El cine de las ruinas

Paralelismos, me encantan los paralelismos. Detectar afinidades entre películas aparentemente distantes es una manera, si no eficaz, al menos muy sabrosa de intentar captar las tendencias del cine. Y algo me ha hecho pensar que tienen mucho en común The Master y El muerto y ser feliz, dos películas estrenadas estos días que, en principio, pertenecen a diferentes galaxias. The Master, sexto largometraje del estadounidense Paul Thomas Anderson, se presenta como un típico film hollywoodiense de gran formato (ostentosa escenografía, elenco estelar y “la música alta”, como diría un amigo mío), mientras que El muerto y ser feliz, tercera del madrileño Javier Rebollo, es una coproducción entre España, Argentina y Francia situado en un territorio presto a ser etiquetado como cine de autor, o independiente, o alternativo… Pero a ambas parece impulsarlas un aliento común. Me explico.

The Master guarda muchas concomitancias con la anterior película de su realizador, There Will Be Blood (irreconocible bajo su título español, Pozos de ambición) y hasta cierto punto podría hablarse de películas gemelas: empiezan con sendas sucesiones de secuencias con el mismo ritmo, giran en torno a la relación entre dos varones antagónicos pero equiparables, tratan sobre el gran tema de la construcción del sueño americano, etc. Pero The Master ha resultado un film aún más radical en lo que es su faceta primordial, es decir, el extrañamiento del flujo narrativo. La película atesora una inagotable capacidad de quebrar las expectativas convencionales del espectador, de alejarse constantemente de la forma esperable de su propio relato: con cada transición de una secuencia a otra, uno puede preguntarse desconcertado por qué, adónde vamos, de qué va esto. A la manera, tal vez, de Ada o el ardor (Nabokov), por buscarle un primo literario a la película.

El resultado: The Master nos cuenta -porque, sí, a pesar de los retruécanos, nos cuenta- la historia de un veterano de la II Guerra Mundial con problemas de alcoholismo y de psicosis que literalmente se embarca en la misión proselitista de un charlatán fundador de una secta pseudocientífica, a la sazón que se introduce en su círculo íntimo. Por supuesto, puede verse la película como una, digamos, alegoría sobre lo falso y doctrinario del sistema de valores sobre el que se levanta la América contemporánea y su way of life. Pero Anderson incide sobre todo en la construcción de su mito en el cine. Al violentar las formas narrativas cinematográficas propias de Hollywood de la manera como lo hace, parece querer recorrer los espacios del cine clásico americano para hacer emerger los espectros que siempre habitaron en el turbio reverso de sus imágenes.

¿Una enmienda a la totalidad del cine americano? Más bien diría que Anderson ha dado con la forma del cine americano ahora, en el año de crisis de 2013, cuando todo se ha derrumbado y sólo quedan las ruinas del imperio caído. Valga decir que The Master guarda un inesperado rasgo en común con otro film sobre la melancolía tras la decadencia, pues empieza con la imagen de las aguas del mar revueltas por la hélice de un barco igual que Film Socialisme, último largometraje de Jean-Luc Godard.

Más godardiana es El muerto y ser feliz, que podría verse como una suerte de variación sobre Pierrot le fou, pues también nos explica la historia de una ruta en coche hacia algún tipo de libertad y nos lleva a una playa al final de todo. Pero no es una idílica playa en verano como la de Jean-Paul Belmondo y Anna Karina, sino un decepcionante campo de ruinas a la orilla de la laguna Mar Chiquita, en la provincia argentina de Córdoba. De eso nos habla la película de Rebollo: de ruinas, de extinción, del viaje errático de un asesino a sueldo que padece a causa de un virulento cáncer que lo está matando lenta y dolorosamente.

Santos (José Sacristán), español afincado en Argentina, se escapa del hospital con un contingente de morfina, desatiende un último compromiso laboral a pesar de ya haberlo cobrado y emprende un viaje a ninguna parte en su viejo auto al que se suma fortuitamente Érika (Roxana Blanco), copiloto eficaz, practicante improvisada y amante de ultimísima hora. Hasta aquí, los mimbres de una road movie convencional, por no decir tópica. Pero Rebollo, como Anderson en The Master, violenta lo que podría haber sido la forma narrativa esperable de la película mediante el uso de una voz en off de exasperante verbosidad que explica prolijamente el film, saltándose la más elemental norma de lo que debería ser la combinación armónica de imagen y discurso al comentar -y anticipar a veces- lo que vemos con nuestros propios ojos[i]. Y, lo que es más importante, incurre de vez en cuando en severas contradicciones consigo misma o con lo que estamos viendo, como en Les Photos d’Alix, ese genial cortometraje de Jean Eustache en el que un personaje va comentando las fotografías que se nos muestran pero lo que dice no coincide con lo que vemos.

Rebollo, con ese “uso” extraordinario y de nuevo muy godardiano del sonido, nos recuerda que, en contra de los lugares comunes, a veces, en el cine, una palabra vale más que mil imágenes; plantea la cuestión de la verdad -no la veracidad, sino la verdad- que contienen las imágenes, el cine; y, sobre todo, nos invita a ponernos por encima de los mecanismos narrativos y mirar más allá (si The Master puede hacer pensar en Ada o el ardor, tal vez el estilo de El muerto y ser feliz pueda guardar cierta semejanza con el de Rayuela; no en vano, la película transcurre en la patria chica de Cortázar). Al final, el film no concluye realmente, plantea varios finales difusos en los que el relato desemboca en otra cosa: en el mito. De las ruinas del pasado, del errar de ese asesino a sueldo que guarda el recuerdo y el olvido de sus muertos, surge otra cosa, una nueva y melancólica imagen mítica y espectral, la de Santos conduciendo sin fin su fiel automóvil, trasunto mecanizado de Rocinante.

A la vez, eso es lo que queda del cine y eso es el cine de ahora: las ruinas del pasado y la recreación constante de su mito, de infatigable aliento. Y su forma es la de The Master o la de El muerto y ser feliz (la rareza gramatical de su propio título es una declaración de principios), películas ambas de tradición épica. Y también es el caso de Holy Motors (Léos Carax) o de la aún no estrenada Tabú (Miguel Gomes), por citar otros films fundamentales de rigurosa actualidad.

Algo hay de eso también en otra película de absoluta actualidad y de gran impacto que puede parecer de nuevo muy alejada de las que hemos comentado. En un momento de Amour (Michael Haneke), se suceden sobre la pantalla las imágenes de seis pinturas, seis paisajes terrestres y marítimos que interrumpen la narración para después dejarla avanzar de nuevo. Así, por las buenas. Se piense lo que se piense sobre su significado, no hay duda de que ese aparte confiere a la película una nueva forma, algún tipo de ruptura. En eso estamos.

(Publicado en Sigue leyendo)


[i] Un recurso que, por cierto, era utilizado en Elisa K., de Judith Colell y Jordi Cadena de manera parecida pero mucho menos incisiva.

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4 thoughts on “El cine de las ruinas

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