¡Viva PPP!

Pocos cineastas me provocan una sensación más fúnebre que Baz Luhrmann. En El gran Gatsby, recién estrenada en Cannes y en nuestras pantallas, la novela de Scott-Fitzgerald parece yacer no adaptada sino sepultada bajo un aparatoso alarde de ocurrencias visuales. Un alarde en el que la noción de puesta en escena también parece subyugada por otro tipo de discurso hecho de continuos trucajes, saturación de impactos y un sentido del ritmo más propio de un videojuego. Luhrmann se acerca al texto original y al propio medio cinematográfico como si fueran cosas muertas, una hojarasca cultural -o una simple excusa- sobre la que se levanta lo suyo, que ya es otra cosa. En este sentido, en la película se hace un uso, a mi juicio, poco amable de la Rhapsody in Blue de Gershwin que bien podría servirnos como sinécdoque del sentido de la película en su conjunto.

Lo curioso es que la aparición de El gran Gatsby de Luhrmann ha coincidido en Barcelona con la retrospectiva completa que, hasta el 31 de julio, dedica la Filmoteca catalana a la obra de Pier Paolo Pasolini (PPP), cineasta que estableció, a lo largo de su filmografía, un fructífero diálogo con referentes culturales y literarios como Sófocles (Edipo Rey), Eurípides (Medea), Chaucer (Los cuentos de Canterbury), Petrarca (El Decamerón), Las mil y una noches, El evangelio según San Mateo… No son adaptaciones rigurosísimas si por ello se entiende que deban seguir con pulcritud los textos originales y su espíritu; pero son trabajos fascinantes en los que las formas del cine insuflan una nueva vida a esos textos porque, de hecho, PPP practicaba un cine empapado de vida, de realidad.

Podría decirse que el “método Pasolini” consistía, en parte, en filmar el mundo contemporáneo buscando en la mirada ese hondo poso cultural. Quizás es el propio PPP quien mejor se explica en uno de sus films más audaces, Apuntes para una ‘Orestíada’ africana, donde recorre África buscando rostros y localizaciones para una hipotética adaptación de Esquilo y va comentando sus pesquisas en voz en off. Una película sobre la posibilidad de una película que, por cierto, entonaría perfectamente con cierto cine de rabiosa modernidad que se está haciendo ahora mismo. Por poner un solo ejemplo, Todos vós sodes capitáns (2010), de Oliver Laxe, parece a ratos casi un remake del film de PPP.

Como espectador, es fácil caer en brazos de PPP. La contagiosa belleza de sus imágenes transmite un enamoramiento del mundo continuamente renovado. Del mundo, y de la figura humana. Ya su primer largometraje, Accattone, resulta casi violento por una cualidad indescifrable de su mirada, una forma de humanismo cinematográfico desde el que podemos tocar la realidad con los dedos y, a la vez, ver en su interior. Son sensaciones que PPP hereda de la generación anterior del cine italiano, la del neorrealismo. La hondura de la mirada de Franco Citti en Accattone se me antoja la evolución de la del niño coprotagonista de Ladrón de bicicletas.

El cine de PPP, generoso y vitalista, evolucionó con rapidez en los sólo catorce años que duró su filmografía, desde Accattone (1961) hasta Saló o los 120 días de Sodoma (1975). A los 53 años de edad, PPP apareció muerto en la playa de Ostia con signos de haber sufrido un final atroz. El asesinato del cineasta boloñés nos privó de la continuación de una obra asombrosa que tal vez podría haber llegado hasta nuestros días.

Precisamente, su última realización, Saló…, que se basaba en el libro del Marqués de Sade para fabular un episodio grotesco en los últimos días del fascismo en Italia, planteaba una forma cinematográfica insólita de mirar de cara al horror dialogando con un referente literario. Si las películas tratan siempre sobre aquí y ahora, las orgías dementes de Saló… podrían ser, entre otras cosas, una alegoría hiperbólica, amarguísima y premonitoria de lo que el capitalismo, más allá de toda moral, hacía y seguiría haciendo con el pueblo italiano. PPP no sólo anticipaba en el film su propio martirio final, sino también el de Aldo Moro, tres años más tarde, y el advenimiento de un clima ético cada vez más empobrecido que conduciría al país, con el tiempo, al pantanal del berlusconismo.

Saló… es puro PPP porque bebe de fuentes literarias e históricas y, a la vez, nos habla de un país que, por usar un trilladísimo tópico periodístico, se asomaba ya entonces al abismo (por eso me parece también una secuela insospechada de Pajarracos y pajaritos). Es, además, la promesa de un cine futuro de PPP que no pudimos ver por culpa de su brutal asesinato. Y es, de alguna manera, lo que no alcanzan a ser El gran Gatsby de Luhrmann o la Anna Karenina de Joe Wright, películas que muestran una loable vocación por narrar desde una perspectiva más consciente pero cuyas imágenes nacen muertas antes de llegar a nuestra retina. En el cine de PPP, en cambio, la realidad en su máximo esplendor dialoga con naturalidad con las raíces culturales que asientan nuestra forma de mirar, de abordar el mundo con la cámara. Curiosamente, un cineasta como PPP que, si no me equivoco, no adaptó nunca una novela, podría muy bien haber encontrado un epígrafe para su filmografía en las famosas palabras finales de El gran Gatsby: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

(Publicado en Sigue Leyendo)

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