Las buenas tierras de Terrence Malick

¿Por qué tanta polémica en torno a To the Wonder, último film de Terrence Malick? Veamos. La película tiene algo de compilación de los temas recurrentes de la obra de su autor, formada por sólo seis largometrajes en cuatro décadas y escindida por un paréntesis de veinte años de inactividad. Pero está sobre todo emparentada con su predecesora, El árbol de la vida (2011), de la que incluso ha heredado algunos planos descartados. Además, To the Wonder ha sido realizada, insisto en el tema, tras un intervalo de tiempo cortísimo comparado con los que separan el resto de sus films.

La voz en off de Jessica Chastain se preguntaba, en un instante de El árbol de la vida, cuál es el camino hacia la gracia. El propio título de To the Wonder parece sugerir una continuidad temática, una inquietud similar. ¿Forman ambos films un díptico, es To the Wonder una nota al pie o una spin-off de El árbol de la vida? Más que eso, el flujo que ha llevado de un film a otro es el de la digresión, algo que se ha convertido en la forma natural del cine de Malick. El montaje de sus films es elocuente al respecto: el de las imágenes y el de la música, que transita en To the Wonder de Wagner a Dvorak, a Bach, etc. Nadie como él escribe -sí, escribe: su cine nos hace sentir una honda raigambre literaria- con tanta naturalidad sus películas, prescindiendo de convenciones narrativas y permitiendo que las imágenes divaguen hilvanando un discurso poderosamente poético. Malick es el gran compositor de elegías del cine actual.

Precisamente, otro cineasta místico de nuestro tiempo, Aleksandr Sokurov, ha dado el título de “elegía” a algunas de sus películas. Y, a otra de sus obras, la llamó Voces espirituales, título que iría que ni pintado a la filmografía de Malick, al menos desde La delgada línea roja (1998). Junto a la digresión constante, se ha convertido en un elemento característico de sus films un uso abundante de la voz en off que, como un susurro, nos transmite los pensamientos más íntimos de los personajes. To the Wonder es su película más radical en este sentido, pues casi carece de diálogos convencionales.

Si aún no hemos aludido a lo que cuenta la película es porque se trata de muy poco. Los vaivenes de una joven pareja formada por un estadounidense (Ben Affleck) y una francesa (Olga Kurylenko) madre de una hija de diez años, fruto de una relación anterior, sirven a Malick para establecer un paralelismo entre los desequilibrios y contradicciones del amor y los de la existencia misma. Místico incorregible, el realizador intenta plasmar el misterio de sentir a la vez el abismo del sufrimiento y la cercanía de la gracia. Como en toda su filmografía anterior, especialmente El árbol de la vida, Malick ha realizado una película sobre el silencio de Dios. Ahí es nada. Lo que hace sumamente raro a este cineasta no es sólo la forma poética y digresiva de sus films, sino también el insólito desparpajo de abordar temas mayúsculos.

De hecho, To the Wonder también nos explica indirectamente cómo entiende Malick el cine americano y el cine en general. No pasemos por alto el detalle de que la película empieza mostrándonos a la pareja protagonista en París y en el Mont-Saint-Michel para luego trasladarnos a Estados Unidos, donde los enamorados se instalan, entran en crisis, se reconcilian y vuelven a separarse. Malick, cineasta escritor que ha impartido clases de filosofía en el MIT, sitúa la cuna de su cine -y del cine- en las raíces culturales europeas. Luego, viene el nuevo mundo (recordemos: The New World, 2005), la América en la que deben materializarse los sueños. Y es allí donde afloran las contradicciones como también brota la infección del interior de las tierras removidas (el personaje de Ben Affleck trabaja revisando el impacto de las industrias en el suelo colindante y, por extensión, en la población que lo habita).

Como en muchas de las grandes obras americanas, nos encontramos con el tema de la podredumbre interior del sueño americano, que surge en To the Wonder en paralelo a la del amor. La pareja de la película y sus padecimientos nos hacen pensar en tantos otros enamorados que hemos visto amar y sufrir a lo largo del cine hollywoodiense: los amantes heridos por la infidelidad de Amanecer (F.W. Murnau, 1927), los adolescentes separados por la vida de Esplendor en la hierba (E. Kazan, 1961), el matrimonio en permanente combate de Faces (J. Cassavettes, 1968)… Y, por supuesto, pensamos también en las atribuladas parejas de Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978), las dos primeras películas de Malick: todos sus films tratan sobre amores tortuosos.

¿Por qué, decíamos, está resultando To the Wonder una película polémica que suscita un inaudito rechazo en una parte del público y la crítica? ¿Por la audacia de su forma y de su misticismo? Craso error: no se trata de compartir la religiosidad de Malick. Si uno tuviera que comulgar con la ideología de las películas para disfrutarlas, algunos sólo podríamos ver las de Eisenstein… Fijémonos, muy al contrario, en cómo ese misticismo del cineasta conduce no a un discurso sino a una manera de entender el cine como tensión entre lo terrenal y lo inefable, entre la materia y su espíritu, una asombrosa -o wonderful– forma cinematográfica que nos permite ver desde nuevas perspectivas, explorar caminos inesperados sobre las tierras tantas veces transitadas del cine, tantas veces removidas.

(Publicado en Sigue leyendo)

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