Padres e hijos

Aunque haya sido con el consabido retraso, la llegada a nuestras pantallas de Un verano ardiente (Un été brulant) es todo un acontecimiento porque el cine de Philippe Garrel a duras penas cruza los Pirineos. Y, por azar, ha coincidido con la aparición, también harto precaria, de Los ilusos[i], segundo largometraje de Jonás Trueba. Ambas películas son, cada una a su manera, ejercicios de lo que yo llamaría un cine filial en el que se hace palpable la presencia de una tradición familiar, la materialización de un oficio transmitido de padres a hijos.

Un verano ardiente es, de hecho, la tercera película consecutiva de Garrel que está protagonizada por su hijo Louis (quien, a su vez, se ha convertido en un rostro habitual del cine francés y ha realizado ya tres cortometrajes; el que he podido ver, Petit tailleur, es muy notable). Además, Maurice Garrel, padre de Philippe y abuelo de Louis, interpreta un pequeño papel en el film que ha acabado siendo su última aparición en el cine antes de fallecer, el 2011, a los 88 años.

Ya en Les Amants réguliers (2005) coincidían en pantalla Louis, Maurice y toda la familia del realizador. Y Louis es en ésa, en La frontera del alba (2008) y en Un verano ardiente algo así como un álter ego de su padre, o de determinadas facetas de su personalidad y su trayecto vital. En Un verano ardiente encarna a Frédéric, un pintor cuyo matrimonio con una actriz (Monica Bellucci) se viene abajo a causa de las infidelidades y los celos mutuos. En paralelo, Frédéric vive marcado por el distanciamiento del compromiso militante de sus mayores (Maurice Garrel, su abuelo en el film y en la realidad, aparece como un espectro venido de otro tiempo para evocar su participación en la resistencia a la ocupación nazi).

El desamor y la pérdida del sentido mismo de la revolución: estamos ante dos de los temas mayores de la filmografía de Garrel (Philippe), una obra profundamente íntima, realizada siempre en primera persona. Como si se tratara de un diario, el realizador de La cicatriz interior ha dedicado su cine a poner en escena su vida interior, una honda melancolía causada por las cuitas sentimentales y por la añoranza de las revoluciones imaginarias de la primavera parisina que se han ido desvaneciendo ante sus ojos.

Pero, además, Un verano ardiente lleva esos temas a un significativo terreno, el de las ruinas del cine. No es casual que veamos cómo la crisis sentimental de Frédéric abisma su obra ni que la película concluya en los escenarios semidesiertos de Cinecittà, en Roma, un paisaje de decorados abandonados que invita a pensar en el cine como otro espectro del pasado. Garrel, un cineasta marcado también por el signo del duelo (por Mayo del 68, por su amigo Jean Eustache[ii]…), parece expresar también una gran pena por el cine que su generación ha practicado, un cine frágil, sincero y personal expandido con las ondas de la Nouvelle Vague; la misma emotividad que muestra Godard ante la extinción de un arte que parece evaporarse como uno más de los sueños del siglo XX.

Esa melancolía ante el desvanecimiento del cine y un tono sumamente personal e intimista son también rasgos acusados de Los ilusos, esta vez la película de un hijo, el del realizador Fernando Trueba. Jonás ya había desplegado esas mismas características en su primera realización, Todas las canciones hablan de mí (el título se comenta por sí solo), que ya era una divagación sobre el amor, el desamor, los tránsitos de la vida y su relación con la creación literaria o cinematográfica. Los ilusos reincide en esos temas pero va más allá y es más radical que su predecesora, sobre todo, en la forma.

Apenas puede hablarse de una sugerencia de trama sencillísima. Un joven cineasta se relaciona con sus amigos, va al cine, comenta los avatares de la realización de películas en la España de hoy, conoce a una chica, la conquista… Y poco más. La vida en sí misma como tema, igual que en la obra de Garrel o en la de Woody Allen: al ver Los ilusos, resulta inevitable pensar en Manhattan, especialmente en esa famosa secuencia en la que Allen, solo y tumbado como si estuviera en una consulta, monologa intentando dar con una idea creativa y no acierta más que a enumerar las cosas que le gustan. Incluso el blanco y negro utilizado por Trueba para filmar Madrid parece evocar el de Manhattan[iii].

Trueba parece preguntarse de dónde provienen las ideas, de dónde surgen las películas: de la vida, por supuesto, de los trances del amor y de la espuma de los días. Estamos otra vez ante un film que se explica a sí mismo, que trata sobre su propia gestación, algo que fue siempre un “gesto” típico de la modernidad cinematográfica y que lo está siendo de buena parte del cine actual; particularmente, de cineastas españoles como Elías León Siminiani o Javier Rebollo, amigos de Trueba que aparecen en los créditos de Los ilusos -de hecho, Rebollo protagoniza una graciosísima aparición en el film as himself-.

Lo más bello de Los ilusos es precisamente que, siendo una película de Jonás Trueba y su generación, es también una celebración del cine como arte transmitido entre generaciones (el realizador rinde puntualmente tributo en sus films a su padre Fernando y a su tío David, ambos cineastas conocidos y reconocidos cuyo mejor legado, en mi opinión, es el cine de su hijo y sobrino). Es, a la vez, una expresión de melancolía por algo huidizo y una declaración de amor a una ilusión eternamente renovada. “Qué bien, hacer cine”, exclama una voz espontánea en el epílogo. Y qué bien seguir viendo películas y seguir siendo, como nuestros padres, ilusos que, parafraseando de nuevo la película, vivimos tres veces gracias a toda esa vida a la que nos asomamos a través de la pantalla.


[i] El escuchimizado paso de Los ilusos por las salas de Madrid y Barcelona ha sido subsanado, afortunadamente, en algunos festivales y en la web Filmin, donde se puede ver la película online. Huelga decir que la exhibición en cines ya sólo es, hoy en día, una pequeña parte de la rutina del cinéfilo. Para bien o para mal.

[ii] No pasemos por alto que todo el film está narrado por Paul, el amigo de Frédéric que, desde la primera secuencia, aclara que nos está refiriendo la historia de un amigo que ha muerto por suicidio. Philippe Garrel llora aún a su amigo Eustache, también suicidado, y abundan en su cine las huellas de ese duelo incurable.

[iii] También parece notarse la influencia de Manhattan en Frances Ha, la última película del estadounidense Noah Baumbach, un cineasta íntimo y cálido cuyo estilo recuerda en muchas cosas al de Jonás Trueba.

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