Al Este del Edén

La primera impresión que tiene uno ante el inicio de Spring Breakers (Harmony Korine) es la de estar viendo una suerte de Harlem Shake: bajo una música de insuperable mal gusto, centenares de chavales en bañador o bikini bailan y beben sin freno en una playa, presos de una euforia lúbrica e incontrolable. Y todo filmado y montado, claro, con un estilo que podríamos identificar como propio de un videoclip. De ese prefacio, pasamos de forma natural a lo que sería propiamente el relato, pues el tono “videoclipero” no es abandonado en toda la película y la narración no deja de ir adelante y atrás de forma espasmódica: alrededor de los planos que más o menos podemos considerar el presente de la narración, vemos otros intercalados que se adelantan o atrasan en el metraje un minuto, o diez, o treinta… Estamos ante una narración deconstruida como la de tantas otras películas, sí, pero nótese que tal recurso no es utilizado gratuitamente. Ese tiempo temblante, que va adelante y atrás sin ton ni son, esa desestabilización de la narración, tiene algo lisérgico que rima poderosamente con lo que la película nos cuenta. La forma explica el sentido y el sentido explica la forma.

¿Y qué nos cuenta la película? Cuatro chicas estudiantes de high school se van a pasar las vacaciones de primavera (spring break, según la expresión inglesa que da título al film) a algún rincón de Florida en el que una miríada de adolescentes de su edad vive una cuchipanda permanente. La mayor parte del metraje, al menos durante la primera mitad del film, transcurre en fiestorros desatados como el de la introducción que se confunden unos con otros. Por entre medio, nos enteramos de que nuestras protagonistas han perpetrado un atraco para financiar su expedición y de que, en una de las juergas, son detenidas y juzgadas. Su fianza es pagada por un tal Alien (James Franco), rapero y narcotraficante desdentado, admirador de Tony Montana, que las introduce en una nueva vida de robos a mano armada en plan Bonnie & Clyde, pero a lo sucio. Entonces, el cuarteto se divide. Dos de ellas vuelven a su vida convencional y las otras dos se quedan con Alien para perpetrar una sangrienta venganza con la que concluye su bajada a los infiernos.

Aunque, a decir verdad, Spring Breakers no parece el relato de un descenso al averno o de una Pasión -por más que transcurra en Semana Santa- sino de una expulsión del Paraíso. No queda claro en qué momento son desalojadas del Edén del sueño americano las cuatro adolescentes: al cometer el primer atraco, al partir de vacaciones, al conocer a Alien (la serpiente tentadora, el Maligno)[i], en la matanza del final… Pero es justo que así sea, pues estamos, como decíamos, ante un film marcado en la forma y en el fondo por la inestabilidad, la confusión, el desconcierto. Ése es el signo de los tiempos que refleja el film, cuyo clima moral y anímico lo emparenta con otros dos importantes thrillers del año pasado: Savages (Oliver Stone) y la portentosa Killing Them Softly (Andrew Dominik), implacable fijación del zeitgeist de la América de Obama.

Spring Breakers no es ni pretende ser una película bella. Todo lo contrario: es fea, muy fea, como esa música vocinglera a la que nos referíamos. Igual que su trémula narración, sus imágenes están poseídas por una enajenación malsana. Son feas porque han de ser así; son pertinentemente feas. Como las de un cineasta en apariencia tan diferente de Korine como es el austríaco Ulrich Seidl. También Oliver Stone, al que ya hemos aludido, sabe jugar con inteligencia en el terreno del feísmo (en Savages y en otras). Y habría que romper una lanza por Brian de Palma, un cineasta irregular, que no agrada mucho al arriba firmante, pero que ha sido siempre muy osado en ese recurso a la enajenación de la forma, al feísmo, a lo pertinentemente desagradable[ii].

Precisamente, la alusión cinéfila más evidente del film es a Scarface (o El precio del poder), de Brian de Palma. Si añadimos el hecho de que de Palma dio a su película el mismo título que Scarface (1932), de Howard Hawks, en la que se inspira remotamente, podemos fabular un hilo conductor entre el film noir de un realizador clásico en los años treinta, el thriller de un cineasta del nuevo Hollywood de los setenta y la actual película de Korine. La irrupción de Alien, en la segunda mitad del film, nos sitúa en el terreno del thriller, pero de una forma inestable, temblante, indefinida. Spring Breakers es, a su manera, la negación del thriller en nuestro tiempo, la constatación de que el desconcierto afecta también a los cimientos del cine americano.

No quisiera acabar sin aludir a un episodio del inicio del film, cuando vemos a la más pacata de las cuatro rebeldes sin causa asistir a las charlas motivacionales de un predicador cristiano musculoso, tatuado y enajenado como el que más, un tipo aparentemente tan puesto como los gánsteres y juerguistas del resto del film. Que la religión es vivida de manera enfermiza en los Estados Unidos de hoy, como una droga más, lo sabemos de sobra. Spring Breakers nos habla también de eso, de la viciosa obsesión por los conceptos del bien y del mal que domina la sociedad americana contemporánea. Por eso, el camino que recorren las protagonistas -cuyo desconcierto tiene algo de crudo retrato generacional- es la caída en el mal, el paso al crimen, la fascinación por la serpiente. América, igual que ellas, se ha encontrado sin darse cuenta expulsada de su propio sueño, al Este del Edén.


[i] Cuánto me ha hecho pensar el Alien de Spring Breakers en el Max Cady (Robert de Niro) de El cabo del miedo seduciendo, casi penetrando, a la adolescente Juliette Lewis.

[ii] En contraste, si quieren un ejemplo de film que, como tantos otros, peca de ser bonito, demasiado bonito, bonito en el peor sentido, vayan a ver esa Anna Karenina pseudofelliniana de Joe Wright. Todas las películas mediocres son más o menos parecidas, y todas las buenas lo son cada una a su manera.

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