la revisión del género más original, osada y rica en matices que ha podido dar el cine americano contemporáneo.

Por comparación, The Last Airbender (2010) fue una decepción, aunque pueda apreciarse al menos como reflejo de una concepción de lo fantástico acorde con lo que habíamos visto en su filmografía anterior. Pues bien: algo parecido sucede con After Earth (2013), última realización de Shyamalan, que se exhibe ahora en nuestros cines. Se trata de un film de ciencia ficción sobre las aventuras de un héroe del futuro (Will Smith) y su hijo adolescente que, tras un accidente en pleno viaje espacial, vuelven por error a la Tierra muchos años después de haber sido deshabitada por los humanos. Allí, el padre queda inmovilizado por una herida y el hijo se las tiene que ingeniar para enviar una señal de socorro recorriendo una selva sembrada de peligros, incluido un monstruo extraterrestre al que sólo se puede matar venciendo por completo el miedo.

La película tiene la hechura de un típico producto hollywoodiense de entretenimiento pero, si nos fijamos bien, notaremos algunos detalles que la alejan de ese modelo. Si comparamos After Earth con los mastodontes a lo Christopher Nolan que se llevan ahora, vemos que la trama es muy sencilla, el metraje es muy corto y hay muy pocos personajes. Además, apenas hay escenas de acción u ostentación de efectos especiales, exceptuando el enfrentamiento final: el accidente espacial se resuelve en cuatro planos y no hay secuencias largas de persecuciones o peleas.

Shyamalan prefiere llevar el film hacia un terreno más personal. Le interesa más centrarse en la difícil relación entre un padre militar, severo y distante, y un hijo que se atormenta comparándose con él e intentando igualar su hombría. En ese sentido, es inevitable pensar en La legión invencible de John Ford, de la que After Earth parece una remota variación. Pero, además, nótese que el adolescente vive traumatizado por haber asistido impotente a la muerte de su hermana mayor en las garras de un alienígena. Su odisea a través de un bosque acechante es, por encima de todo, una lucha consigo mismo: contra sus temores, contra sus recuerdos. Hay incluso un tramo de la película, aquél en el que navega por un río flanqueado por la frondosidad, que nos hace pensar en Apocalypse Now. En el film de Coppola, la selva vietnamita que engullía a los protagonistas podía ser entendida como una representación de lo que acontecía en su interior, o incluso en el interior del propio imperio norteamericano, empantanado en una (otra) guerra genocida. En After Earth, el escenario juega un papel análogo. Tal vez, en este film de apariencia sencilla y poco reflexiva, Shyamalan nos conduzca también, inesperadamente, al corazón de las tinieblas del alma americana en el siglo XXI.

Pero, más que con Ford o Coppola, la película dialoga con temas y tópicos del cine del propio Shyamalan. El reagrupamiento o la reconciliación del núcleo familiar está presente en la mayoría de sus películas, lo mismo que la materialización de los temores íntimos en monstruos de macramé (El bosque), alienígenas (Señales) o una amenaza natural abstracta como la de El incidente. Hasta reaparece el descomunal aguilucho salvador de La joven del agua. Por insertarse dentro del conjunto de toda esa obra rara y compleja de Shyamalan y por sus propias características, After Earth se nutre del rico poso cultural del género fantástico cinematográfico y literario, característica constante de un cineasta que ha revisitado el cine de ovnis, el de fantasmas y el de catástrofes, así como los mimbres y texturas de los cuentos populares. No andamos, pues, tan lejos como parece de Jacques Tourneur o los hermanos Grimm.

En conclusión, After Earth no es quizás una gran película pero es, sin duda, la obra de un gran cineasta. Por eso, ateniéndonos a la estricta aplicación de la “política de autor”, que dirían los cahieristas y nouvellevaguianos, puede resultar estimulante. Feliz verano.

(Publicado en Sigue leyendo)

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