Volver a aprender, repetir el gesto

Con sólo siete días de diferencia, han llegado a nuestras pantallas las dos películas francesas que se han alzado recientemente con los máximos galardones de los festivales de San Sebastián y Sitges: Dans la maison (En la casa), de François Ozon y Holy Motors, de Léos Carax, son filmes muy diferentes y también desiguales en opinión del arriba firmante, pero comparten significativas características que nos permiten hacernos una cierta idea de cuál es el estado de la cuestión en el cine actual.

Como su propio título nos sugiere, Dans la maison (premios a la mejor película y al mejor guion en Donostia) nos sitúa en la casa del cine y de la literatura. Podría decirse que Ozon se ocupa de la narrativa, cinematográfica y literaria, como un todo, en esta historia de un profesor de instituto que, cautivado por las dotes literarias de un alumno, lo anima, le ayuda, traiciona un puñado de principios inviolables de su profesión y se acaba implicando por completo en la historia que crean al alimón su pupilo y él.

La película incide, pues, en lo que está resultando uno de los grandes temas del cine actual, es decir, el redescubrimiento del camino, el hecho de volver a aprender a narrar, a hacer cine. Los cineastas de ahora observan ya el cine, en su forma clásica, como un arte perdido que ahora tenemos la ocasión o el deber de redescubrir. Eso es precisamente lo que emparenta En la casa con Holy Motors (mejor película, mejor director y premio de la crítica en Sitges)[i], una hipnotizadora rareza en la que Monsieur Oscar, un -en principio- alto ejecutivo taciturno que se desplaza por París en limusina, sigue una apretada agenda consistente en interpretar, a lo largo de una larga jornada, diferentes personajes en otros tantos escenarios de la ciudad.

M. Oscar (Denis Lavant) vuelve al muy caraxiano Pont Neuf convertido en anciana vagabunda eslava; presta su cuerpo a una fantasía de animación infográfica; se transfigura en Monsieur Merde -una especie de grinch pelirrojo que habita en las alcantarillas y come pétalos de flores[ii]- y siembra terror en el Père-Lachaise secuestrando a Eva Mendes; recoge y abronca a una hija adolescente con problemas de sociabilidad; etcétera. Durante el recorrido, en fin, nos paseamos por el cine fantástico, por el musical, por el thriller, por el cine digital, por el drama, por la comedia…

Pero la cosa no es tan sencilla. En un momento del film, M. Oscar dispara a M. Oscar, es decir, a sí mismo desdoblado en dos cuerpos idénticos que se encuentran por azar; en otro pasaje, no sabemos si interpreta un papel o es él mismo cuando evoca el pasado junto a una mujer (Kylie Minogue) que surge de otra limusina y que parece compartir su condición de intérprete errante; en el interludio que divide el film en dos mitades, Lavant recorre la nave de una iglesia tocando la acordeón junto con una nutrida banda musical; y la escena del final de su jornada no cierra un círculo, no lo devuelve al origen de su recorrido, ni es tampoco la conclusión de la película.

Al desdibujarse la diferencia entre el personaje y el intérprete, al perder la linealidad, Holy Motors nos invita a hacer otro recorrido, el que va del cine a la realidad y de la obra a su creador. No pasemos por alto dos detalles importantes: que el protagonista, M. Oscar, se llama como el director (Léos Carax es un anagrama de Alex Oscar, su nombre original) y que el propio Carax protagoniza la extraña secuencia que prologa el film y que nos da, junto con el no menos desconcertante epílogo, las claves para interpretarlo.

Es éste otro elemento en común con En la casa, que parece hablarnos de los riesgos de la ficción, de la creación literaria como un veneno que te posee y te consume. En la película de Ozon, la realidad irrumpe en la ficción y la ficción corrompe la realidad. El profesor Germain (Fabrice Luchini), escritor frustrado, acaba comprometiendo su carrera profesional y su matrimonio por implicarse en la obra de su alumno: pierde el rumbo de su vida, pero recupera el extravío de la creación. Ozon, además, incide en el riesgo continuo de caer en lo extremo, en el melodrama azucarado, algo muy propio de todo su cine, que siempre transita conscientemente la frontera de lo barroco para tomar una distancia reflexiva, para guiñarnos el ojo a los espectadores. De hecho, es tal el enredo que En la casa se plantea a sí misma, que Ozon no acaba de salir del todo airoso. No obstante, vale la pena aceptar su recorrido por el laberinto de la creación.

En suma, Ozon y Carax divagan, cada uno a su manera, sobre el tránsito de la vida al cine y viceversa, especialmente de cómo el dolor y las frustraciones nutren ese recorrido entre uno y otro. Hay, no obstante, una diferencia importante. Si Ozon pone el acento en el proceso de aprendizaje y de reaprendizaje[iii], Carax afronta las continuas creaciones de M. Oscar como un gesto melancólico de repetición. En otra de las escenas cruciales de Holy Motors, aparece en la limusina un ser misterioso, encarnado por el gran Michel Piccoli, que interroga al protagonista sobre por qué sigue haciendo lo que hace. “Por la belleza del gesto”, responde Lavant/Oscar/Carax. No sabemos qué sentido tiene continuar haciendo cine ahora, pero seguimos recreando su belleza, repitiendo el gesto, como las imágenes de gimnastas filmados en la era muda del cine que puntean Holy Motors sin motivo aparente.

Acabemos citando otra coincidencia entre ambos filmes. En el de Ozon, el protagonista pierde por un momento el conocimiento tras ser golpeado por su esposa con un ejemplar del Viaje al final de la noche de Louis-Ferdinand Céline. Y en Holy Motors se cita la misma novela de una manera casi tan explícita, pues la elegante chófer (Edith Scob) que conduce la limusina de M. Oscar se llama Céline. Según Carax, hacer películas ahora es hacer un viaje al final de la noche del cine, recrear un gesto que se repite una y otra vez, evocando una belleza que tal vez ya sólo vuelva como un espectro del pasado[iv].


[i] Y podríamos emparentar ambas películas con Tabú, del portugés Miguel Gomes, otro de los filmes más importantes del 2012 que fue presentado en el festival de Cannes pero que no ha llegado de momento a nuestras pantallas, hélas.

[ii] M. Merde ya aparecía en un episodio dirigido por Carax del film Tokyo.

[iii] Aprendizaje y reaprendizaje creativos y, en paralelo, sexuales. La carne tiene un papel importante en el cine de Ozon y, por eso, mientras el alumno narra en su texto el descubrimiento y consumación de su pasión por la madre de un compañero, el profesor Germain es interrogado por su mujer sobre la atracción que parece sentir por el adolescente, que parece fascinarle tanto como el joven Tadzio al Aschenbach de Muerte en Venecia (de Mann o de Visconti).

[iv] Hay otra coincidencia, menos significativa pero alucinante, entre Holy Motors y otro importante film de este año: en un momento de Cosmopolis (D. Cronenberg) extraído textualmente de la novela de Don DeLillo, el protagonista, que también recorre la ciudad a bordo de una limusina blanca, se pregunta dónde reposan durante la noche las limusinas. Léos Carax parece oírle y responderle en la secuencia final de Holy Motors.

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