KAUFMAN, 8½

El protagonista de Synecdoche, New York, primer largometraje de Charlie Kaufman, pierde por completo la noción del tiempo y sigue pensando que acaba de ser abandonado cuando su mujer se largó hace un año; que su hija es una niñita de cuatro años cuando ya es la musa de la ultimísima vanguardia estética berlinesa; que su obra cumbre como autor dramático está empezando a gestarse cuando ya lleva décadas trabajando en ella… Pues bien: a nuestros cines les pasa algo parecido, ya que Synecdoche, N.Y. se acaba de estrenar en Barcelona pero es una película del año ¡2008! En el ínterin, el film pasó por el festival de Sitges y ha podido ser visto en internet por todos los que esperábamos con interés la primera realización del guionista de Cómo ser John Malkovich, Human Nature, Adaptation o Eternal Sunshine of the Spotless Mind (lógicamente traducida como Olvídate de mí…). Con todo, el estreno es un motivo de celebración porque nos permite ver la película en pantalla grande y porque se exhibe en el Boliche, cine recién y felizmente resucitado en Barcelona que amplía nuestra cicatera oferta de salas en versión original subtitulada. Bravo.

Synecdoche, N.Y. no sólo me parece superior a las películas antes citadas (dirigidas por Spike Jonze y Michel Gondry), sino una de las más sobrecogedoras del cine americano reciente y una evolución lógica en el recorrido que marcaban esos guiones anteriores, siempre dando vueltas al proceso creativo, a la escritura y sus vericuetos, al germen del cine. El primer largo de Kaufman es una monumental divagación sobre la relación entre la creación y la vida; concretamente, entre la insatisfacción crónica y el miedo a la extinción que caracterizan nuestro paso por este mundo y esa otra gran frustración, la creativa, la que surge de la imposibilidad de realizar la Gran Obra que plasme la verdad íntima del autor por completo y en toda su profundidad.

Kaufman nos explica que, como dijo el poeta, la vida iba en serio y uno lo empieza a comprender más tarde. Y que las dimensiones del teatro son las de la propia existencia: el protagonista, Caden Cotard (Phillip Seymour Hoffman), acaba creando un escenario tan grande como Nueva York, tan vasto en espacios y personajes como toda su vida… Y la obra deviene inacabable porque su realización es tan absurda como la pretensión de alcanzar una comprensión total de las cosas. Hipocondríaco contumaz, Cotard envejece pensando constantemente que se está muriendo, errando en todas sus relaciones sentimentales y modificando sin fin una representación teatral imposible.

Entre tantos homenajes, imitaciones y pastiches que ha inspirado Fellini, 8½ (1963), Synecdoche, N.Y. se erige como una de sus más brillantes e inspiradas descendientes. Mostrar conscientemente la carpintería de la película, poner en escena el proceso creativo, es uno de los gestos por antonomasia de la modernidad cinematográfica: Fellini 8½ fue un film pionero e influyentísimo en ese aspecto, y Synecdoche, N.Y. es, 45 años más tarde, una noble continuación de esa tradición y un socarrón comentario sobre los extravíos de la modernidad en el cine. Fijémonos en los títulos, tan elocuentes: el cineasta de Rimini  numera su film -realizado después de siete largometrajes y un episodio- para presentarlo como una pieza más dentro de su obra; y Kaufman titula el suyo con un tropo, con una descripción que nos da directamente una clave interpretativa del film, una parte de su carpintería.

Si Fellini se representaba a sí mismo a través del cineasta encarnado por Marcello Mastroianni, Kaufman caricaturiza sus tribulaciones y angustias en la torpe figura del dramaturgo Caden Cotard y en una historia fantástica que no es una película de género fantástico. Synecdoche N.Y. guarda parentesco, en ese sentido, con otros dos films fundamentales del cine americano actual: Youth without Youth, de Francis F. Coppola, y El curioso caso de Benjamin Button, de David Fincher, relatan también las historias fantásticas de personajes con una relación anormal con el devenir del tiempo e indagan, como la película de Kaufman, en profundas cuestiones relativas al proceso creativo y a la existencia en sí.

Pero hay otras concomitancias importantes entre Synecdoche N.Y. y otras tendencias del cine americano actual, especialmente en el rico terreno de la comedia y sus aledaños. Son muy similares, por ejemplo, los temas que toca Funny People (Hazme reír), de Judd Apatow, otro film sobre la insatisfacción vital, el miedo a la extinción y la pulsión creativa. Y la inseguridad ante los tránsitos hacia una madurez mayor son cuestiones centrales en This is Forty (Si fuera fácil, también de Apatow), en toda la filmografía de Wes Anderson (Fantastic Mr. Fox, Moonrise Kingdom…) o en la de Greg Mottola (Adventureland, Paul…). Y, por supuesto, también es el caso de Where the Wild Things Are (Donde habitan los monstruos), de Spike Jonze, excolaborador de Kaufman.

En suma, quien crea que en la comedia, o en el conjunto del cine estadounidense de ahora, sólo hay escapismo y frivolidad, se equivoca de cabo a rabo.

(Publicado en Sigue leyendo)

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