La ley de la frontera

Lo primero en lo que hace pensar Animals, el primer largometraje de Marçal Forés (Barcelona, 1981), es en los elementos característicos del cine del también catalán Marc Recha: la poderosa presencia de la naturaleza, el misterio latente, la permanente inestabilidad de unos personajes y unas tramas situadas en la frontera entre la civilización y lo salvaje, entre lo real y lo irreal. Incluso uno de los planos de Animals parece citar a Petit indi (2009), pues nos muestra los mismos escenarios en los que se desarrollaba la película de Recha: los edificios levantados en los límites de la ciudad de Barcelona, en la ladera de la montaña, punto de transición entre el entorno urbano y el rural. Por ese espacio simbólico se mueve también Pol, el protagonista de Animals, un adolescente desnortado que dialoga con un oso de peluche que en su mente, y en la pantalla, se mueve autónomamente, toca la batería y habla con la cadencia mecánica de un robot.

Lo cierto es que la película, rica en cambios de tono y quiebros desconcertantes, se desarrolla en un territorio múltiplemente fronterizo: entre las alucinaciones de Pol y la realidad, entre el reino los vivos y el de los muertos, entre el orden de la civilización que rige en su instituto y en su hogar y el orden de lo salvaje que rige en los bosques por los que deambula… El deslizamiento de un ámbito a otro es sutil, inevitable, pues Forés nos muestra cómo lo extraño se expresa entre líneas en la cotidianidad, cómo estamos siempre a un paso de la frontera: la actividad en el instituto se desarrolla íntegramente en un idioma extranjero, las relaciones entre Pol y sus compañeros están cargadas de ambigüedad y la que mantiene con su hermano mayor es a todas luces una relación paternofilial (¿qué fue de sus padres, de los que no tenemos la más mínima noticia en toda la película?).

El contacto con el misterio cobra fuerza cuando cautivan a Pol dos compañeros de instituto, una rubia de aire intrigante que en seguida desaparece -como la Anna de La aventura- y un amigo de ésta que parece ver cosas que nadie más ve y que se lía con Pol a la sazón que lo introduce en la práctica de la autolesión, otro límite salvaje entre el dolor y el placer. Pero el protagonista se resiste y, a la vez que va cayendo en la fascinación por esa faceta misteriosa de su entorno, intenta amarrarse a lo real y a lo convencional: trata de deshacerse de su peluche parlante y empieza un escarceo sexual con su amiga íntima y “candidata natural” a convertirse en su pareja. Sus tentativas fracasan y Pol sufre, llora por las noches desconsolado porque no puede escapar al embrujo ni entiende un carajo de lo que le está pasando; más o menos, lo mismo que nos ha pasado a todos durante la adolescencia, a fin de cuentas.

La conexión con el cine de Recha está implícita en las imágenes de Animals, pero también hay dos alusiones del todo explícitas: a un famoso grabado de Goya, El sueño de la razón produce monstruos, que sirve a Pol de espejo para darse cuenta de que se ha extraviado en los abismos de su propia mente, como si fuera el protagonista de una película de David Lynch, y a la celebrada novela gráfica de Charles Burns Agujero negro, otro relato protagonizado por adolescentes que, en pleno proceso de iniciación carnal, toman contacto con lo fantástico en inquietantes bosques nocturnos.

Pero, además, no se nos puede escapar la sorprendente coincidencia entre Animals y una comedia norteamericana coetánea, una película tan aparentemente diferente como es Ted, de Seth MacFarlane -mucho más enjundiosa, por cierto, de lo que puede parecer-, centrada en un tipo de alrededor de treinta años que se resiste a madurar, está hecho un lío y mantiene una íntima relación ¡con un oso de peluche parlante!

Las tribulaciones de la adolescencia y el difícil paso a la madurez en ésa y otras etapas de la vida es un tema recurrente en la última comedia americana, que insiste además en situarse en un territorio a la vez de tributo y superación de la herencia recibida (véanse, además de Ted, los casos de Paul, Moorise Kingdom, Funny People, Young Adult, Adventureland, etc.). Esas películas parecen querer explorar algo esencial de la comedia, buscar una raíz primigenia que les permita comenzar de cero y encontrar nuevos caminos. Animals, que coincide con ellas en elegir a un adolescente atormentado como motivo, parece indagar otra de las raíces del cine: el surgimiento de lo fantástico, el espacio fronterizo en el que se produce el extrañamiento de lo real, por así decirlo. Por supuesto, se trata de un planteamiento muy afín al del cine de Marc Recha, pero no está tampoco muy lejos de la pulsión exploradora de la obra de Isaki Lacuesta, una figura definitivamente preeminente del cine catalán actual que, además, es el director de la Escola de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ESCAC), en la que se ha formado Marçal Forés.

En definitiva, una película como Animals, más allá de sus imperfecciones, nos deja la sensación de que Barcelona, como cantera de cineastas y como foco creativo, quizás bajo la influencia de cineastas como Recha y Lacuesta (y de José Luís Guerín, y de Jaime Rosales, y del añorado Joaquim Jordà…), juega un papel importante en el proceso de fermentación de una rica tendencia cinematográfica en España (sumo a los ya citados los nombres de Daniel V. Villamediana, Mercedes Álvarez, Rafa Cortés, Albert Serra, Oliver Laxe, José María de Orbe, Pedro Aguilera, Alberto Morais…) mucho más interesante que los tediosos intentos de hacer un cine convencional, industrial y acartonado.

 

 

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